El ocaso del héroe




viernes, 1 de agosto de 2014











Hubo un tiempo donde me creí el último héroe de una generación de solventes mancebos, que seducían a hermosas mujeres con su voz. Un tipo capaz de galantear a condesas, baronesas, duquesas, periodistas, nadadoras, empresarias, tenderas y madres déspotas: iluminadas tras cortinas de tafetán. Hasta me atreví con alguna  limpiadora de Zotal y el susurro de unas rimas de Alberti escritas en el reverso de una hipoteca ING. Aquel hombre tenía un aura de Bruce Willis en el último Boy Scout. Idóneo candidato para generar una hecatombe en el paseo de la Castellana y el caos más terrorífico, a las puertas de los juzgados de Castilla. Ahora veinte años después, me miro en el espejo y veo al verdadero Dorian Gray; sin impronta ni honra que le valga. Desahuciado de sensaciones e impresiones cotidianas. Los mismos que involucraban a los daños colaterales, como invitados VIP en un salón de la nueva corte de Felipe VI. Aquella mañana de Agosto de 1987 fui abducido por un remolino de emociones, vértigos y sobresaltos vitales que hurtaron la felicidad de mi rostro. Aquel maldito día —en ese viaje—, conduciendo sonriente sobre el cómodo sillón de nuestro nuevo automóvil. Sintiendo el calor de la mano en mi nuca de Denise.















La rubia de cabello ondulado y hermosos pómulos: enjuta y divertida. Sí, así era Denise Delacroix; mi primera esposa. Estaba loco por ella. Contemplaba el paisaje y pensaba el  porqué de la existencia de otrora pretéritas audaces conquistas, no impidieron la amenazadora perdida de mi hijo Emile, y por ende, su madre Denise. La colisión entre el autobús de pasajeros: un Volvo —último modelo— en aluminio ligero y el Airbus-310, vuelo número 7127, de la Kripton Air lines era un hecho consumado. La inminente caída de la aeronave, no estaba en los pronósticos. Pero el azar se volvió caprichoso como el color del cielo. El autobús volvía de un viaje de fin de semana a Santiago de Compostela y a la altura de Laforuguette, muy cerca de nuestra antigua residencia en Toulouse; el mundo se convirtió en una feroz bola de fuego, entre las sombras de los pasajeros del trasporte aéreo con el terrestre. Mis ojos no habían visto en toda su vida, semejante catástrofe tan  horrorosa. Denise lloraba y se retorcía de sufrimiento, chillaba como una posesa ante la perentoria sacudida. Mi reacción fue gélida, contenida y entera. Aparqué el coche en el arcén. Le di un beso a mi esposa—notaba el sabor de sus labios trémulos— y le espeté muy tranquilo que debía ayudar a toda esa gente; aturdida, despavorida, esparcida y envueltos en llamas. Denise se agarró la cabeza con los brazos, quedándose debajo del salpicadero chillando y sollozando.—¡Denise, te quiero. He de encontrar a Emile. Volveré, te lo prometo! Cuando llegué a la zona cero el espectáculo era aterrador.














Algunas víctimas caminaban sin extremidades y los cabellos completamente chamuscados. El olor a carne humana quemada era soporífero. Nadie sabía nada ni entendía lo que decían los heridos. Tan sólo yo y unos cuantos automovilistas que pasábamos por el lugar éramos los primeros testigos de una hecatombe dantesca. Entre lo penoso, descorazonador y la mayor de las náuseas. Yo gritaba, ¡Emile, Emile! A cual grito mayor. Dejé mi americana de lino a una mujer con la mirada completamente ida, sentada en un asiento del avión—del que sobresalían los muelles de  la tapicería calcinada— sobre la tierra y sus brazos sujetando un bebé ensangrentado. De repente, las sirenas de bomberos, policía y unidades de salvamento acotaron el recinto. Media hora más tarde, seguía buscando a mi hijo Emile sin perder la compostura ni la calma. Qué irónico lo de mi integridad, cuando yo no sé ni lo que hacía, ni como andaba. Era un autómata pleno de pena e indolencia. Ahí estaba, yo, en la hoguera de los espantos. Mientras las ánimas se movían como en un carnaval dantesco por la puerta de los infiernos. Entre los técnicos de la policía, se veían balancear a un par de auxiliares de vuelo descompuestos y amasijos de hierros salpicados de hematíes. Los cuerpos aplastados de turistas del autobús, los asientos de escay hechos jirones; una sangría en mitad de un brindis al sol, a la conjura de la adversidad, del azar, de nuestros pecados. Se hacía difícil diferenciar los heridos del medio terrestre con el aéreo.














Un pasajero me decía—¡Agua por favor, deme agua! Sus intestinos completamente fuera de su abdomen, incluso, se podían ver el hígado y el bazo. Me fui directo a él y cogí sus tripas. Aplasté lo pude, mientras pedía auxilio. De entre el fuego y el humo apareció un paramédico con un enfermero y una enfermera. No había pensado en otra cosa que en mi propia muerte ¿Por qué no fui yo en ese vuelo o en aquel viaje purificador a Santiago de Compostela? Uno, que siempre ha pecado de ingenuo y todavía duda si hacer o no el testamento. Intenta buscar la felicidad en el consuelo de los idiotas, el fulgor de los héroes y las voces de la muerte. No encontraba a nuestro hijo Emile y sólo recuerdo, la hermosa enfermera de salvamento civil —a cámara lenta—hablándome. No escuchaba nada. En ese instante, sólo me llené de una ligera evocación marina, como una puesta de sol en la costa marroquí y disfrute con el movimiento de su cabellera azabache, sus negros ojos sombríos, aquella corta y sensual nariz, y sus labios rojos ennegrecidos: donde sonreía la bondad. Me repetía una y otra vez: ¡Señor está bien!¡Se encuentra bien! ¿Es suyo ese niño que lleva en brazos y la niña que lleva de la mano? El niño que llevaba en brazos, lo dejé sentado a mi vera. La niña del cabello rizado observaba, mientras hacía fuerza en balde. El pasajero pateo un último esfuerzo. Su sangre inundaba mis pantalones y el negro suelo que pisábamos. Había tantos niños y niñas con las caras ennegrecidas por el humo del fueloil y la combustión de los neumáticos que se me había quedado una sonrisa etrusca.













Todo se ralentizo, aún más. El picor de ojos era insoportable y me llevaron a un hospital de campaña, en estado de shock. Ver a la gente sufrir y morir es igualmente monótono, que visionar un telediario a la hora de la comida, la mímica repetitiva del sufrimiento de las crónicas de Gaza. Desgraciadamente, toda esa gente resistiendo y muriendo, no condiciona el hecho de vivir en una sociedad perfecta, impoluta y sin fisuras que apesta a asepsia y cinismo. Aquellas almas olían mucho más que los cuerpos enfermos, torturados y disolutos en keroseno. Nunca más volví a saber de mi esposa Denise. Según una lista oficial del recuento de víctimas del accidente entre el Airbus y el autobús había más de 125 muertos y unos 70 heridos. Así como varios desaparecidos. El nombre de Emile Giroud, nunca apareció. A modo de maldición bíblica, Emile se volatizó o qué sé yo. El gobierno francés me condecoró con la medalla al valor y mérito civil. Yo seguí en un grupo de terapia para víctimas de accidentes aéreos y catástrofes extraordinarias. Al final mandé a la mierda al grupo. Dos meses después recibí una documentación desde Paris, con el remite donde se leía: Denise Delacroix. Me enviaba una carta muy escueta, redactada en una prosa muy notarial,  interesándose por mi estado. Me comentaba que ella también se encontraba bien y había conocido a un abogado; su nueva pareja.











El sobre contenía los papeles para la solicitud del divorcio. Me quedé sentado, mirando ese maldito sobre relleno de espumillón, con las letras escritas en formato imprenta por un rotulador y puse en marcha el estéreo. Había un CD de Max Richter. Al tiempo que sonaba la música, no pude contener una lágrima al pensar en la brisa de otoño. Paseando por la fina arena de las playas de Noja— el color del cielo— como se cubría de hermosos cúmulos y los tordos cruzaban el paraíso por delante del luminoso edificio del Pineda Beach. Me quedé en silencio preguntándome, ¿de qué sirve ser un protegido de la virtud, donde todo mundo mitifica al héroe de aventuras que nunca sabrá  la verdadera historia de su vida? Cuando no puedes alcanzar la felicidad de los pájaros. Es mejor, no hacerte oír, aún a sabiendas de que el engaño puede ser mucho mayor. Aquel hombre de sensaciones e impresiones cercanas al vértigo vital, se zambulló en la existencia de lo audaz y la inanidad. A cambio de un silencio temeroso, en el que su voz podía sonar a discordancia irrisoria. Nunca volví a ser aquel hombre enamorado de Denise y orgulloso de mi hijo, Emile. Ahora, entenderán la ubicuidad de la heroicidad: el valor más absoluto de la mierda en la mayor de sus concepciones. No existen los héroes, sólo hombres decepcionados dentro de esqueletos parlantes. Creo que estoy vivo, mientras espero al crepúsculo de los extraños: el ocaso de los héroes.










                                Dedicado a Alex Ángulo (Abril-1953/Julio-2014) In Memoriam








Fotogramas adjuntados

The Flight That Disappeared (1961) by Reginald de Borg
Fearless (1993) by Peter Weir
Unbreakable(2000) by M. Night Shyamalan
Skyjacked (1972) by John Guillermin
Lost (2004) by J.J. Abrams
The grey (2012)  by Joe Carnahan









                                 
 

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