Sonny ListonVsAli; la foto, la conspiración y la maleta de la vida

febrero 27, 2016 Jon Alonso 0 Comments







Estas próximas navidades si los solsticios y los equinoccios no riñen entre ellos —algo en lo que, uno, poco tiene que ver— los puristas del boxeo celebraremos el aniversario de la muerte de los puños más potentes de la historia del boxeo: Charles "Sonny" Liston. Todavía parece que fue ayer cuando se celebró el combate, con el todavía juvenal y dicharachero Cassius Clay. Aquella pelea—25 de febrero de 1964— de revancha por el campeonato del mundo de los pesos pesados quedó para los anales de la historia por muchas cosas. Demasiadas. Dos se convirtieron en más que significativas para la cultura Pop/Cool de unos EE.UU en plena convulsión. Por un lado, destacaríamos: la fotografía de John Rooney de AP, donde Ali arenga a un Liston tumbado en la lona, mientras el joven arrogante y maravillado, Clay espetaba: —levántate cabrón y saluda al campeón. La instantánea muestra a nuestro protagonista, con toda su crudeza, como probaba el amargo sabor de la lona del palacio de deportes del St. Dominic's Hall de Lewiston (Maine). Es obvio que semejante momentazo acabase ganando el World Press Photo, en su categoria, de 1965. La segunda cuestión, que nos dejó, más perplejos, todavía, fue cuando, cuatro años después, Sonny Liston se marchaba de este telúrico e histérico mundo, en sibilinas circunstancias. Norman Mailer llego a decir de Liston; es la esperanza de cualquier desesperado. No obstante, y con permiso, del genio de New Jersey: soy de los que pienso; que los muertos se marchan con la única maleta, la cual, no puede ser rebuscada por un hípster de seguridad, en una terminal de aeropuerto o un simpático ucraniano de Adif. Esa maleta no tiene precio; eres tú. Retratado en un estado inerte e inane. Por eso, todo el mundo sigue preguntando por la maleta de Sonny Liston. Cuando los más castizos del mundillo de las cuatro cuerdas, sabían que el personaje tuvo una vida dura y feroz. Una infancia entre Twain y Dickens de hatillo y zurrón. El oso feo, como le gustaba, al veloz Clay, jactarse del tosco SL. A día de hoy, sigue siendo la muerte de un hombre, casi sin identidad, diría Mike Tyson, cuando le llevó unas flores a la tumba del cementerio, donde rezaba una lápida: un hombre. En un año, en el que los pugilísticos—un servidor— tendremos un minuto de silencio con el tipo duro e incorrecto del ring que, murió en unas circunstancias, más cercanas a un Film Noir de serie B; Made in Phil Karlson. Muerte, asesinato, homicidio demasiadas preguntas para muchas respuestas con la boca cerrada. Demasiadas piezas atoradas en una caja grande de Ikea y eso, que caben cosas, en los putos cajones suecos. Mi madre decía; “que si quería ser algo en la vida, mejor lamer, que morder.” Cuando ya hace unos 20 años que la enterré, voy entendiendo, un poco más, el porqué de la frase de mi querioda y olvidada madre. Pero nunca le hice caso a su talante, ya que he hecho lo que me ha salido de la entrepierna. Y es que, cuando los héroes están empapados de sudor perdedor; mejor cruzar de acera y perderte entre la multitud de anónimos cobardes. Estos últimos, suelen llegar muy lejos: ni una mala palabra, ni una mala acción. La ley física por la que el mediocre suele vivir 90 años vacuos y pusilánimes. No se me pierdan que bastante tengo con no perder mi ubicación en el cuadrilátero, para que encima, logre enfadar a los astros y me dejen fuera de cobertura. Si analizamos estas últimas palabras del que mecanografía















La muerte de Sony Liston es el retrato de uno de los más grandes de la historia de este deporte y quizás de uno de los mayores perdedores de la vida por un K.O., atípico, de la mariposa de Kentucky, que tenía un aguijón lleno de veneno. Los que conocían, muy de cerca, a Liston dijeron algo tan bello como espeluznante: el día que murió fue el mismo día que nació. Pero el crimen, el mal y la oscuridad se encargaran de poner esa estrecha línea que separa la épica de la cobardía. Sonny fue el único que supo lo que ocurrió su última noche. Eso, sí. También están quienes lo llevaron a esa situación; algo sabrán ¿No creen Uds? Sonny Liston fue un tipo que cuando te metía el puño en el mentón; sabrías lo mucho que te iba a doler. Tanto, que jamás olvidarías el careto de aquel tipo. La víspera de reyes de 1971, el ex boxeador y ex campeón mundial, de todos los pesos, de 39 años se localizó en su domicilio y cuyo cadáver fue encontrado en el dormitorio de su casa en Las Vegas. SL estaba rodeado de  un festín de todo tipo de drogas y gadgets: jeringuillas, papelinas de heroína y cocaína, botellas medio llenas de escocés y bourbon. Un espectáculo dantesco y patético. El cadáver mostraba claros indicios de descomposición lo que daba por hecho que Sonny Liston falleció unos seis días antes de su hallazgo, gracias a su esposa Geraldine. Lo dicho, un caso para el jefe Grisson de las Vegas CSI. Muchas evidencias —que bien hilvanadas hubieran dado buena fe de la cantidad de amistades peligrosas— que acechaban al rudo ex púgil: La mafia, los Hermanos Musulmanes, los apostadores de medio pelo, camellos de diferentes pelajes, asesinos por encargo, el alcohol, las drogas y algunas paranoias propias del paso de los años. Pero rebobinemos al principio de la odisea del personaje: su pleistoceno particular: la profunda Arkansas de finales 30/principios de los 40. Sonny, comenzó a ir al campo a los ocho años, como muchos de sus hermanos, que los habían para completar una plantilla de Champions League; una familia de 26 hermanos, contando al pequeño Liston. Evidentemente, no tuvo mucho tiempo para el pupitre. Jamás aprendió a leer, pero tampoco iba para intelectual, desgraciadamente. Háganse una idea de las desdichas del pequeño Sonny. Un día la mula, de su padre, Tobe Liston, cayó reventada, tras años de jornadas levantando la tierra de cultivo. No hubo repuesto animal, pues el bolsillo estaba tieso y el pétreo TL buscó una pronta solución. Nada más y nada menos, que puso a tirar del arado al pequeño púgil,y, espabila chaval que los correazos son gratis. A los dieciséis años, aquella criatura se había convertido en un adolescente de ciento ochenta y cinco centímetros y andaba sobre los 100 kilos de puro músculo. El maldito arado, aquel salvajismo de niño mula, dejó una macula de indolencia al propio dolor. Algo así, como una manta de morfina pero con alerta constante. Charles Sonny Liston solo conoció, la ley del palo y la zanahoria. Analfabeto de por vida hasta el último hálito de su vida. La familia Liston tenía sus conflictos como todo hijo de vecino. No obstante, llegó ese día, en el que una mujer dice no y es no. Se hartó de las sucias maneras de su marido y su agrio carácter. Agarró a toda la prole y tomaron rumbo hasta St. Louis, en busca de mejores habichuelas. Fue en la capital de Missouri donde Sonny pisó una escuela. Aquel esperanzador acontecimiento se convirtió es un día fatídico. Los que ya tenemos unos años y hemos criado pequeños monstruos encantadores; sabemos muy bien, de lo que son capaces, los divertidos niños. Posiblemente, sean parte del circo y la crueldad de esta sociedad. Claro que cuando eres tú la víctima, la verdad, que la cosa duele. Duele muchísimo. Sonny Liston fue el primer y el último día que visitó la escuela. Las risas y vejaciones por su aspecto físico y analfabetismo fue uno de esos golpes sociales que te dejan marcado de por vida. La mala baba del personal del babero se pasó rápido, ya que el joven Liston cambió la pizarra por el miserable callejón. Ese era el territorio de los primeros puñetazos y si no andabas presto; algún navajazo te hacía una zeta a la velocidad del Zorro.












El callejón era un lugar donde los duros, fuertes y no muy guapos solían sobrevivir. La ley de la calle, en la ley de la selva. Cristales rotos, palizas y monedas de los pobres desgraciados que eran saqueados. Muy pronto su sombra quedó fichada por los agentes de ley, que no tardaron mucho, en buscarle apodo a la nueva joya del barrio. Algunos de ellos fueron los más escuchados, como el number one o el cuatrero de la camiseta amarilla. Se acabó tirar del arado y las humillaciones del viejo a correazo limpio. Pero su carrera como delincuente habitual acababa de despegar y llegó su primer asunto serio: un atraco a una gasolinera. En aquel surtidor le dio una somanta de puñetazos, al pobre dueño, que acabó en una ambulancia. El joven Number One terminó con sus huesos en la cárcel de Jefferson. Como la criatura no tenía ni partida de nacimiento ni papel que acreditara su edad. La burocracia en los años de la depresión, no estaba para dispendios y menos para una familia numerosa de color. Los polis le colocaron la mayoría de edad y a chupar trullo. En la cárcel encontró un primer acomodo; la comida. Tres ranchos: desayuno, comida y cena. Un lujo para un pobre muerto de hambre como el pequeño Sonny. Además, aquel lugar lo de ser un buen gallo de pelea era un pasaporte para la inmunidad civil. Y los puños de Sonny eran muy duros. En aquellos tiempos, las penitenciarías solían contar con los servicios de un sacerdote, que velaba por la salud de las almas perdidas. El padre Stevenson, además de adorar a Dios, estaba loco por Paddy Ryan, el campeón de los pesos pesados del condado verde de Tipperary. El hambre y las ganas de comer se dieron de bruces en el talego. Aquel cura descubrió el enorme potencial de Sonny Liston y le enseñó el vademécum del boxeo —algo que vio con buenos ojos nuestro protagonista —ya que si los utilizaba por pura diversión… ¿por qué no hacerlos rentables a corto plazo? Dos años después le concedieron la condicional e inició su primer tour por los campeonatos amateur de St.Louis. En muy poco tiempo , aquel recio cuerpo de 100 kilos, le habían concedido el guante de oro y acabó siendo profesional. Llegados al año 1953 tiene su primera pelea contra Don Smith, al rocoso Liston le duró, apenas 30 segundos, para verlo tumbado por K.O. En aquella época seguía manteniendo sus líos con la policía y tras unos cuantos mamporros: estuvo entrando y saliendo de nuevo por Chirona. Pero llegó un día, en el que conoció al famoso promotor del boxeo y elemento esencial de la mafia; Frankie Carbo. Por aquel entonces, conocido como el Zar del boxeo, pero de aristócrata tenía muy poco: era una serpiente venenosa y traidora. Aquel tipo se quedaba con el 50% de las ganancias de Liston y resto de púgiles que representaba: era un bicho malo, muy malo. Liston estaba hasta la entrepierna de su careto y dio un cambio, comprándose un traje con unas solapas tan anchas que haría las delicias de Scorsese en los 90. Además se dejó un bigotillo a lo Coconut que, tenía una connotación, de chulo putas y dealer del palo. El sujeto Carbo le agenció un trabajo extra en sus horas de ocio al potro azabache de Arkansas; fue el matón que controlaba la producción en la fábrica de ladrillos y a los currantes que intentaban hacer pellas. En cuanto veía algún conato de pretendiente a sindicalista de tres al cuarto, el macarrón Liston se lo llevaba al callejón y sus puños le hablaban a la grey de los derechos humanos del trabajador. Terminó consiguiendo el famoso apodo del Oso feo y nadie le quería, ni le apetecía estar cerca de su sombra. Sonny Liston era hombre de trullo, poco hablador y carácter introvertido.
















En el fondo, al pobre Liston nunca se le miró, con los mismos ojos desde los diferentes sectores de la sociedad. Por ejemplo, en la década dorada de este deporte tras la salida de Rocky Marciano, el campeón de campeones, Made in Italy. La nueva América que vino a continuación, sus nuevos púgiles eran de color, y los EE.UU seguían siendo, una nación racista y con demasiados prejuicios. El sempiterno debate que, a pesar, de tener un presidente de piel negra; la cosa continua runruneando. Sonny Liston iba a la suya y lo que más le apetecía era un combate contra el nuevo campeón, el boxeador negro más querido por el público norteamericano; el negro guapo y de exquisitas formas: Floyd Patterson.Un Gentleman que se codeaba con la mismísima Eleanor Roosevelt y fue miembro de la Asociación Nacional para el progreso de la personas de color (NAACP). Claro que Sonny Liston, uno de los más grandes de la historia, era un gangster y encima, analfabeto. ¡No, no, no. Lejos, lejos de esa bestia, no lo toquen; muerde! Llegó el gran día de Sonny Liston y pareció que EE.UU estaba de luto, minutos después. Kennedy que adoraba al intelectual Patterson, y si alguien ánimo al esbelto campeón de los pesados, en ese momento, no fue otro que el mismísimo JFK: Floyd tienes que demostrar que eres los mejor de este país, eres el bueno y el bueno siempre gana al mal. Patterson se había negado. FP estaba disgustado y con el miedo llegándole a la rabadilla. Espetaba; ese tipo no es un boxeador, sino un delincuente. Una hoja de cargos penales tan grande como una cárcel. Lo dicho, estaba con el miedo dentro del cuerpo. Sólo mirar a Liston y sus piernas notaban el hormigueo. Kennedy no tenía ni puta idea de boxeo; sólo sabía de coños y Montecristos. Eso sí, donde hubiera una cámara, ahí estaba el mejor presidente de la historia contemporánea norteamericana del siglo XX. Liston aterrizó en un lugar que el adjetivo más hermoso fue ¡Negro cabrón, al paredón! Seguía con sus líos con la ley, pues peleó, aún pendiente, de un juicio por presunta violación y con la prensa detrás espoleando, el baturrillo de los calzoncillos y las zapatillas, que todo el mundo sabían de su propiedad: Don Francesco Carbone y media Sicilia. Era una maquina perfecta; con dos puños demoledores. El combate duró dos minutos, lo mismo que la revancha. Patterson tuvo que usar las dos veces su disfraz. Las enormes manos de Liston le apagaron la luz. En la pequeña localidad de Comiskey Park Chicago el 25 de septiembre de 1962. Patterson perdió delante de su gente y replicó una revancha con la boca pequeña, que le fue concedida al año siguiente, pero eso sí, esta vez en las Vegas. Patterson estuvo preparando el nuevo combate como un joven olímpico ante su primera opción al oro olímpico —algo que bien sabia— ahora, la gloria duró un asalto. El tiempo, en el que el Oso feo lo tumbó por la vía del cloroformo. La noche anterior a la pelea, Liston anduvo de juerga: copas y cartas. Liston boxeaba con instinto innato, feroz y constante. Por primera vez, se le pasó por la cabeza ¿Podría cambiar y ser un negro honrado? El esclavo que nunca tuvo una oportunidad y ahora el boxeo lo había convertido en una celebridad e icono de su raza. Nada de nada, intentó acercarse a la NAACP, aunque el resultado fue nulo. Desgraciadamente, siempre tuvo muy claro que él fue un negro de tercera, ni siquiera de segunda…Pero nada más lejos de la realidad, porque todo lo que viene ahora quizás nos puede sonar a pura conspiración ¿o no? Casualidad pura. Evidentemente, algo de todo esto—sí que hubo— en el tramo final de la carrera, del fornido púgil de Arkansas.















Es que el fondo, algo de ella y la mala suerte se encontraron en el córner. En los días previos a la revancha, citada, anteriormente, contra Patterson, unos días antes del combate, aparece un chaval llamado Cassius Clay. Se dedicó a perseguir a Sonny Liston por la Sodoma de Nevada. Piensen que estas cosas ya pasaron en otras épocas más pretéritas, pero pasaron. Es el caso de Jack Johnson, en los inicios del siglo XX para conseguir una oportunidad de disputar el título de campeón de los pesos pesados contra el canadiense Tommy Burns. El parlanchín Clay apareció una noche en uno de los casinos que, habitualmente, Liston solía jugar. CC comenzó a burlarse de él, hasta que SL tiró de revólver en mano, y, realizó varios disparos. Lo que hizo que el bailarín de Kentucky saliera corriendo del local. Tras el alboroto, Liston dirigió el arma: a sí mismo. Ante la perplejidad del personal, disparó y ¡boom! Fogueo puro. El oso feo siguió bebiendo y jugando. Bien, en la vida no es oro todo lo que reluce. Hoy eres el rey del Mambo y mañana la banca del casino te desploma. Parecía como que el analfabeto de Liston hubiera desarrollado un sexto sentido, sí, ése, que puede que la ley del callejón termine por dártela y cuando estaba quitándose su célebre Americana Langosta —como le gustaba decir a Talese—se encontraba de corto en el Palacio de convenciones de Miami peleando contra el negro más Cool de los USA, el chico guapo, olímpico de Kentucky. Aquel joven al que le gustaba pelear como un rapero de los 90: hablaba y rajaba sin parar. Guardia baja y un juego de pies impagable. Hoy se cumplen 52 años de aquel combate. Donde se recuerda una frase mítica del pesaje: gordo, maleante, feo en el octavo caerás. Liston parecía meditar y escuchar las palabras que de uno de sus antiguos oponentes; Chuck Wepner, un boxeador que se midió con los dos púgiles: Alí no pegaba como Liston. Sony Liston fue el único boxeador que alguna vez me lastimó. Lo curioso de todo este espectáculo es que no lograba encarrilar el interés de América por un combate de los pesados. Apenas se vendieron 15.000 entradas, la mitad del aforo, ni el rocoso Liston estaba interesado en todo este bolo mediático a medio gas. Pasó de ir al gimnasio para preparar el combate y sólo delante de la botella o jugando al Black Jack. Pensaba: si  a Paterson me lo merendé en dos minutos…Qué me va a durar este payaso de feria. Ya en el interior del palacio seguía el show de CC y Liston con ganas de decir estoy hasta…Explotó: te voy a matar. El hartazón llegó a la platea que clamaba: ¡Sonny, mata al negro! Pero aquel arrogante negro y fibroso era rápido como un Jaguar: desaparecía y aparecía. Las manos de Liston se movían lentas, torpes y pesadas. Siempre llegaba tarde y CC comenzó a darse cuenta de ese agotamiento propio del devenir de botellas del whisky de su tierra en la venas del asfixiado Liston que sangraba por un brecha en su ojo derecho. En el rincón le asistieron con un ungüento para cerrarla y éste término contaminando, momentáneamente, a Clay. Situación que, el lento de Liston, no aprovechó porque estaba frito. También se habla de una estratagema de la vieja escuela pugilística; el tongo y el engaño con tretas de gangster puro y duro. No se sabe si hubo intención de ponerle en el guante un linimento o algún ungüento sospechoso. Pero todo quedó en eso, conjeturas. Es evidente, que si una de las manos de Liston te da bien; eres carne de lona.















Empero estamos en el terreno de la especulación. Lo que quedaba reflejado era el patetismo que desprendía un apático y agotado Liston ante un Clay con hambre de campeón. Puede que el charlatán de CC no viera mucho en el ring, pero es que boxeaba con los pies como un regate de Messi en una baldosa. Clay buscaba con ahínco el ojo izquierdo de Liston y en ese instante sonó la campana del séptimo round. Liston desde el taburete empapado de sudor y con la brecha abierta espeto: Se acabó, para alegría de su cuerpo técnico y de todos, ya que el personal pensó; este el momento Rocky que sale a cuadrilátero y funde a Cassius Clay con ese par de golpes de izquierda a derecha. Sus ayudantes sonreían, pero lo que estaban contemplando era el protector dental como caía en el cubo de agua bañado en sangre y linimento. Liston siguió a la suyo, sus devaneos residiendo en las Vegas, junto a su esposa Geraldine. Cuando parecía que la carrera de Sonny estaba finiquitada. Se produjo un nuevo combate contra el campeón, ya Muhammad Ali. En el fondo quien llevaba el negocio y el cotarro en USA del negocio pugilístico era Frankie Carbo y Frank (Blinky) Palermo. Tampoco no es nada desdeñable pensar que había un pacto para sacar del ruedo a Liston, ya que como campeón no era un deportista popular. Un tipo con cientos de affaires judiciales y alcohólico, salvado por la campana de un hipotético delito por violación. Sus mentores eran dueños hasta de la última venda de los guantes de boxeo del hierático SL. Y que lo habían sido, prácticamente, desde que Sonny se había convertido en profesional. ¿Acaso estaban hartos de él? Puede. Lo mismo que todo el mundo sabía que fue un campeón con una prensa horrorosa. La moral de determinados estamentos sociales nunca puedo ver nada bueno en un tipo como Sonny Liston. Bebedor profesional y consumidor de alguna que otra sustancia sospechosa. ¿Y qué? Si hasta el desgraciado de Liston confesó, que apostó contra sí mismo, en el combate por el título. Recibieron, él y su hermano, un sobre con 300.000 dólares por la pelea, y lo apostaron siete a uno en contra de Sonny. Al final de la pelea esos 300.000 se convirtieron en 2.100.000 dólares. Posteriormente hubo un combate de revancha, casi rallando lo absurdo. Una pelea celebrada en uno de los estados más pequeños de EE.UU, Maine en la localidad de Lewiston— concretamente— el St. Dominic's Hall fue el recinto elegido, aquel 25 de mayo de 1965. Ese lugar tenía muy poca capacidad. Algo que derivó en un aforo de apenas 2.434 espectadores. Hito histórico en una revancha del título mundial de los pesos pesados. Y ahora comprenderán lo citado, anteriormente, de absurdo, la pelea duro un asalto. Clay, para los viejos amigos, tumbó de un poderoso Jab al estático Liston que cayó de espaldas y se quedó con los brazos extendidos. Lo demás, de verdad, pregúntenle a un Sr. Llamado Frank Sinatra, que esta caminado por la luna. La historia de la maleta que se las lleva el tiempo o las cartas. Cuando las cartas no salen, mejor pasar y esperar una mejor mano. Tranquilo, Sonny, al final todos nos vemos en el mismo sitio...

















                                                     Dedicado a Umberto Eco enero 1932/febrero 2016 In Memoriam







Biografía consultada y recomendada

The Devil and Sonny Liston by Nick Tosches  Ed Little, Brown and Company(2001)
Sonny Liston: His Life, Strife and the Phantom Punch by Rod Steen  Ed Jr Books Ltd (2008) Sonny Liston  “The Real Story Behind the Ali-Liston Fights” by Paul R. Gallender Editor: CreateSpace Independent Publishing Platform (2012)