GRANADA CALLING




sábado, 14 de abril de 2012

“LA PASIÓN DE JOE STRUMMER”
        

           
                                          
                                                                                             
Una de las mejores cosas que me han ocurrido en esta vida fue encontrarme con la figura del líder de los Clash —no personalmente, por desgracia— en mis manos, viendo su careto y el resto de la banda. Tendría 13  años, eran tiempos difíciles parecidos a estos —he de reconocer, que la crisis la padezco desde los siete años—, de aturullamientos, sobresaltos, subidas, bajadas de ánimo y no por la prima de riego, sino por la ausencia de un futuro que no está escrito (The future is Unwritten by Julien Temple 2007). Y ahora la eterna cantinela: el desempleo, la cesta de la compra, la violencia, los nacionalismos, la vejez y la insoportable mala educación de la izquierda y la derecha política de eso que llamamos España. Menos mal, que llegó a mis manos aquel álbum: London Calling diciembre del 79 con la inconfundible arandela naranja de CBS. Aquel verano a 700 metros de altura —no muy lejos— de la eterna ciudad que fabrica humedad; estaba en el paraíso. Daba igual que hiciera bochorno o te derritieras había una piscina de casi 50mts (municipal y  ambiente familiar) para nadar como un delfín al lado de mi casa de estío: las vacaciones. Sí, julio y agosto del año 80 fueron de los mejores de mi existencia, todavía centellean en mi retina. Aquel verano maravilloso, todo olía a Jimmy Jazz. Insisto, conocí a los Clash. Ya me había comprado mi chapa para mi chupa de cuero. Había escuchado casi todos los temas en las radios de la city, y tarareaba todos los cortes del inmortal álbum. Pero, faltaba lo mejor, que apareciera un mecenas —uno, que  tocase los talegos como Mick Jones su Fender— y trajera el vinilo. Aterrizó rumboso, barba de cuatro días y con más sueño que la chaqueta de una vigilante jurado; chapas en la camiseta, zamarra original con la portada del primer elepé y unas botas camperas de Toni Mora, que eran lo más chic del veraneo montañés. El Sr. García, bien hallado, bendito snob... Nunca creí que me alegraría tanto de ver a semejante engreído. ¡Uff, qué pasada, gracias a los dioses…! De repente, la excitación era palpable: toda la chavalería con nuestras mejores galas mirando fijamente la aguja de diamante, del plato Technics y el ampli Kenwood de 100W a toda pastilla. Comenzó el éxtasis: Spanish bombs. Y me enamoré como burro de la canción, como se enamoró el genial Strummer de la majestuosa Granada; lo entiendo. Han pasado casi 33 años y recuerdo el momento como hace un instante localizaba en youtube el vídeo de la canción Jimmy Jazz live en Paris. Denoto la misma satisfacción que una ninfa al escuchar la lyra de Orfeo en manos del hombre de Ankara. Y, por un momento los sonidos celestiales se transformaron en un maléfico castillo de fuegos artificiales —9 mm&Terry— desde los subfusiles zeta enrobinados en el congreso de los diputados. Aquel loco del tricornio —para más inri, coronel—  Tejero, con bigote mediodoblao y cacharra en mano removiendo los fantasmas de antaño.




El año en que Satrústegui y Zamora le enchufaron dos goles a la Union Jack en el viejo Wembley. Después, la eterna primavera de los Clash en Barcelona, Madrid y San Sebastián —aún me recorren los escalofríos de aquel jovenzuelo de 2 de BUP— que desilusión, no poder ver a mi banda favorita porque me faltaban cuartos para el evento, y, papá no estaba por la labor de dejarme montar en un autobús pirata lleno de atribulados fans con los pelos de punta lacados, tupés estratosféricos e imperdibles visionando gastados pasquines made in London Calling —lo odié—, es humano. Dicen que del odio al amor hay menos de una décima. Ahora ya no está con nosotros, D.E.P. El chico que pudo haber sido pintor y acabo siendo el poeta en busca de la odisea del reino de los cielos, la encontró bajo el sol del Aneto: la hermosa Alhambra. Aquel álbum cambio tantas cosas y es que el punk se lleno de versos jazzísticos, de blues, rockabilly, soul, ska y reeagee. ¿Por qué?, fácil. Hubo un tío con la cabeza llena de inquietudes, interrogantes y muchas ganas de comerse el mundo, ése, que conocía de sobra —pues, alma de trotamundos, no le faltó— pero había un lugar en el sur de Europa que le silbaba todas las noches al oído y susurraba rimas con halos de Garcilaso. La ciudad de García Lorca (el poeta eterno) como su rey Boabdil —todavía se oye en las noches de luna llena los llantos— del que perdió las llaves y el ajusticiado a quemarropa por los insurrectos. Strummer, sin quererlo ni beberlo chocó con Eurídice entre contenedores de plástico, velas repletas de cerumen y rodeados de pulgas; se enamoró de la chica Palmolive que le daba al bep —una malagueña salerosa llamada Paloma— mientras el duende de Anatolia enjabonaba las canciones de denuncia y amor por las causas perdidas. El corazón de Joe era tan español como su partida de nacimiento turca… El hombre feliz que pateando las calles granadinas, parecía ser un andaluz tranquilo y sosegado (por el Albaicín, el Realejo, el Generalife, la Catedral o la plaza Mariana Pineda) y emocionado de sentimiento cuando entró en contacto con la gente de 091 y TNT (vanguardia rockera) de aquel sueño de movida cultural postochentera, que inundó de gesto cotidiano el nuevo país. Granada no fue ajena a la movida. Y la universidad desde Muñoz Molina (granadino adoptivo) a M. Ríos, los garitos del embrujo  en el centro por el Pasaje de Recogidas, llenos de sifones de lúpulo  cuando cae la noche nazarí. Se puso a la ciudad por montera y llegó a producir una de las mejores bandas del rock nacional —tan incomprendidas como Lagartija Nick— ausentes al barrunto mediático de radiogramolas oficialistas. Ahí estaba Strummer, que se ofreció con la generosidad de un estudiante Erasmus en una noche litronera.





Lo más curioso de todo esto, es que cuando yo creía haber visto un montón de cosas por cuestiones de las ordenanzas militares, tuvimos aquello del  “algunos fuimos soldados de reemplazo” y en pleno verano manchego a la vera del Alcázar Toledano. Todos estos vericuetos epistolares me los refrendaba un personaje sibilino, zángano y brillante: el soldado Carrasquilla. Yo nunca le creí pero, tal como ahora mismo estoy escribiendo este artículo conoció a toda la tropa del pub “Silbar” y me vacilaba con los cubatas de Larios que le sirvió al Strummer. Siempre me quedó en la memoria el personaje que tan bien describe Jesús Arias (su gran amigo), Fabrizzi (el Juan Carlos), cuando Carrasquilla fue testigo del ínclito miniconcierto Strummer&Frabrizzi, aquel homeless tocando el Jimmy Jazz. Lo dicho, Joe cumplió años: los 40 (esos donde las dudas se apoderan de la identidad existencial). Bebió, amó, conoció la tumba de García Lorca, pisó Sacromonte y visitó la tierra de los duendes gitanos que invitaron al maestro G. Lorca a crear un romancero eterno. También fue confeso ingenuo y honesto de sus errores, cuando se lío el culebrón de Topper Headon, el tira y afloja con Mick Jones. El vía crucis de la  refundación de la banda. Lo que le dolió que Rock the Casbah estuviera rotulado en las bombas de los F-16 norteamericanos en la primera guerra del golfo, pero como yo digo un hombre, “es la consumación de sus aciertos y arrepentimientos”. La gente que conocía Strummer lo quería como era; Joe. Ya lo dijo el genio Scorsese,  “Janie Jones ha sido el mejor tema de rock&roll de la historia de Gran Bretaña”. Dejémoslo ahí, haciendo sus primeros cameos cinematográficos con A. Cox y Kaurismaki, con la fundación por la protección de los bosques, junto a Lucinda— su esposa— y sus hijas porque al final cuando todo parecía ubicarse en su sitio con The Mescaleros en ese segundo acto de la vida, que llaman la madurez de todo hombre: el 22 de diciembre de 2002 sufrió un paro cardiaco. La autopsia certificó su fallecimiento por una cardiopatía isquémica congénita, D.E.P. Como muy bien dijo, Lucinda: vivió su pasión entre el cabo de Gata y la Alhambra soñando con  una ferretería llena de cachivaches, como esos que suelen verse en las pelis de Kaurismaki. Siempre lo tendré entre mi iris y el tímpano: sus andares y sus canciones. Como bien reza el título de ese elepé recopilatorio póstumo a la disolución de la banda, “From Here To Eternity Live” (título de la novela de James Jones) un día no muy lejano estaremos todos juntos…




               


                    Dedicado al cabrón de Carrasquilla, el granadino con más estilo que he conocido










                                           
 

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