Hedda y Louella, víboras estilográficas




miércoles, 14 de mayo de 2014

                           




Es curioso esto del radio macuto cada minuto un rumor y un bulo, más ahora con el redil de la red social. ¿Pensaban Uds. que la prensa del higadillo la inventaron Mariñas, Matamoros, Marchante, Lozano, y el eurovisivo J.J. Vázquez? Pues, siento desilusionarles. Pero va a ser que no. Hace muchos años en el viejo, dorado, seductor y excesivo Hollywood hubo dos mujeres con más peligro que un Puma dentro de un Parvulario. En el machista mundo de los gloriosos estudios en Vanityland, ese par de féminas tenían suficiente poder para hacer que los jefes de las majors echasen a correr o lamerles sus tacones, nada más verlas. Estas mujeres no eran productoras o comisarias políticas del capitolio. Hablamos de  Louella Parsons y Hedda Hopper dos perfiles de mujeres diferentes, pero con un denominador común: la tinta letal de sus Montblanc. Aquella tinta tenía más poder destructivo que los misiles balísticos del último desfile de Putin en el día de la victoria. Eran los tiempos donde el oficio de plumilla pertenecía al  macho por excelencia. Ellos tenían patente de corso en esto de la prensa del higadillo. Hasta que de la noche a la mañana —dentro del periodismo norteamericano— irrumpen estas mujeres, las cuales, dejaron una huella indeleble en infinidad de publicaciones del showbusiness contemporáneas a día de hoy.











Ambas plumas afiladas y viperinas tenían sus propias zonas reservadas en diarios, tabloides y demás papel cuché amarillista como “Confidential”. Hasta llegar a sus columnas de variedades y crítica social en  LA Times y el Examiner de SF y un sinfín de medios avalados por el magnate de la comunicación W.R. Hearst. Hablaban, apuntaban, avergonzaban e injuriaban a todo actor y actriz que se les ponía por delante. La filosofía del producto; todo vale. La cuestión era hacer caja. Estaban en la cima. Nadaban en la abundancia, con unos salarios que llegaron a formalizar por unos 250.000 dólares anuales. No por ello, no despreciaban aquellos regalos de los aludidos y aludidas en sus vehementes columnas. Hablar de sus vidas daría para una tesis doctoral y últimamente, entre mi arteroesclerosis aortica y mi adicción por el minimalismo voy  más rápido que el expreso de Cardiff en palabras.










 Luego, abreviando la prosa…Sobre sus vidas, la cosa quedaría así: Louella Parsons pasó de un par de matrimonios a dos divorcios secretos, para casarse con el Dr. “Docky” Martin. Un alcohólico —crónico—, conocido en Hollywood por su discreto tratamiento de las enfermedades venéreas a todas las estrellas de la colina de las vanidades. ¿Les suena la música? Lo digo, porque estamos en Hollywood. No nos hemos ido, la fiesta continúa. Hedda Hooper tras un pasado como actriz no muy popular, en esos alocados años del cine mudo. Se casó con un maduro crápula que le dio tantas infidelidades, como disgustos. Su vida terminó en una constante humillación. Entre el amargor de su matrimonio y el fallido asalto al séptimo arte, Miss Hopper llenó su pluma de ácido sulfúrico e inició su propia guerra a la caza de actores con simpatías procomunistas. Algo que se convirtió en su ADN, a lo largo del devenir de su vida. No obstante, lo mejor estaba por llegar. Cuando Hollywood era una caja de hacer dinero y la Sodoma idolatrada por una sociedad pacata, débil y entusiasta de sus iconos cinematográficos; las cosas en las noches de champagne y otros estimulantes, solían salirse de madre












El olfato de estas hienas era igual de preciso que una berlina germana. De este modo, los famosos procuraban llevarse bien con Parsons y Hopper, por si las moscas. Cuando las autoridades preguntaron a Bob Hope a quién debían avisar en caso de que resultase herido o muerto mientras actuaba para las tropas durante la Segunda Guerra Mundial, respondió bromeando:“Joder, a Louella Parsons. Nunca me lo perdonaría si no fuese la primera en enterarse”. Lana Turner, que nunca tuvo las de ganar con ellas, describía el modo en que las celebridades tenían que rendir sometimiento a las columnistas de pro. “Aceptaban sobornos, regalos y tenían sus favoritos, y que Dios te ayudase si alguna vez se enfadaban contigo”. “Ah!, y sé amable con Louella,  si está de mal humor: dale dulzura, hazla reír. Si no lo hacías, se lanzaba sobre ti en su columna y ya no te soltaba”(Sic). Como Peter Sellers explicaba al Hollywood Reporter: “Para hacer felices a estas serpientes de cotilleos, tenías que ponerte un traje de barras y estrellas; colgarte del cuello una placa que dijese: Amo Hollywood; llevarlas a cenar; comprarles rosas; limpiarles el polvo de los zapatos y declarar: “Te quiero. ¡Os quiero a todas!”(Sic). Tal vez el hit parade sobre las anécdotas del poder de ambas víboras se resumiría en el affaire con un afamado productor —que aprendió de la peor forma— que hacer regalos podía tener un efecto contrario al deseado.









Después de enfrentar a Hedda y Louella entre sí, compró por separado unos bolsos de mano carísimos. Enviándolos con una nota. Lo chocante de la situación, es que los paquetes se enredaron. Hedda recibió el mensaje de Louella y viceversa. La primera le telefoneó y quitó importancia al asunto, pero Louella estalló en colera. Esa era la tónica generalizada entre bambalinas de las majors y las dos corales. El soborno continuado; ¿qué se creían que la Gürtel se inventó en el Diario del fashion de los tirantes de Doña Agatha Ruiz de la Prada? No. Ahí estaba Hedda Hopper, jactándose de  su casa de Tropical Drive, en Beverly Hills, como “la casa que creo  el miedo”. Samuel Goldwyn comentó una vez que Louella Parsons era más fuerte que Sansón. “Él necesitó dos columnas para derribar el templo. Pero Louella puede hacerlo con una” (sic). Podría seguir aquí animando el patio con un montón de chascarrillos que harían las delicias del personal. No obstante, les haré la recomendación pertinente en la coda del post, que suelo hacer, a lo largo de todas las publicaciones del IBP, con la biografía adjuntada para que se acerquen a estas víboras con aroma a Dior y sabor a almizcle. Recuerdo que en español no hay ningún libro que esté a la altura de tan exquisitos personajes. No obstante, intenten hacer un esfuerzo con las sugerencias. Merece la pena. Y no se olviden de un consejo, personal, para ser periodista, no sirve ser una buena persona. Ahí, estás muerto en este negocio. Palabra de Poison












                                                  Dedicado a  H. R. Giger 1940/2014 in Memoriam


  










Biografía consultada y recomendada:



The Whole Truth and Nothing But  by James brough & hedda Hooper Ed. Doubleday (1963)
Hedda and Louella: A Dual Biography of Hedda Hopper & Louella Parsons by George Eealls  Ed. G.P. Putnam's Sons (1972)






  
                                    
 

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