La rodilla de Mephisto




viernes, 10 de marzo de 2017







Recuerdo un viejo sueño que solía repetirse en las noches más oscuras de finales de otoño: cuando los perros gimen rabiosos y los gatos maúllan desesperados. Una ciudad sin nombre, un laberinto de ladrillos, de callejones grises, de torres sin vida y taciturno latir. Su único gobierno es el miedo. Y encima de la gran muralla se halla el trono de un malvado noble que castiga con cruel vehemencia a todo aquel que intente poner fin a su reino. Un abismo de olores perdidos en un negro pozo —que tan solo  percibe el regusto salado del pescado podrido. Entonces, hago escena en la escalinata principal de la plaza del lugar. Entre el pavor y el terror de la situación —exasperada— eché a correr por sus hoscas calles. Siento el aliento de un cazador de recompensas hambriento, que muerde por donde pasa, y se pliega en mi cerebelo. 













De repente, despierto y siento que no me encuentro en mi cama. Mi rodilla derecha está destrozada. La sangre chorrea, mientras los cartílagos que cuelgan de mi tibia parecen saludarme la mañana. Grito pidiendo ayuda en vano. He visto una sombra, con la forma de un leviatán, sosteniendo una navaja de afeitar. Esto es, el fin. Cada noche, la misma pesadilla; la misma lucha que se repite, una y otra vez, como los sonidos graves de una peregrina canción machacona, de la ruta del Bakalao, dentro de un altavoz JBL. Desconozco que destino me espera, pero si eso ocurriera, tampoco me preocupa. Mi mente sigue susurrándome cosas que sonaban como una olla de cobre y timbre obtuso. Sonidos en palabras de mi boca, sentirían a cada fonema pasar, por un alambre dentado y cercano a la columna vertebral. Huyo, solo huyo. Y no importa si me escondo en los parapetos más oscuros o en las ventanas más altas de las negras torres.












Él, sabe cómo encontrarme. Aunque, mi miedo dejase un hedor, una impronta en su percepción más profunda; que el fondo de un vientre materno. Como si el único objetivo de su vil existencia fuese dar caza a mi persona. Estoy solo; completamente solo. Yo y mi oscuro acechador. Aún no estoy muerto y mis ausencias en la casa de los dioses, me las están premiando con una eterna tortura, en el peor de los infiernos. Dicen que morimos postrados, como viejos maniquíes, en grandes almacenes de los 70. Embelesados y rodeados de bombas hospitalarias, entre bacines de orines y disfunción gravitatoria. Puede que nos extingamos, aunque nuestros párpados den muestras de alivio. Hay una triste mirada final hacia los rostros que se apiadan de mí. Pero aquí, en la sala del mortuorio, todo es demoledor. Un lugar donde las luces tenues de los vestidores dan paso a la más absoluta de las soledades de esta última penitencia.










Creo que por fin, he matado al barbero leviatán. Al final había llegado el momento de mi muerte indiscreta. Algo que he traído en este último viaje a la ciudad sin nombre. De repente, me acosaron extraños pensamientos; sospeché que en realidad no había muerto, que se trataba de un simulacro preanestésico. Un inmundo tufo a agua estancada, a semen de internado y embutido descompuesto. Ahora acecha en la penumbra de mi cuarto. Algo que resulta ser tan excitante, como la presditigistación de Mephisto al cordero inocente y solitario. Aquello que atrajo mi desdén, al castillo del infame, para revelarme su amor y de paso contemplar el fulgor de la muerte extendida, disimulada, entre espejismos holgazanes y recuerdos mundanos. Por fin, el horror de la hoja de afeitar se convirtió en seductora levedad, cubierta en un sudario de lino. El éxtasis de mi victoria se hacía consciente. Mientras, en mi nuevo mundo, se marchitaban las palabras, los horrores y los espantos al caer las tinieblas. En este instante, descanso en paz. Pues, jamás, estuve allí.










                                               Dedicado a Howard Hodgking, agosto 1932/marzo 2017 In Memoriam










Fotogramas adjuntados


Carnival of Souls (1962) by Herk Harvey
The Curse of Frankenstein (1957) by Terence Fisher
The Flesh Eaters (1964) by Jack Curtis
No Such Thing (2001) by Hal Hartley










                       
 

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