Mercedes Benz 220 de 1960




lunes, 27 de abril de 2015







Marius Capdevila era un tipo de modales exquisitos, cuasi cortesanos, que se escondía en nobles y timoratos gestos. De repente, sintió como el tiempo se agolpaba en su mente. Recordó todo cuanto le había ocurrido, en ese instante crucial, donde el tramo nuestras vidas comienza a encoger. El Sr. Capdevila ocultaba un escabroso secreto, pues era un hombre de lujuria insaciable e incapaz de esbozar un mínimo guiño de aquiescencia. Ni las horas de clase ni los juegos de un otoño malgastado. Ni los dulces y el chocolate —que le hacía su difunta madre— serían capaces de proporcionarle una mínima alegría a su pertinaz desdicha. Se asustó. No esperaba que la memoria le hubiera jugado tan mala pasada. Se mordía las uñas hasta triturar las cutículas, mientras miraba por el tragaluz de la buhardilla de la vieja mansión solariega. Los ricos saben vivir como ricos. Pero el mero hecho de pensar que pudiera ser pobre le generaba arcadas y mareos. No dejaba de darle vueltas a la cabeza,  la semana pasada, después del numantino esfuerzo para eliminar al hermano soltero de su madre. Un gran trabajo de relojería suiza. Si algo, había hecho bien en su vida fue pegarse largas lecturas de Christie y Conan Doyle en las calurosas tardes de verano. Aquel ardid del automóvil y el precipicio fue una sutil forma de eliminar al Marqués de Vidaurrieta: su único tío carnal. La radiante y fogosa tarde de verano invitaba a mil placeres. Puede que el asesinato sea uno de ellos y el pusilánime Capdevila, no era consciente de lo deleitable que podría ser. 






















Asesinó a su tío con la percusión de quien ejecuta, a golpe de un chasquido, un vietnamita en Indochina. Deslizó el viejo e impoluto Mercedes Benz 220 de 1960  hacia un despeñadero —mientras el cadáver del tío Jonás ejercía de maniquí de grandes almacenes— con el pie bien sujeto al acelerador. Media vida preparando a conciencia y minuciosamente todos los elementos que debían de concurrir en el simulado accidente de D. Jonás Vidaurrieta. Capdevila, estaba ya mozo con abundante color plateado a la altura de sus patillas, apenas cumplidos los cuarenta y sin atar una escoba. La decisión fue tomada a lo largo del devenir de monótonos  años, de puntuales visitas a principios de mes por la casa del pariente, al cual, saludaba efusivamente y escuchaba con ahínco sus soflamas de ferviente franquista. Disfrazado de un snob británico con apariencias cool, que le dejaron buen poso, durante su paso por la ciudad del Támesis. Mientras, la piel de toro se moría de hambre y libertad a golpe de mordaza. Sin embargo, D. Jonás nunca lo ayudó en lo esencial. Capdevila estaba desesperado. Era su único sobrino, hijo de única hermana de su tío y contumaz soltero. Fallecida escasamente unos tres meses. Capdevila, en cierta medida, idolatraba a su tío: su manera de vivir, la constante pertinaz ociosidad y su desordenada vida sin tener que dar explicaciones a nadie. El crimen no era más que una forma de reivindicar su valía, sus derechos consanguíneos y el sustentáculo económico. D. Jonás podía pasar de todo, pero delegaba todo su caótico y caprichoso modus vivendi a la flema  resignada de su fiel mayordomo: el viejo y reumático Zacarías, el cual, daba señales preocupantes de una emergente demencia.
























Fue entonces cuando comenzó a urdir la trama. Dándole vueltas a su cabeza y  mordiéndose compulsivamente las uñas. Se escucharon unos golpes sobre el picaporte del portón. Bajo desde la pequeña buhardilla. Observó por la mirilla y comprobó que era Zacarías. Respiró hondo y abrió la puerta—Buenos días, Zacarías qué tal (tono tenso y cínico)—Buenos días, Señorito Marius.—Ud. dirá…—Vengo, a comunicarle que Don Matías, el notario, ha dicho que mañana a las  11 horas se accederá a la lectura del testamento de D. Jonás. MC se quedó pensativo por unos instantes.—¿Señorito, Marius se encuentra bien? Sí, sí… Perfecto, Zacarías. Muchas gracias. —Adiós y buenos días—Adiós, señorito. Capdevila subió rápidamente a la buhardilla que siempre había sido lugar de juegos y estudio. Se dejó caer en la pequeña cama, donde de pequeño descubrió los pequeños placeres del paso de la inocencia a algo más inquietante. Se quedó vestido y soñando que la voz del notario le hacía saber que era el heredero universal de la fortuna Vidaurreta. Pues, de los Capdevila no quedaba ni una gota de aceite para los candiles. Su cabeza no dejaba de pensar deseos, afanes y ensueños. Creía que no había tenido suerte con el azar y menos aún con el amor. Pero esta era la ocasión perfecta para ser amado y  gozar del cariño de una mujer honrada que se entregara a él noblemente.  Rehacer el hogar y dar paso, nuevamente, a la dicha por el blasón de los Capdevila. Demasiado fácil y excesivamente complejo. ¿Dónde hallar tal mujer? Ninguna  dama sería capaz de pagar con su deshonra la felicidad que él buscaba. Desesperado y enloquecido por momentos, tuvo que recurrir a unas gotas de Láudano que le recetó el médico para sus migrañas e insomnio. El alba daba paso a los primeros canturreos de los pájaros de los almendros del jardín.




















Era el gran día. Bajó hasta la cocina y comprobó que la nevera estaba tiesa. Pensó en Zacarías y su tío Jonás, cómo su tío siempre tenía la bandeja del desayuno en la cama: zumo de naranja, café con leche, tostadas y mantequilla. Recompuso el gesto y tomó un poco de leche que había en una botella con algo de malta. El viejo Omega de pulsera marcaba las 10,30h, suficiente tiempo para llegar al centro de la villa. Por delante un paseo lleno de naturaleza y belleza veraniega. Dejó atrás los recuerdos, apresurando el paso por el arcén de la vieja carretera del concejo. Iba con el itinerario a su favor, pues la carretera tomaba un badén hacía abajo e intentaba frenar los pasos. Algo que le parecía divertido. Pensaba en su tío y no dejaba de sonreír: su crimen había sido perfecto. Nadie sospechaba de él. Una ligera brisa que llegaba de la costa sopló y pareció acariciar su acicalada barba. Cuando de repente, un Mercedes Benz 220 negro azabache metalizado y con las lunas completamente opacas; iba a más de 150 Km/h. Se giró. Apenas, puedo gritar: ¡Noooo, no puede ser! El cuerpo salió despedido del arcén completamente quebrado. El gesto de su cara era terrorífica al lado de la abundante sangre que salía por la apertura del parietal junto a pequeños trozos de masa encefálica.  En la plaza del pueblo, el reloj de la casa consistorial marcaba las 11 en punto. Y en el despacho de D. Matías sólo se hallaban; el secretario de éste y Zacarías de un luto riguroso apoyado sobre su bastón. Bien señores, ya es la hora y como dejó bien claro D. Jonás, estuviera quien estuviera, estas son las últimas voluntades de Don Jonás Vidaurrieta Mújica y de Leániz. Yo, D. Jonás tal y tal, en plenas facultades y etc. legó todas mis propiedades, capitales, enseres y ajuares a D. Zacarías López Mayorga. He dicho. A día de hoy de 1964… D. Matías le espetó a  Zacarías— ¿Lleva Ud. su carnet de identidad?— Sí, claro D. Matías. —Pues firme aquí y buenos días, caballero.



                                                                                               

                                                                             FIN





                                Dedicado a Eduardo Galeano y las víctimas del terremoto en Nepal In Memoriam




Fotogramas adjuntados


Le beau Serge  by Claude Chabrol (1958)
Mercedes Benz 220 1960 by IMCDb.
Agnosia by Eugenio Mira (2010)
The Servant by Joseph Losey (1963)









   
                                                
 

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