La joven del cántaro

 


Aquel colchón de poliestireno expandido me estaba matando. La noche no bajaba de los 27 grados y la humedad relativa era del 79% Me tomé otro halcion más, a ver, si encontraba algo del gabán de Morfeo. Así, como el que nunca suele encontrarse con seres tan hermosos. Como una bocanada de viento en Pascua y salida de un prado asturiano, a través, de las entrañas del aire, una joven de grandes ojos verdes se incrusta en mi sueño. Viste ropas de montañesa, a modo, de pastorcilla con su clásico cántaro de agua en el regazo. Llega a la orilla del río y se arrodilla. Enreda el remolino del agua fresca y cristalina, formando con sus dedos ondas que la fuerza del empedrado en el agua los disuelve. Sonríe, me mira. Comienza a cantar, y arranca llantos al viento que mece a las cañas del margen del río... Vamos ni el mejor personaje de Covarrubias Herrera. Tengo la garganta momificada, la sed me mata con su beso seco. Descalzo, en mitad de la sofocante madrugada, me levanto del sofá y me dirijo hacia la cocina. Mis pasos retumban sobre el suelo. Abro el frigorífico y, por unas dulces milésimas, me envuelve un abrazo frío. La botella de agua helada se clava en mis labios y me llena la boca con su flujo, que va cayendo por las boceras de los carrillos.—¡Ahhh! Qué fresca y que puta sed. Menudo calor y el A/C roto. Vamos bien. Vuelvo al salón con la botella en la mano. Oh! mi adorado sofá, (hablando muy bajito) es de estos más modernos de multinacional francesa. Lo compré en una oferta y venía con chaise longe incluida. Ésta, me manda un guiño cómplice: ¡Aquí te espero, Man! Parecía querer marcarse unas risas, pero no. Es otra forma, que la silueta de mi espalda, estampada a lerdos trazos de sudor… cómo aprieta en la capital del Mediterráneo, en el centro de la ciudad, la sensación de basca y falta de oxígeno te mata lentamente. 




Agosto, es así, pero bueno, qué son 90 días… Luego lloraremos a Filomena, la novia del socio del agente secreto Mortadelo. Y yo no quiero hacer Snowboarding por la Gran Vía de mi barrio...Cierro los ojos e intento recobrar la imagen de la chica morena de los ojos verdes cántaro... ¿era morena o castaña oscura? No lo sé. No duermo, no vivo. Me tomaré otro triazolam y “pa alanté”, figura. Nuevamente, vuelvo a observar a la lozana pastorcilla que recoge —su gran melena negra azabache— en una trenza que serpentea hasta el inicio de sus caderas. Eso, sí. Ya no hay cántaro. La chica sigue cantando mientras el río le devuelve el inmaculado reflejo de su hermoso cuerpo desnudo. Sus ropas caen rendidas a una velocidad que hasta Newton le haría barruntar. Su piel de leche, nívea, bajo el sol de la montaña, brilla como una virgen de Rafael. Una tez campo de batalla virgen donde el amor; perdió cien mil batallas de orgullosos guerreros de un papa loco. Introduce un pie en el agua, lentamente; le sigue el otro, y el río parece tener ansias por acariciar su lozano cuerpo bucólico. Ahora toda ella es agua cristalina y pura. Goterones de sudor se congregan en mi nuca, mojan mi pelo y el cabecero de la chaise longe de oferta, donde descanso mi asfixiada testa. A mi lado, en el suelo, la botella de agua rezuma frío. Una bocanada, otro trago... otro trago, una bocanada...de aire. Es horrible. Mi corazón sin yo quererlo late con fuerza. Ahora, otro bostezo. Por fin, mis parpados quieren cerrarse y se abre el telón: dormido profundamente.



El sol de la tarde ya se ha transmutado en un remiendo de tonos anaranjados en el horizonte, donde las copas de los pinos quedan recortadas, como por arte de Photoshop. La chica sale del río andando, cada paso es una caricia en la hierba. Un grillo afónico y solitario, inicia una sonata de noche anticipada, cargando el ambiente con ese hechizo que sólo se lee en los cuentos. Yo la espero sentado en la orilla, del río donde llena su cántaro, con unos papeles llenos de versos que descansan sobre mis rodillas. Rimas que yo no he escrito, que me  ha arrancado su sonrisa llanamente del corazón. Ha abierto mi pecho y ha cavado con su mirada de gata un pozo tan hondo que casi se ve el color pardo de mi alma. Es la mirada que me examina, ahora, la misma, ella  sentada frente a mí, aún desnuda y exultante. Sudor y agua. La botella ha empapado el suelo. ¿Acaso llueve? No. Me levanto una vez más del moderno sofá de oferta del folleto del buzón y reto a la quietud de la madrugada con el estruendo de mis persianas al abrirlas. Salgo al balcón y... sí, está lloviendo, a cántaros. Aún más humedad, más agua, más sudor y más agua, más yo. Venga más lluvia, más chaise longe y más empanamiento... ¿Y ella? Comienza la maniobra de aproximar sus labios y su pelo mojado a mi boca —que tiembla de emoción— cuando el aire se vuelve incienso, aunque huele a romero y tomillo. Son grosellas envueltas en pecado. Apenas, un centímetro separan nuestros labios— se detiene. —Dilo, lo estás deseando. Dilo, ya. —Susurra con un tono de voz cuasi musical.

 



Me vuelvo a levantar del sofá dando tumbos, borracho de sueño. Mi casa se está inundando, el agua me cubre hasta las rodillas y los muebles comienzan a flotar; se produce un chispazo trifásico de mil colores, como en un castillo de fuegos artificiales. El agua engulle la pantalla negra de la SmartTV.—No me importa. El espectáculo es desolador e hipnótico. Pequeñas cataratas domésticas afloran desde las paredes, los espejos se van llenando de agua y me reflejan confuso y difuso. Estoy empapado hasta los huevos... Pero no importa; cierro los ojos y me dejó caer sobre el agua que va llenando poco a poco mi casa, me uno a la crecida de ésta. —Llévame contigo. Creo que no me oye, grito —Te quiero, pastorcilla. Lo digo sin saber, qué hostias pasa por mi cabeza, pero de algún modo sabiendo que digo algo. No me oye, ni yo a ella. Ahora, sonríe y me besa. Coge mi mano, ayudándome a levantarme. Corremos desnudos hacia la orilla y nos zambullimos en un estrujón de pasión y olvido. El agua intenta colarse entre los vanos huecos que dejan nuestro deseo carnal. Aunque, dejamos pocos huecos. Nos hundimos el uno encima del otro, y los dos en el río del amor. Las ranas cantan Creep de Radiohead ,y ahora, ya no soy capaz de despertarme. Estoy muy húmedo y cansado. Creo que al final, el agua todo lo cura.




                                                                           F I N


                                 Dedicado a Mario Camús abril 1935/septiembre 2021 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

 

The Rains Came Año 1939 By Clarence Brown

The Naked Jungle 1954 ByByron Haskin

Gojira (Godzilla) 1954  Ishirô Honda,

Gray Lady Down (1978) By David Greene








Adicción a mi 36

 


Abrí el tambor de mi revolver y dejé al descubierto los seis orificios de cada cartucho de mi revólver Colt del 36. Tenía una ordenadísima  fila de balas, preparadas para ser introducidas. La primera era simple, era la bala de la ira, un poco de pólvora y metralla. Los efectos secundarios eran rápidos y efímeros, apenas tiempo para revolverte de dolor. Tan solo, un abrir y cerrar de ojos. Cogí el proyectil  y lo introduje en el tambor sin más preámbulos. La segunda bala era conocida como la lujuriosa, puro vicio. Algo más peligrosa algo ya que no solo te producía una muerte lenta, puesto que, tú estás ignorando esta situación: todos aquellos de tu alrededor son los que sufrirán. Al final, ya estaba dentro del tambor. Bien, llegamos a la número tres la más oscura de todas. Se trataba de la bala de la corrupción. La corrupción es la descomposición del alma y del ser humano. La misma  capaz de acabar con todos tus principios y desviarte de tus valores, haciéndote caer en los dos cartuchos anteriores.



Engendrando una dispersión de dolor a tu alrededor sin impórtate lo más mínimo; lo que el resto pueda aguantar. De repente, un fuerte tembleque, desde la muñeca a los dedos, me ponía difícil, algo tan sencillo, como añadir,  la bala, con las demás. Continué con la tarea de introducir las últimas balas. Estaban en mis manos, las más crueles y demoledoras. En todos los casos producían un terrible sufrimiento a todo aquel herido por ellas. Observé la cuarta bala, la de la traición, recordé a mi abuelo y una frase que hablaba sobre este asunto; ten mucho cuidado a la hora de perder a alguien que quieras, desde la moral y la integridad: es lo más parecido a matar mentalmente, a ese ser querido. Con miedo y lleno de remordimiento, por lo que pudiese pasar, la introduje en su compartimento. La penúltima bala se trataba simplemente de la muerte. ¿Saben lo qué es y lo que significa? Era tan sencillo como disparar una bala al escultor del alma.



Imagínense la cantidad de estremecimientos que pueden ser extirpados de tu interior: piensa, en el óbito y el olor de tu mano a pólvora quemada. Un dolor punzante y electrificado llegaba hasta mi corazón Envuelto en  las lágrimas del huérfano más desgraciado del planeta. Cerré los ojos y la cargué. Tuve que pensar y darle muchas vueltas al tarro. No tenía muy claro que hacer con la última bala. Demasiado osada, no me sentía seguro de su resultado. Quedo en una moneda al aire,  una cara o la cruz, los extremos de un fragmento. Estaba muy cerca de culminar la cúspide de la felicidad pero, un paso en falso y lo destruiría por completo. Paré de darle vueltas al cerebro y directamente la coloqué en su agujero del tambor que quedaba libre. Un suave y ligero golpe seco, coloqué a la perfección la bala del amor. El trabajo estaba hecho.



El revólver estaba viendo rodar su tambor, como una ruleta de la fortuna, girando y girando como en un casino, en una divertida noche de verano. Se detuvo en una de las balas. Puro azar. Entregué el revolver a la vida, y dejé que esta hiciese su trabajo, lo había hecho muchas veces: como siempre lo había realizado, perfecto. Ahora entenderán mucho mejor porque soy adicto a la ruleta rusa. Todas mis locuras y mis mejores pesadillas. Entre tantas cosas sin sentido; que no acabo de acertar. Como muere un día y nace otro. Así vamos cayendo, uno a uno. Es la vida de una triste ruleta, que no sabemos parar, y si yo lo supiera, si descubriera como parar la vida. Créanme que lo haría en este mismo momento. Ahora soy una marioneta muerta, que creía observar como la vida giraba, en torno, a un tambor. Lo entienden, ¿a qué sí? No lo puedo evitar. Me gusta jugar.


                                                                                                 F I N



                                          Dedicado a Charlie Watts junio 1941/agosto 2021 In Memoriam 



Fotogramas adjuntos

13 Tzameti (2005) by Géla Babluani

The Deer Hunter (1978) by Michael Cimino

Lindsay Lohan (2012) by Terry Richardson

Ruleta rusa (2018) by Eduardo Meneghelli

 





El deseo de la chica de ayer que bailaba con la flauta de Fausto




Caminos del viento que llevan al centro de la ciudad de la eterna primavera, dirigen mis pasos hacia la alborada de la existencia, por mi costado Este. En la desesperada búsqueda de la pasión desenfrenada. Mis deseos más ocultos afloran y nada me importa —quiero conocer la fuente del saber divino que deviene a lo profano, prohibido y salvaje— teñido de matices que falsean la diafanidad y enturbian la vista del ojo más agudo de un relojero tuerto. Senderos que finalizan en el más allá de la conciencia son la ruta perfilada para mi viaje, una aventura quizás sin retorno. Las farolas dibujaban en el paseo —una trémula luz— que al llegar a la altura de las moreras parecía ser lamidas en un acto de exacerbada concupiscencia. Aquellas farolas, habían perdido su encanto, ya que iluminaban, en lo radiante del día. Nadie más podría haber imaginado la sombra de una gaviota en forma de caballito de mar, lo absurdo afloraba, a cada paso, el sinsentido lo envolvía todo. La chica del sueño furtivo que flirteaba con la razón y coqueteaba con la verdad, que danzaba entre las espinas de las rosas, sin herirse pero casi tocándolas.





Ella observaba el camino de su epopeya trazada en el romance sombrío de Dionisio. Entre un montón de huellas que demarcan la ruta de lo orgiástico y la búsqueda desenfrenada de placer —en un eterno paroxismo— para encontrar una puerta gris que se abre y tras ella una oscura estancia. En medio de la noche atemporal del negro encierro; se arroja a los brazos del misterio oculto tras lo insondable. Era una chica de sueño proscrito que deseaba ver la luna reflejada en el espejo de su ego. Garbo y porte se fundían en un temperamento altivo, de emociones disonantes, cuales, dieron los compases de un arrítmica acordeón. Del otro lado de la vida, el vaivén de los sentidos, que se balancean al compás de porciones que aceleran las ideas, y agilizan la llegada de matices suavizantes tras los cuales acecha la hiedra venenosa. Una media de tersa piel que acariciaba la lujuria de aquellos personajes —que yacían— entre melancólicos escondrijos junto a la chica del sueño clandestino. 






Patibularias miradas que devoraban la perfección de las marmóreas caderas y alimentaban tentaciones con la turgencia de los senos, en deidad, como obras de un creador lejano: el amante del arrojo de sus anormales criaturas. Bebía compulsivamente escocés hacendado. Ella bailaba con una mujer que la miraba con unos ojos flambeantes de pasión. Después subimos los tres a una oscura celda, en el segundo piso. Se desvistieron en medio de arañazos de placer y mordiscos de deseo, para finalmente, arrojarse al suelo y dar rienda suelta a su frenesí. Yo las observé absorto en sus movimientos convulsivos. Comienzo a excitarme al punto de no poder contenerme y de sentirme muy extraño. Abrí la puerta, descendí las escaleras y bajé dando tumbos hasta salir a la calle. Noté que los adoquines de la calle estaban encima de mi cabeza y llegó una arcada: Uffaaarrggfff! Tiré de vomitona, durante un largo minuto.—Solté hasta la primera papilla del parvulario. Ahora, sí. Respiré hondo, entre un aliento a perro descompuesto y las sienes palpitando.



Una vez, denoté a la calle, en su sitio y mi cabeza en el suyo. Continúe para perderme en medio de la noche. La chica del sueño sigiloso, de impensables lujurias y brebajes prohibidos, que ocultaba sus ansias de luna llena bajo el manto del desenfreno, se esfumó. Aquellos ojos de eterna mirada que observaban el silencio dejado por cada orgasmo después de saciar su inquietud. No los volví a hallar. La tristeza volvió a mi encuentro, ya que no todas las chicas cautelosas tenían un trabajo de muchísimo valor. Mucho más, que el de aquel tipo, de su sueño incapaz de compensar, el pagó que debería haberle correspondido. Apenas, le dio importancia en su momento, y que hoy, si tuviera que mudarse, sería de las primeras cosas que apartaría para no olvidar. La chica de mis sueños, igual que la chica de ayer, estará pensando que ya es hora de hacer los trámites para donar sus órganos y hacer algo con su vida. No quedan promesas del este ni cancelas que separen fronteras, ni tan siquiera plegarias para la redención. Sólo llamaradas en la flauta de un tal Fausto.



                  Dedicado a Francisco Brines Bañó ​ enero1932/mayo2021 In Memoriam



Fotogramas adjuntados

Le notti di Cabiria (1957) by Federico Fellini

Die flambierte Frau (1983) by Robert van Ackeren

Faces (1968) by John Cassavetes

Lilja 4-ever (2002) by Lukas Moodysson

 

 



 

El desgraciado iluminado y la bruja de la bañera


 

Una convivencia por interés y despavorida de todo roce. Ni las ratas quisieron ser espectadores de lujo ante tan crasa calamidad. Rehuyendo, así, del inminente y espeluznante entretenimiento. Los desgraciados son así. El hedor de tu propia piel abrasada inunda tus fosas nasales sin que sientas dolor alguno. Congeladas hasta los codos, hace rato que salieron por piernas, de tu agonía. Al despegarte afanosamente de la plancha al rojo comprendes la torpeza indomeñable que te ha llevado a perder la preciada petaca. Tampoco adviertes los charcos de sangre sobre los que caminas. Ese flujo perezoso que hace pocas horas te esforzabas en activar: ahora, riega, un piso hecho de cientos de cristales rotos. Los afilados dientes de horribles bestias sin nombre desgarran tus pies indiferentes al frío. Espantosas imágenes abarrotan tu mente devastada.



Y la voz. Esa voz, convertida en el aullido, de cientos de almas cautivas reducidas a la nada absoluta. Al mirar al horizonte parecía como si se pudiese caminar por el cielo o como si se pudiese volar por el mar, los diferentes azules confluían justo ahí. En un punto determinado y muy lejano de todo lo visible en un día radiante. Sobrado de megavatios de luz para iluminar toda la oscuridad del infinito. Jodida lontananza inabarcable, a primera vista, tan solemnemente perenne. De fondo, el rumor de las olas, al mar batiendo su cólera contra las rocas de un acantilado. El resto era un silencio, un cautivador silencio, que a uno le hechizaba nada más escucharlo. Era un silencio que tenía que oírse. Cuando algo es perfecto tiende a ser lo contrario de lo que su naturaleza le exige. Se oía, pues, por cada rincón, por cada tramo que uno afinase el oído, aquel acorde maravilloso que sonaba como una sinfonía industrial, dentro de un tímpano infernal.



El odio era una raya tan larga, tan inabarcable a primera vista, tan trágicamente eterna, que le concedía ese aura de magnificencia que tal vez solamente la luz crepuscular irradiada en el cielo de un bello, triste y decadente atardecer. A lo mejor, podría, parcialmente, llegar a interponerse a su belleza, justo como lo haría un diamante a una juventud efímera y perecedera. No se oía más que por el mayor virtuoso entre los Dioses entre los Dioses. El viento soplaba con fuerza, con tanto ahínco que se veían volando, porque habían sido arrancadas, algunas copas de sus árboles. El aroma a acero, mientras se escancia el vanadio dentro de la fragua. Esa misma vida, reconcentrada en un puñado de días, enmascarados, que piden saltar desde el balcón contra el agrietado y sucio asfalto de la calle. De nuevo, ruge, el aullido de los desgraciados, pero esta vez con acero en el bolsillo. Ese condenado al olvido, perdido a fuego lento, bucólicamente, cada silaba de la realidad más decadente de este segundo año de mundo mudo, donde los desgraciados, sólo les queda, ese redundante punto de  laconismo.



Ahora, les empaquetan los chaveas de Uber, las nuevas estrellas, montañas, enmascaradas. Eso, sí. Nunca hay que olvidarse de la sal y el kétchup de los cuerpos. ¿Pero quién de Uds. fue el desgraciado, tan encantador, capaz de darle 85 puñaladas a la bruja del sexto? Bendito, enmascarado —hijo de un confinamiento letal— cada vez que te veo en la caja tonta, denoto que te pareces, a un sueño embriagador. El mismo éxtasis de la madre del convento abulense. En esa especie de locura soñada por algún, muy particular, sólo un desgraciado de tanta sensibilidad sublime; pudo acabar con la pesadilla del sexto. A pesar, de los ignotos del barrio que siempre pensaron que fue el destino de Marat en la bañera. Alabado desgraciado y tu cuchillo Takumi. ¡Aleluya!




                                           Dedicado a Liam Scarlett Abril 1986/Abril 2021 In Memoriam


Fotogramas adjuntados

Night of the Demon 1957 by Jacques Tourneur

Gretel and Hansen (2020) By Oz Perkins 

Marat/Sade (1967) By Peter Brook   

American Horror Story: Apocalypse (2018) by Ryan Murphy








                                            

Pregúntale a la muerte


 

A la muerte le gusta dormir desnuda y desearía que la mirasen dormir. Suelen mimarla con una sábana blanca. A veces, cualquier harapo sirve, pero al final, acaba con toda su vergüenza exultante, demostrándonos que está ahí. Tiene sueños pulcros —rotos por un despertador— que rompe al zumbido, en el instante que el alba, comienza a agotarse y busca refugio en Morfeo. Padece de insomnio constante. Además, no se puede reprimir salir a las calles desoladas, a cebarse con la primera vida del día. La muerte tiene un horario de gasolinera 24h. No stop. Parece volver a su cripta como un vampiro. Empero, no tiene a nadie que la espere y charle con entusiasmo del devenir de su jornada. No tiene liberados sindicales, porque todos pertenecen a su multinacional y ella dicta las normas. Ni festivos, ni vírgenes ni patrones que crucificar. Ya está ella para hacerlo. ¿Creen que lo han visto todo de la muerte? Pues, sepan que las hay de muchos colores y formas. No obstante, tras su pérfida mascara, siempre es la misma. A la muerte no le besar nadie, ni follar, ni juguetear en eso del precalentamiento. No sabe de sexo ni de multisexo. Si te encuentras con una muerte de la vieja escuela, suele poner su rúbrica en su blog cada 75 años. Hoy está de bajón, pues, dice que Googlelandya le va a cerrar su cuenta y no tendrá donde apuntar, sus hazañas. Dicen que está muerte está cansada, no hay quien se lo crea, ni en un billón de años. Pero, algo de runrún le comía con lo de su cierre virtual. Un amigo osó decirme —que la muerte era analfabeta— que tan sólo con la huella del pulgar y un poco de tinta, para ir apañada, para seguir a lo suyo.—Ay, ingenuo de Eugenio, qué poco conoces de ese jinete y su hoz.



La muerte habla más de 300 lenguas y sabe escribirlas a mano y dos manos delante de un teclado de un Apple Mac o un clónico chino. Conoció Android, cuando nosotros íbamos con un móvil dando voces. ¿Y qué decir de OS o cualquier algoritmo de última generación. Pregúntale por los chinos?—Entonces, es algo que va dejando su rastro toda la vida?—Premio, Eugenio, me gusto el ingenio. La muerte no lee novelas, igual que Umbral, que decía:—No se fíen del hombre que a los 40 comienza a leer novelas. Es astuta y sibilina. Aunque, eso, sí hojear libros de arte y pintura; es su debilidad. Miren las pinturas de los mejores museos antes del apocalipsis de 2020 e imaginen  sus cuadros—Se pregunta ¿Qué qué clase de vida debieron de llevar antes de fagocitarlos?—Ríe a carcajadas. Se desternilla hasta llorar de hilaridad. La muerte tiene remembranzas, pero andan demasiado borrosas.  Duda si estos, son sueños eufóricos o chocheo de la edad. No es lo mismo un sueño de ella, que la realidad diaria. La última vez que se confesó delante de un youtuber —que falleció por exceso de peso— recodaba de su infancia, al perro Lassie. Claro que se atropellaba, pues, no recuerda si era un Collie o un Setter. También se pone evocadora, pensado que en el antiguo Egipto, dice que fue Nefertiti, Bugs Bunny comiendo una zanahoria o Torrebruno comiendo la cabeza en TVE a los chavales. La muerte ve el futuro como un ovillo de lana azul con el que poder hacerse un jersey, y protegerse así del frío de las últimas mil trescientas noches. Cree que el cambio climático es un invento de unos tipos muy listos que se están haciendo de oro. Nadie quiere hablar de periodos interglaciares. Pero, ella, podía hacer millones de tesis doctorales sobre climatología y contar las fantasías sexuales, a bordo, de un Mamut. A veces, esa misma muerte, le encanta oír —acurrucada— historias de miedo alrededor de una fogata, no obstante, es tan fisgona y ansiosa que suele acercarse más de la cuenta al trovador que da fe de las crónicas.


Éste, curiosamente, se queda como una estatua de hielo; silente, y ella, con la imperecedera incertidumbre de cómo concluyen. Y alguien se levantó de aquella taciturna velada para preguntarle a la jodida muerte:—Eres insignificante y nauseabunda. No sabes nada de mí—repetía  el trovador. Harto de tu asqueroso trabajo, enmohecida por el paso del tiempo, asomándote cuando te sale de los huevos. Y cuando te envalentonas y sueles venir en compañía de más gentuza de tu calaña. Borrachos de maldad que reíais hasta el amanecer. Si el miedo lo provoca el momento previo, el instante de dolor o la agonía al que nos podríamos enfrentar. Debemos estar conscientes, pues, esos mismos espantajos que por su negligencia hace 365 días proyectaron un exterminio de los hombres y mujeres más sabios del país. Mientras miles de familias se desesperaban y se lamentaban de la desdicha de saber que de pronto, comenzaron a ver como perdían, sus queridos páter y mater familias. Sólo quedo aquella frase del sabio que espetó:—: ¡No lloréis, amigos míos; pues la muerte alcanza a todos los hombres y yo no soy más que un hombre de los muchos que ha habido y de los muchos que habrán. Se equivocaba el dios y los desgraciados que no quisieron hacer caso a la fábula de la cigarra y la hormiga o al cuento de los tres cerditos! No os preocupéis que a cada cerdo le llega su San Martín y esos 84.000 muertos de una pandemia descontrolada y caprichosa; por la desidia de esos que se creen que están por encima del bien y del mal: heredarán el reino de los cielos


¡Mueran los sabios viejos, pues, sus votos están corrompidos y apolillados como sus cuerpos arrugados de aguantar una posguerra demoledora! ¿Quiénes levantaron hogares sin libertad. Inventaron mil historias con las que sacar adelante a sus hijos? Esos hijos, que no han tenido el derecho a despedirse de ellos personalmente. Claro la muerte, es azar. Pero también, la negligencia provoca muerte. Se acerca el puente de San José y muchos hijos e hijas de muy buena gente, no pueden mirar atrás. Los Idus de Marzo de 2020, son parte de nuestra más nefasta historia. Podrían no ser las peores sensaciones que vayamos a tener en nuestra vida. Empero, la muerte se alió con los mediocratas, antojadizos mastuerzos que liquidaron por las urgencias de la muerte a 84.000 almas. Otros organismos hilan más fino y se van a los 104.000. Nadie conoce unos números exactos de nuestras vidas. De igual modo, que nunca sabremos el de nuestros natalicios ni el de nuestros óbitos. Tal vez, un día llegará algo llamado karma, subido a un hermoso corcel, en forma de espíritu. Lo más parecido a un ejército de caminantes muertos, con la gallardía de ajustar cuentas. Todavía el hedor de esos pusilánimes hombres y timoratos tuercebotas: insulta la inteligencia. En ese instante previo, a la alegría de vivir, en su defecto; la muerte. Uds. Tienen la pelota en su tejado, si no quieren contar la verdad. Siempre nos quedará la muerte, a ella le podemos preguntar. En el fondo, yo ya estoy muerto.





Dedicado a la memoria de todos los fallecidos de Covid19 desde el 8 de Marzo de 2020 en España



Fotogramas adjuntos

City of Fear (1959) by Irving Lerner

Light of My Life (2019) by Casey Affleck

The Killer That Stalked New York (1950)  Earl McEvoy

Nosferatú (1979) by Werner Herzog

 





Una carta de felicitación de Navidad



Nadie de nuestra familia pensaba que llegaríamos a diciembre sin haber cogido el bicho. Las noticias que llegaban todos los días desde Italia eran inquietantes y algunos de nuestros clientes eran gente de la vieja Lombardía. Después, llegó aquella fatídica manifestación en Madrid. Mi hija Vero y todas sus amigas empezaron a desarrollar, en pocos días, náuseas y calambres en el estómago. La febrícula se iba disparando sin control. Desesperados intentábamos contactar con nuestros amigos, y nos decían lo mismo, por las videoconferencias. Es el virus que las ha alcanzado. Nos daba mucho miedo admitir que nos sentíamos mal. Nos mirábamos a los ojos, respirábamos hondo y seguíamos con lo nuestro. Supongo que era la forma de decirnos: “Todo va a estar bien, estamos juntos en esto. Seguro, que no pasará nada. Nos queremos y te queremos”. Cuando llegamos al hospital, era digno, de aquellas películas de Carpenter, Spielberg o del Toro. El caos y la congoja era un ir y venir. Tuvimos mucha suerte. Las pruebas PCR y las serologías daban negativo. Vero, sólo tenía con un pequeño pico alérgico. Pero la mejor noticia fue escucharla de boca de la sanitaria. Fueron unas palabras asombrosas, de un calibre emotivo, jamás soñado en toda mi vida. Nosotros hemos tenido suerte y vamos a tener un Papá Noel especialmente generoso. Aquellas navidades, a la vista de la montaña de cajas decoradas que se amontonaban bajo el brillante abeto de poliuretano del salón. En esa tarea estaba yo ingeniando bolas de planetas y estrellas hechas con purpurina pegada en cartulina;  cuando sonó el timbre de la puerta. Al abrir su sorpresa inicial se fue convirtiendo en estupefacción, y esta última en un terrible presentimiento:

Al principio era algo más emocional, notaba que cambiaba en mi interior, confiaba en que fuera solo evolución, pero era ella, cómo no iba a serlo. Dicen que no hay peor condena, que la de un padre, tener que enterrar a sus hijos. Se me empezó a caer el pelo y entonces lo supe: aquí ya no había nada que hacer. A los pocos días, empezaron las articulaciones de los huesos y la espalda. Un dolor idéntico al de un piloto de moto, tras un accidente. Los huesos crujían. Inclusive, los ojos cuando hacía mucho sol me quemaba la vista. Fui perdiendo la vitalidad, incluso el buen humor, que me había caracterizado. Estaba en el lado del sedentarismo, la impotencia y las sombras. Día a día me alejaba de la luz del día. Me era muy complicado aceptar mi nueva coyuntura, pero el momento ha llegado y en qué momento, más cruel. Morirse en Navidad, menuda jodienda iba a dejar a mi familia. Después de un montón de meses y más meses de pruebas médicas, de presentar mi caso, en el comité científico del hospital, ante numerosos especialistas y someterme a todos los test científicos habidos y por haber. Al fin se llegó a un veredicto. — Me pregunté: ¿llegaría vestido con bata blanca, gorro de papa Noel  y guantes de látex en las manos?

—Señor, Mujica, no sé cómo decirle esto, pero todos los resultados apuntan a lo mismo. Estamos ante una enfermedad crónica y en fase terminal, no podemos estimar con precisión cuánto tiempo le queda, pero le recomiendo que trate de disfrutar al máximo cada instante de su vida. Está usted sin defensas inmunológicas, y no pueden luchar contra la malignidad de sus nuevas atacantes. No hay nada que hacer. Lo siento.

—Gracias, Doctor. Feliz Navidad

—De nada, Sr. Mujica. Mucha suerte y también, le deseo Feliz Navidad. ¡Ojalá pudiera haberle dado otra noticia! De verdad…

 


 

Tres días después del fallecimiento de Matías Mujica Fuertes. Su esposa Estibaliz Vergara encontró una carta, en el cajón de la mesilla de su esposo.

 

Me levanto de la cama, me sirvo un café bien cargado, me visto y salgo a la calle; camino bajo el agua, vivo en la sierra, en un lugar desértico de habitantes salvo en la época estival. Aun así, las pocas personas con las que me cruzo van en coche, me miran extrañados, mientras camino bajo la lluvia sin ninguna protección. Todo llega; menos mi ausencia y al final acabó atrapándome en un laberinto. Es duro cuando sabes que es crónico y que no puedes hacer nada. Si luchas pierdes y si no también. Pero al final casi acabas haciéndote amigo suyo, como dos compañeros de  viaje que tiene una causa determinada, y que dará el toque de gracia a ambos. El billete solo de ida en esta corta vida, pero de lenta agonía. Se me escapan las ganas y las lágrimas con esta  lluvia furiosa propia de estas fechas. Llueve como el último diluvio y mañana quizás, pare. Se me diluyen los afanes y el viento impetuoso me arranca las ideas. Mis propósitos se disuelven entre el frío gélido y cuando miro mis artríticas manos, que no sé dónde metérmelas. Observo un abanico de negras sombras, que insinúan instalarse, agrietando mi alma. Un cúmulo de audaces nubes ha venido a saludarme, amenazándome, con volcar violentamente gotas de aguanieve impías —especialmente gruesas— que mojaran y enfriaran mis mayores anhelos, para terminar encharcándome mis sueños. A pesar de ello, los recibo con alegría, confiado de su tránsito, las cuales, transportarán nuevas ideas. Baldearan mis heridas, haciendo renacer brotes de fe, recién descubiertos. Una alboroto en el cielo, una sordina de trompetas, una luz fulminante.




Esta estación  me llena de pena, de silentes reflexiones y mucho frío en las venas. Este continúo redoble de nudillos en la vidriera, como un vago molesto recuerdo. El constante agudizar de mi miserable ánimo, hurgando en mis dolores, El frío me fractura, me hunde las manos, en mi  desvencijada americana. Camino pausadamente por la angosta travesía, la despiadada lluvia sobre mi cabeza. A la espera de encontrar —finalmente—  tu hermosa voz. La conozco tanto que ninguna diva presentadora de TDT, podría deshacer tu fascinante timbre sonoro: mi querida Estibaliz. Esa esbelta y sutil silueta que de tanto palpar, ya no me ofrece sorpresas. Ya que tu tierna mirada, comienzo a verla perdidamente lejana, como si de pronto, saltases de una dimensión virtual y desaparecieras para siempre. Ese marchamo tan tuyo, ausente, como si ya  no me oyeras, que acaba con mi enloquecer y arde entre mis dedos. Recuerda en aquel cobertizo de tu puerta, resguardado del agua, empapado de nostalgias eternas. Pensaba que podría convencerme de mi penuria más inmediata, ya que este cruel invierno, me está susurrando al oído que me quedan los minutos de la basura del telediario. He intentado encontrar el teléfono  de casa para llamaros lo antes, posible. Empero, que hace tantos años, de todo aquello amor mío, que intentaré estar contigo y las niñas en la mesa de Navidad. Y después, sentir el mismo viento mágico que empujaba a los caballitos del viejo carrusel. Recuerda, las sonrisas de Verónica y Karmele subidas a la euforia de un tiempo, donde los bozales desaparecieron. Os quiero más, que a nada en el mundo, familia, y pensad lo enfadado que estaría si no fuerais felices esta Nochebuena. Feliz Navidad y gracias por hacerme de esta vida un maratón de películas cómicas, donde las sonrisas eran nuestra manera de relacionarnos. Gracias por haber sido mi esposa y darnos a nuestras hijas. Lo mejor de nuestras vidas. No estéis tristes, por favor. De todo corazón, vuestro esposo y padre, Matías.

 


                                                                                        

                                                                                                   FIN


    Dedicado a todas las familias de este país que hoy en sus mesas, les falte alguien muy importante


Fotogramas Adjuntados

Miracle on 34th Street (1947) By George Seaton

Viskningar och rop Ingmar 1962 Bergman

Now and Forever (1934) By Henry Hathaway

Life as a House 2001   Irwin Winkler


                                                                       


La plaga del planeta mediocracia: Celáa, Calixto III y rulosman


Siempre que me pongo un poco más de tebaína en el cuerpo, veo mejor las correrías de mi amado Diego, odiado, a ratitos, y alabado Maradona. Tumbado en su cama nupcial rodeado de tironeros de Lanús, pintando líneas de farlopa, en la mesa de ping-pong, de su mansión, en Pedralbes (DEP). La Barcelona de los 80: era la hostia. Mucho más divertida, y con menos alergia por el mestizaje de todo lo que limitaba, vía bajo Aragón o delta del Ebro. Había mucha chupa de cuero, mucho tupé, pantaca petado y melena de rulos, como los de Diego. Esperando, un concierto de AC/DC, otro de Stray Cats u otro de Carreras en el Liceo. Una ciudad radiante, volcánica y libre (aparentemente) con un Boss Yoda/VivaAndorra. No confundir con el pequeño encantador y superdotado GruGo/BabyYoda adoptado por el huérfano Mandalorian.  Lo de la capital del principado, ya viene de lejos. Agonizaba el régimen del sátrapa gallego, en su lecho nupcial, y la clase media, Made in Spain se iba como si fuera un viaje a Lourdes a por cartones de tabaco, botellas de escocés, pantalones Levis, suéteres de Lacoste, zapatillas blancas Adidas, sacos de azúcar, radios, algún peluco guapo, y perfumes italianos. En la frontera, había, un recodo donde paraban a los sospechosos. La tropa del autobús, íbamos muy bien franqueados. Ya se encargaba del ungimiento, el chófer de turno, por unos cuantos cartones. Sabía muy bien, que picoleto, se los iba a coger y que el autobús estaba lleno de desgraciados, como los botones de su guerrera. Uno, miraba, a su alrededor y veía Mercedes de la serie 200 —de trinqui— de color acero perlado, con algún cartón de tabaco. Aunque,  se quedaba en el ambiente; eso del abastecimiento del hijo, de todo vecino, no fuera con ellos. Un doble fondo en el maletero llevaba miles y miles de billetes de los reyes católicos a una banca simpática y cuatrilingüe. Andorra el país de las montañas y banca de fiar para la people de Pedralbes&Sarrià-Sant Gervasi. Lo digo, porque uno tiene familia, carnal, que no me quieren ver en pintura y se frotaban las manos en 2010, mientras agonizaba en una UCI."Pues, estic molt espabilat. A estonetas, pero lo cuento."Ya ha llovido, desde el concierto de los Clash en Madrid y más de uno el pelo se le ha quedado como al padre Laura Palmer. Otros, se han quedado con la cabeza del teniente Kojak: ni un puto pelo. Y por último, el clan de los fondones y barrigones versus Homer Simpson. Decía el insigne sociata de estimable y gran familia, dedicada, al devaneo de la venta de vehículos de segunda mano, que a España no la iba a conocer, ni la madre que la parió. Puede ser, Sr. Guerra. Sin embargo los 40 ladrones siguen en el poder y el régimen, que, a modo de despiste dejó algunas cosas, está hecho unos zorros. Cuando de repente la delicada UE se ve con eso del murciélago a la plancha, al igual que el Sepionet de Pinedo. Yo sé que al mandarín de turno se le caerá la baba, pensado en la hincada de diente que le va a dar a las alitas de lo Rat penat. Ahora, el fallero de turno, permítanme la licencia (uno que es un mestizo vasco/valenciano/requenense), no hinca el diente. El sepionet se devora, apenas queda suspendido en el plato. No pasa ni por los incisivos, va directo a los molares.



El resultado es obvio: todo el mundo en su casa encerradito, y si se sale a la calle, con el bozal reglamentario. Mucho cuidado con esa plebe descabellada, de risotada grande y mostrando caries: son los cabestros de San Fermín, sin bozal, ni cremallera que cerrar. Pisotean y saben empitonar. Y es que la pandemia del Covid-19 atenaza a la razón y los corazones. Hasta que te meten 33 centímetros de polivinilo por la boca.  A otros les rajan la traquea y a meter tubo para respirar. Los más débiles, acaban en el hoyo y sin estadillo. La contabilidad de éxitus, no es el fuerte de la mediocracia. Son muchos quienes nos instan a plantarle cara. ¿Cómo? Bueno, quizá, el mediocrata, conocido como Dr. Simón. Para los amigos; Rulosman le llamaban body, es el auténtico Keanu Reaves. Sólo hay que ver al machote: más alto y guapetón. Siempre he pensado que el gran Dr. Bacterio era una eminencia de la ciencia y Mortadelo el mejor 007. Ahora con 54 tacos, no tengo la menor duda. Yo soy muy de apodar, es una cuestión antropológica, pero de eso ya hablaremos, igual que de Binford y los entornos hostiles. Es vieja deformidad profesional. ¿Me consienten, que finiquite al gran Dr. Simón? Cuando le veo con esos ojos que parecen chapas gigantes de Fanta limón. Dudo si poner el tema de Radio Futura (no hace falta que lo tarareé) o el cómo Perdimos Berlín de Gabinete Caligari. Simón pertenece a esa estirpe de mediocrata —auténtico paradigma— que único, trofeo, con relativa excelencia al que aspiró, en su momento, fue a un Master en curvatalogía estadística. Son de estos que oferta el paio Mark Zuckerberg por su estantería del marketing. Rulosman es un surfero intrépido en las olas del Algarve portugués, ya que las de Zahara de los Atunes, no son lo suficientemente hermosas, ni agrestes para su gran habilidad, encima de la tabla. O las de mi viejo Cantábrico, esas —de una  infancia en blanco y negro— a la bilbaína. Todos los días lluvia, sangre, vísceras y tricornios sin dueño. A veces, me pregunto, que hubiera dicho el inefable Unamuno, a propósito de la paisana Celáa. Vasca, burguesa alta e impía, de Batzoki con pedigrí, y mansión mirando a las olas. Yo le hubiera dado la respuesta; creo que toda la pasta que se va ahorrar quitándose de en medio a la educación especial y las clases para esos hijos de Dios que sólo sus padres saben lo que es luchar contra alguna de sus patologías. Ella, con su voz pedagógica y fanfare de convento de clausura: Sor Isabel, antigua alumna del Sagrado Corazón. Medio PSOE, femenino ha pasado por esa orden…Algo regalarán. La huella intelectual que dejó en su interior, hizo que sus dos chicas —los amores de parto de una madre son sagrados— fueran al elitista colegio de las irlandesas de Lejona (no al condón y no al aborto). No se preocupen, por la ministra con nombre de reina conciliadora —que va a terminar— con un buen trasplante capilar, un ligthing, a poder ser del número 9 y una turné por Vitaldent. Tan sólo, decir, que va de parte del Chiringuito de Pedrerol: dientes hiperblancos. Igual la vemos de rubia cañón versus Vogue, con un japonés descapotable eléctrico. Empero, todo es una cuestión de miedo, una de los grandes sostenes de la antimeritocracia y la admiración, en su puesta de ejecución, por decreto de la mediocracia. ¡Escuchen a Poe. Cantamañanas! Qué sabio era Poe, que abordó el asunto en cuentos como “El rey Peste” o “La máscara de la muerte roja”, que protagoniza Próspero, un príncipe que construye un palacio magnífico e inexpugnable para escapar de la muerte, que le alcanzará en forma de espectro. “Nunca hubo peste tan mortífera ni tan horrible. La sangre era su emblema y su sello, el rojo horror de la sangre”. No sean malvados que veo sus dientes afilados como garfios, al comparar ese palacio con la Moncloa.



No, Sres. Próspero no era tan mediocre como ese chico que quiso triunfar en la NBA y dice: "soy guapísimo, nadie en la UE le quedan los Hugo Boss, como a mí." A veces, los súbitos tienen ínfulas de rey, también suelen dejarse llevar por el romanticismo de sus nombres de pila y emular a algún rey. ¿Y por qué, no, Pedro “el cruel” ?  Sepan, que el personaje era Pedro I de Castilla, también conocido entre sus fans como Pedro el justo. Lo digo porque la historia también es asignatura bajo sospecha. El gobierno de los mediócratas ha llegado como la Peste de Camus, para quedarse como el pegamento Imedio en un relicario de fotos de comunión. Han tomado las riendas bajo el desliz aparente de la sumisión. Acatando las normas establecidas con una sonrisa, reverenciando a los poderosos y, si hace falta, mirar hacia otro lado cuando las tropelías del orden político o económico; se hace y punto. Bastaría haber conocido al papa Calixto III. Un papa, bastardo, borgiano, muy mediocre, obscurantista, supersticioso, de talante medieval y opuesto a la cultura renacentista. Dejando a su santidad a un lado. La insigne calle de Valencia fue el centro de mi vieja formación de la EGB. Un colegio de enseñanza privada concertada. Un director con camisas de seda de Versace desabrochadas y cadena de oro, con cristo de Dalí y virgen valenciana colgando. Don Gabriele era un crack. Te miraba a los ojos y dejaba a los padres hipnotizados, pluma en mano y matricula firmada. Casi 150 gramos de oro. Casado con una mujer que estaba como un queso holandés. Posiblemente, lo mejor de aquel lugar: La academia Valsom era el refugio de todas las élites valencianas que tenían a esos hijos que habían pululado por los colegios más famosos y legendarios de la primaria y el bachillerato. Desde el Logos, ahora Cumbres de Valencia, de los pastuki hermanos Tatay, al Vedat de Torrente (ahora grupo fomento). Pasando por El Julio Verne de Torrente, uno laico muy notable, pero que era un rompebolsillos, a fin de mes, el Ialae, la Academia Vértice o los hermanos Agustinos muy cercano a la estelar C/Calixto III. De los más chic de chicas —segregados, por entonces—  estaban San José de la Montaña, las esclavas del puto sagrado corazón o la pureza de María. Se dan cuenta, mujeres esclavas. La mediocracia, lo tiene claro. Se preguntarán que tenía la academia Valsom para ser reclamada por la flor y nata de la burguesía valenciana. Muy sencillo; un precio imbatible. A fin de cuentas, toda la chatarra de hijos e hijas, incapaces de aprobar 7º de EGB, siempre tenían una oportunidad. Sus padres, la garantía de una educación general básica aprobada. Don Grabiele era un engranaje más del juego de un sistema cuyo funcionamiento exige una mediocridad expansiva capaz de expulsar del terreno a los mejores. Esos mejores, éramos pocos, algunos demasiados extraños o corridos a hostias por padres maltratadores. Fascinados con mil ondas y soñando con perder de vista a más de un padre, al que tu madre, le tenía miedo y D. Gabriele, cuando la cosa se ponía chunga, también se le calentaba la mano. De ahí su máxima: No se preocupen están en buenas manos, familia. ¿Cuál sería la pregunta, fácil. ¿Por qué los padres de la morralla intelectual de aquel entonces final del franquismo, no llevaba a alguno de sus hijos al colegio público, totalmente, gratuito? Pregúntele a la euskalduna Celáa. Pobre de Miriam (síndrome de down), se ve la madre superiora devota de D. Sabino, muy crecida  y orgullosa Doña Isabel— de meterle el tacón de sus Charles Jourdan en la boca a una discapacitada. Miriam es la hermana de uno de mis mejores amigos, esos que conoces como le huelen los pedos, el  aliento y el olor de su sudor. Ese sitio llamado la puta mili, era como una cárcel de memos. Empero, te conviertes en un hermano de sangre de todo aquel que ha sido tu compañero. A lo mejor, a algunos les vendría que ni de perlas, volver a instaurarla por decreto. Todo lo que le iba a reportar a esos jóvenes líderes de la extrema izquierda y la extrema derecha.




Sería una maravilla ver a unos cuantos haraganes/as haciendo instrucción y pasando por la barbería de la chaqueta metálica de el Viator. Empezando por el aristócrata de Galapagar y terminado por ese neofranquista, con trasplante capilar y de barba, llamado Cascabal. Además, como se hacía en mi época, ¡era la hostia! Si te tocaba infantería de marina, eran 18 meses limpiando la cubierta de la fragata de turno. Se lo imaginan. En 8K e IMAX,  y entrada gratuita. Sin embargo, el virus está con nosotros, en nuestra propia genética, desde miles y miles de años. Unos 9.000 AC. No hay vuelta atrás. Somos lo que somos. La mediocracia lleva a todo el mundo a subordinar cualquier tipo de deliberación a modelos arbitrarios promovidos por instancias de autoridad. Cabría pensar que un rasgo común entre quienes comparten este poder sería el de esa jodida sonrisa cómplice. Al creerse más listos que todos los demás, se complacen con frases cargadas de sabiduría tales como: “Hay que seguir el juego”. Solo se consienten lo insípido, la grisura, la normatividad, la reproducción y las afirmaciones mecánicas de lo que resulta evidente. La tendencia a eliminar a los mejores —quienes tienen más méritos— se ha ido fortaleciendo regularmente y hoy hemos llegado a un punto en el que la mediocridad, de hecho, hasta se reverencia. Mientras que la propensión al trabajo bien hecho se considera un problema. Esta maniobra se revestirá de palabras vacías o, peor aún, será el poder el que se defina con palabras asociadas con aquello que más odia: descubrimiento, aportación, virtud y obligación. Y todas esas excelentes mentes que no participen de semejante farsa serán aisladas y este aislamiento, naturalmente, se llevará a cabo de manera mediocre, a través del rechazo, la negación y el odio. ¿Qué es lo que mejor se le da a una persona mediocre? Reconocer a otra persona mediocre. Juntas se organizarán para rascarse la espalda, se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que seguirá creciendo, ya que enseguida darán con la manera de atraer a sus semejantes. Primero lo observarás en la educación primaria y después, te sorprenderá como la universidad está dispuesta a ser manoseada con tal de conseguir alguna dádiva, voy a ser generoso y utilizaré, el término subvención. Profesores en disputas intestinas, abusando de becarios aturdidos —entre falsas expectativas a cuenta de los putos doctorados— de jóvenes talentosos que son la verdadera expresión del talento capado. Todos ellos en manos de un ministro que se cree que tiene 19 años y vive en mayo de 1968. Ellos mismos entran en el círculo de los idiotas, creando terroríficas estructuras jerárquicas que obstaculizan la creatividad. Al final todo ello, para volver al mismo sitio, que definió el gran David Simon en su adictiva y real Baltimore, atiborrada de traficantes que magnifican los criterios de obediencia de las esquinas. Toca aguantar al tonto de las almendras y la mezquindad de una sociedad insípida, el pensamiento crítico es una quimera, donde Victor Hugo nos avisó: “Cuanto menos miedo, mejor. El miedo nos castra y nos degrada”. Cualquier desgraciado con una peluca y que dice ser periodista con sólo el graduado escolar, te hará la vida mejor, mucho más que una olla exprés cubana. Bienvenidos al planeta mediocracia.



               Dedicado a Juan de Dios Román diciembre 1942/noviembre 2020 In Memoriam



Fotogramas adjuntos

Madame Curie 1943 by Mervyn LeRoy

Joy 2015 by David O. Russell

The Strange Woman 1946 by Edgar G. Ulmer, Douglas Sirk

Temple Grandin 2010 Mick Jackson