Gravedad Cero, Buss y Kennedy












En estos últimos días, casi horas, minutos y algún segundo perdido. Se habrán dado cuenta que ando algo afligido, apenado como aquellos viejos boxeadores vistos desde un cenital besando la lona del ring. Algunos de los post colgados por las redes más cool tenían más de aroma a funeral, de ese viejo Dandy alcanforado de ricino, con cuero de vaca rancia, que mucho más de contundencia épica, del prodigioso púgil de Birmingham (UK). Ah! un consejo, no confundan la vieja ciudad británica con la hospitalaria y calurosa capital sureña de EE.UU. El boxeador, en cuestión, ha pasado a la historia como el peor de todos los tiempos en este deporte. Un tipo que ostenta el mayor record derrotas en el ring, a lo largo de 21 años, como profesional. Se preguntarán ¿qué cojones tiene que ver las perdices con las vicodinas? Déjenme una miaja de aliento y les aclaro, please… El correoso de Birmingham, Peter Beckley, ha perdido 254 veces en 300 peleas como profesional. Bien, en ese estado de la inanición y el dolor perpetuo intento alejarme de ese incontrolable vicio; que son las lecturas de un moribundo. Posiblemente hasta la emprenderé por despertar una pequeña empatía o hartazón, de ser uno de esos tipos, a los que todo el mundo alababa, ya que detesto esa virtud de la divina pereza; como el estado natural del individuo. Bien, visto lo visto, el personal sólo le quedará trazar una línea de laurel sobre mi parietal, como el pírrico vencedor de la constancia a la agonía.  Pues, va a ser que no. Y, reitero, mi propósito de reivindicar la ley de la gravedad y salvedad de nuestro ego, en el estado de los cuerpos sublimes del proyecto STS-XX (experimento espacial), en el cual se experimentó con diversas posiciones —sexuales— en una atmósfera ingrávida. 




















Más aún, cuando esta información nos la intentan tapar como si fuera una vista oral delante de McCarthy. Bien, a pesar de los pesares, que sepan Uds. que la parroquia sobreviviría al caos y el apocalipsis terrestre. Si nos fuéramos de viaje espacial, nos podríamos reproducir, gracias a la entereza de susodicho estudio. Tras utilizar 20 posiciones, a modo de un capítulo de Masters of Sex—vía simulación computerizada—el resultado de viabilidad pasaría a 4 posturas. Fáciles y sin tener que pasar un clinic en el Circo del sol, incluso el burgo menos acrobático tendría su correspondiente accésit. La que se ha descartado por sí misma, ha sido la posición del misionero. Una putada; cuando este tinglado ya se había conjeturado en 1996. No obstante, quien es un crack en estimular, a todos esos que tenemos media mejilla en la lona sin el protector dental es un tal David Buss. Un sociólogo texano, que descubrió, tras largos e intensos estudios, que existen personalidades intrínsecamente adulterinas. Es decir, que algunos llevamos el adulterio en nuestros genes. Un servidor fue acusado de esa patología durante un periodo de mi vida—puede que el más divertido de todos—, aunque la cosa no prosperó cuando los galenos fueron conscientes del potosí de espécimen que tenían delante de ellos a investigar. Mi historia clínica cuando voy al hospital la tienen que transportar con una Caterpillar. Bien, volviendo a nuestro viejo amigo el sociólogo, éste, nos concluye su estudio tras escudriñar hasta el final de la rabadilla en Segovia —a más de 100 parejas de todo tipos de lugares y pelajes— que Mr. Buss finaliza con un claro veredicto de propensión a la promiscuidad sexual.




















Empero, eso es a la americana, y si no hablo con mi viejo amigo Hilario Rodríguez que está en Virginia, y él, sí que sabe, lo que se cuece en USA; seguiré como dicen por Burgos: Ramón, Ramón... Aquí lo más cercano a esa entelequia fue el furor setentero de mis papis  en sus escapadas Lost in Perpiñán de vagabondage amoureaux, por ende: vagabundaje de los amantes infieles. Pues, unos y otras más, unas y otros menos. La gente lleva muchos años por delante del estudio de nuestro simpático sociólogo texano. Yo he conocido a un buen puñado de personas apasionadamente disolutas. Recuerdo una temporada por la Barcelona —aquella del señorío y la camiseta multicolor— un amiguete que curraba como gerente (permítanme el eufemismo) de lujosas casas de servicios de compañía femenina en Barcelona, quien me aseguraba que los objetos más olvidados por la clientela, sobre todo los domingos por la mañana, eran misales y rosarios, móviles de concha con las teclas enormes y algún maletín de aspecto ministerial. Además, ahora que arrecia el invierno: los paraguas y las botas de agua se amontonan y no dan abasto en el cubo de la entrada del Mercadona. Lo más flipante fue de entre los muchos objetos hallados apareció una muleta y unas pantuflas con las iniciales JFD. No confundir con el inefable presidente JFK. Decía un tal Hamilton que escribió una de las inescrutables biografías del gran “Jack”, que parte del trabajo de Buss se asemeja al perfil idóneo de la personalidad del presidente asesinado. Vamos que da la sensación que el mismísimo Kennedy estuvo en uno de los capítulos del Dr. W. Masters, ¿qué no sabremos que sepa la hermosa asistente de WM, Virginia Johnson? ¿Sería verdad que Jack repudiaba la puntualidad, se observaba satisfecho en todos los espejos que encontraba a su paso, soltaba estridentes risotadas al escuchar un chiste verde y aunque presumía, de buen irlandés, padre católico y devoto ferviente, pensaba que eso del adulterio sólo era pecata minutaYo no tengo muy claro esas cosas que afirma Hamilton. 




















Pero sí que me creo lo que escribió el periodista Seymour M. Hersh en su libro de 1988 y sus encuentros con Mary Meyer, cuñada del también periodista, Ben Bradlee. M. Meyer, seguramente, fue la única mujer que dejó a Kennedy como un flan. Atractiva, adictiva e inteligente como una femme fatale: estuvieron viéndose en secreto a lo largo de innumerables ocasiones en la Casa blanca. Mary Meyer pertenecía a la beautiful people de Georgetown y se había casado con un agente de la CIA. Muy interesada en cualquier tipo de experimentación con las drogas (especialmente, LSD) y estilos de sexo, digamos, especialmente peligrosos. Meyer fue quien le puso un canuto de marihuana al puto Jack. Curiosamente, un año después del magnicidio, Mary Meyer fue asesinada. Un vil crimen que sigue siendo un Caso abierto, como casi todo lo subrepticio que envuelve al príncipe de dinastía demócrata norteamericana. Uno de los grandes descubrimientos sobre Miss Meyer, fue un diario, en donde escribió, puntualmente, los encuentros con JFK y los temas que trataban en aquellas citas. El diario fue destruido poco después de saberse que uno de los jefes de la CIA, James J. Angleton, guardaba el cuaderno de la polémica en su despacho. Kennedy aprendió a follar como un conejo del Kamasutra en la gravedad, a fumar Montecristos Nº4 y beber Chivas 12, mientras fumaba hierba y tomaba morfina, ya que el dolor neuropático puede que sea mucho peor: que todas las hostias dadas a nuestro viejo amigo de Birmingham (el maestro de la lona). Del mismo modo que Bahía de Cochinos dejó en suspenso los modales y las conciencias. No les importará que algo de indolencia invernal, por despiste oficial de un damnificado y una marmota, los cuales, se ciscan en la vanidad de los sociólogos; generalmente, una banda de cantamañanones del 9,5. A pesar de que no haya que ser ingeniero de la NASA para desdeñar tan memorable hallazgo a la inteligencia humana. 







                                 Dedicado a Maurice White diciembre 1941/ febrero 2016 In Memoriam





Fotogramas adjuntados


JFK (1991) by Oliver Stone
Masters of Sex (2013) by Michael Apted
The Expanse (2016) by Terry McDonough& Robert Lieberman
The Kennedys (2011) by John Cassar 










  
                                               

La estocada









Un día cualquiera de una fría mañana de febrero quedas en un Café/Restaurante del viejo Madrid con un cliente nuevo. Pura rutina en el devenir del ahogado tedio laboral. Bien, el viernes pasado, me di cuenta que tenía que cerrar una cita. No es esa típica reunión que en diez minutos la solventas o quizá sí. La cuestión es que me puse en contacto con el bufete de abogados gestores de la fundación Cósmica Artes. Todo había quedado muy claro. Los representantes de la fundación mandarían a un abogado para concretar una operación de inmuebles antiguos. Perdonen que no me haya presentado; soy Blanca Aragonés una mujer madura, hermosa, de pelo castaño claro. Ahora me lo he tintado en un tono rubio paja Lady Gaga. Cosas de la edad. ¿Lo entienden o no? Bien, no es mi problema. Luego, si alguno de Uds. afina su mirada y busca en las profundidades de mis ojos pardos, atisbarán el sufrimiento de un divorcio mal llevado y el legado de 20 años de matrimonio con un abogado penalista de renombre: dos hijas en plena pubertad y una maldita hipoteca. La niebla apestada de contaminación parecía que quería escampar, en un combate nubevssol; finalmente el sol se impuso. Mientras comprobaba el correo y los whatsaap, de vez en cuando, miraba la hora en el reloj del viejo y glorifico café La estocada. Es un sitio que tiene mucho de icono entre la comunidad taurina del país y la mitomanía de las grandes leyendas de la farándula cultural. Puede que sea un defectillo genético pero a mí me gusta ver fotos de Manolete, Cooper, Hemingway, Sinatra, Picasso, Welles, o la Gardner y demás personal genocida (ese, tan de moda, en el gatillo, de los nuevos intelectuales of Poliburó social Network) que ha dejado su rubrica por el sitio. El local desprende una mezcla de fragancias de lo más diverso y curioso que una pueda imaginarse: almizcle, bergamota, tabaco, cuero viejo, pachuli y guiso de rabo de toro. Es un lugar limpio y muy acogedor, donde una se siente seducida por esa iconografía de elementos sangrientos que te da un puntito sádico. Un taxi paró delante de la puerta y un pie calzado por un Ferragamo de hebilla se apoyó en el bordillo. Si les digo la verdad, no sé por qué demonios, comencé a sentirme incomoda y llamé al bufete de abogados. Es curioso, pero nadie me cogió el teléfono. De repente, entró en el café un tipo alto, sobre un metro ochenta y seis, con un abrigo de piel de camello de Hermes, que recogió con mucho esmero el maître y entregó a la mujer del servicio de guardarropía.


















Sacó un billete de 50 euros y le hizo unas señas (está todo controlado, colega). La verdad que parecía uno de esos filósofos tertulianos cuarentones pletóricos de labia y un físico realmente de muy buen ver. Algo chocante con los de esta fauna, aunque la viña del Señor es muy grande. Luego, no se fíen de las apariencias, todos estos individuos suelen ser un encanto Profidén con aquellos clientes o medios de comunicación de grandes cadenas televisivas, los cuales, pagan un pastón por lucir piquito de oro u el desparrame de turno. Sí, en el fondo, son los sempiternos enamorados de su puto ego y los billetes de 500 pavos. Algunos miserables los denominan animales televisivos. En fin, todo el mundo, tenemos una historia, que nunca terminaremos de resolver o quién sabe; el día que termines contrato en el planeta tierra se acabaran tus 1001 desdichas. También, se podría decir, algo así, como: cosas que no debería de hacer un lunes por la mañana en Madrid. A veces, quedarse en la cama viendo series antiguas por el cable no tiene precio, pero ese es otro cantar. Didier Bertot es un apuesto hombre de 45 años: pelo rojizo oscuro, ojos verdes, y, habla cuatro idiomas (alemán, inglés, francés y español). Evidentemente, el español es una de sus lenguas preferidas, ya que toda su niñez y, parte de la adolescencia, la costa del mar de Alborán fue lugar de vacaciones del clan Bertot. Más curiosa, aún fue, su actitud y un descaro insólito de Monsieur Bertot, pues, le bastó una mirada para saber quien era yo, Blanca Aragonés, la mujer con quien había concertado su cita. Pero, lo que yo no sabía, es que DB me llevaba buscando toda su vida. Sí, les parecerá un anuncio de colonias de estas pasadas navidades pero, a veces, pasan estas cosas. Como, de un pálpito, se dejó llevar por la más irrefutable de sus corazonadas. Mi mesa estaba junto al ventanal, no muy lejana a la suya. Cuando un rayo de luz se abrió entre el brumoso y plomizo cielo, que penetró por el cristal, iluminándome vagamente, como si se quisiera filtrar para acariciar mi silueta, pero esquivando con mucho esmero el roce físico.
















Monsieur Bertot, se acercó y se sentó enfrente, sin decir palabra, mientras me miraba fijamente. Me di cuenta de sus intenciones y obviamente jugué a hacerme la ingenua, es decir, ignorar a Monsieur Bertot que estaba casi ajándome. Comenzó a buscar —insisténtemente— algo en su bolso de Prada marrón chocolate.
—Hola.
 Elevé mi mirada y sonreí. Al verla tan de cerca le pareció que se conocían de siempre.
—¿Qué tal? ¿Nos conocemos? —respondió ella con aire irónico.
—Me temo que no. Al menos no todavía.
BA sonrió nuevamente mientras sacaba un mechero del bolso. Lo cerró como si hubiese concluido la búsqueda que antes la abstraía.
—Tú fumas, ¿no?
—Sí.
Él acercó la cabeza. Sujetando con los labios un pitillo, que aún no había encendido, aunque no hubiera podido explicar porque no lo había hecho.
—Gracias. Lo necesitaba.
—Lo sé —dijo ella mientras guardaba el mechero Dunhill—. Aunque no es eso lo único que necesitas.
—¿A qué te refieres?
—Ya lo sabes, no te hagas el tonto. ¡Como si no nos conociéramos!
—Es que no nos conocemos —repuso.
Ella sonrió extrañamente mientras le observaba con sus poderosos ojos aturquesados.
¿Qué pretendes hacerme creer? A mí no vas a engañarme con ninguna de tus tretas. No creas que no conozco tus enfermizas diversiones, Monsieur Bertot.
—Di lo que quieras, pero yo no sabía ni que existieras antes de cruzar esa puerta.
—Entonces... ¿Por qué te sentaste justo aquí si no me conocías?
Didier Bertot se revolvió en su asiento. Realmente no lo sabía.
—No lo sé. Empiezo a creer que ha sido un error.
—Puedes apostar a que sí.
Abrió el bolso de nuevo y cogió algo que apretó en su mano.
—¿Sabes lo que es?
—No.
 Le miré vivaracha. Parecía disfrutar haciéndole participar en un juego que sólo ella conocía.
—¿No tienes nada para mí?
—No.
—¿Estás seguro?















De repente recordó algo. Se tocó el bolsillo de la hermosa americana que cubría sus anchas espaldas y descubrió un paquete. No entendía el porqué de ese paquete en su bolsillo.
—Espera —dijo consternado y excitado—, creo que tengo algo.
Sacó el paquete del bolsillo. Era pesado.
—Gracias, es justo lo que necesitaba —esbozó una amplia sonrisa—. Tú tenías algo mío y yo tenía algo tuyo. Pero tranquilo, te lo devolveré. Él sintió un terrible desasosiego.
—Ah! ahora recuerdo, las llaves de la Colegiata.
—Bonito detalle.
—Creo que debo marcharme.
—Aún no —respondió ella pronunciando lentamente cada palabra.
Tomó el paquete con una mano y lo abrió despacio con sus largas uñas pintadas de rojo. Dentro había una pistola.
—¿Qué demonios significa esto?
—¿Aún no lo sabes?
Abrió la mano que tenía cerrada: había una bala.
—¡Dios! ¿Qué diablos vas a hacer?
Ella se mordió los labios y le dedicó una mueca cómplice mientras introducía la bala en el cargador.
—Esto es tuyo, cariño.
Entonces él recordó algo, justo antes de que apretase el gatillo. DB le entró un terrible ataque de risa. Esa risa casi loca, que suele terminar en lágrimas de miedo y pánico. Las carcajadas, alertaron al servicio de La estocada.
—Ríe cabrón, porque esto es lo último que vas oír, antes de que me pierdas de vista.  Ay! Blanca, vosotros los españoles tenéis una manera de entender el amor…Como se dice, la palabra, es temperamental (con un claro acento francés forzado y estúpido)… —Se dice así.
¡Se dice estocada, idiota, 20 años a mi lado y en tu puñetera vida fuiste capaz de entender, querer, amar y joder!
—¡Blanca! Pero yo te quiero
El olor a pólvora y lana escocesa quemada fue lo último que se recordó en el añejo y atento Restaurante La estocada. Blanca guardo la Glock-19 en el Prada y encendió un cigarrillo.
—Adiós y buenos días.








                              Dedicado a Jacques Rivette, marzo 1929/enero 2016 in Memoriam










Fotogramas adjuntados

Quai des orfèvres (1947) by Henri-Georges Clouzot
Her to Heaven (1945) by John M. Stahl 
Blood and Sand (1922) by Fred Niblo
Une femme douce (1969) by Robert Bresson











                                              

Las buenas intenciones







A uno le deja perplejo el aluvión de tecnología textual de la webesfera y demás rebuznos verbales; cuando afrontamos el principio del año nuevo. Si esas fechas, ineludibles y confortables como el sillón del comedor de diseño de nuestros papás. Un buen lugar para prometer y plantear cambios desde la variable más kantiana a la más prosaica y manida—encharcada de agua de borrajas— como adelgazar o dejar de fumar. Eso de plantear cambios de boquilla y tecla digital se nos presenta redundantemente antojadizo. ¿Cómo somos tan cínicos de prometer que afrontaremos realidades y cambios de algunas de nuestras propias circunstancias? Se han mirado en alguno de los álbumes de fotos de fin de año. Si esa misma foto con una botella de Cava en una mano y en la otra un canuto gigante de marihuana… De verdad, qué son capaces de enumerar la cantidad de gilipolleces por minuto que esputaron en el albor de la cálida madrugada de este último año, mientras desparramaban su gula entre levadura de calabaza y trigo, al chup, chup del tazón de chocolate.













¿Quién dijo cuerpos Danone y hablar un inglés tan modélico del desparecido Rickman? Rebusquen en su interior, seguro que D. Pepito Grillo les farfulla: ¡Para, chaval, tranquilo. Qué no estás dando una a derechas! Al gimnasio no entro ni de visita. Intentar adelgazar en este territorio es imposible porque no hay más recorrido en mi itinerario que ferias, fiestas y compromisos. Además, hablo mejor inglés que l´enfant terrible Iglesias en Bruselas. ¡Manda huevos! Mejor intento los hervidos de coles de esta pávida ciudad, los zumos de frutas y el té verde. Mentira cochina. Empero, sí les dijera lo siguiente, me acusarían de zen, blandengue o vendido. Tendrían toda la razón del mundo pues un perfecto hijo de puta; se parte la caja. Por no revolcarse en un charco, ahora que los hielos invernales quieren aparecer.













Luego, voy a proponerles mi siguiente propósito de enmienda: tengamos paz, y comencemos por nosotros mismos, dando ejemplo. Es necesario que precisemos el ejercicio de interiorización y, desde ese equilibrio emocional, solidarizarnos con todos los proyectos, los propios y los ajenos. Pensar que se pueden lograr las metas; si nos esforzamos en creer que ello es posible. Esto ya me cautivaba más. Desde ese punto de partida seremos capaces de crear una sociedad civil fuerte y entusiasta, capaz de generar respuesta a una clase política y democrática en retroceso. Esa crisis que en el fondo se manifiesta en nuestras propias sombras. Lo dicho, sueno más falso que un autógrafo de Hemingway en el rastro y sigo igual de perdido que Mailer, al que le daba por repartir hostias a tutiplén, ante un posible reconocimiento de su persona por las calles del Village. Reitero, nos gusta hablar de paz, de mermelada de arándanos, de Javier Noya (Machote Triatlon) y el careto de muñeco pepón de Tom Hanks.














Cuando en el fondo, nos encantaría ser tan famosos como Ruiz Zafón y cantar como Bowie (DEP). Las revistas dejaran de acusarlo por misántropo y evasor de impuestos a paraísos fiscales. Y es que lo más fácil para un amanuense en la España de los mil reinos ha sido crearse una fama, aunque lo más difícil, por no decir imposible es perderla. Entienden ahora cuáles son mis intenciones: Salud y suerte. Pregúntenle a Iman o a cualquier persona que ha tenido que cuidar a un enfermo terminal. Mejor callar y resignarse. Pero no se desanimen, aún pueden aprender un buen inglés. Trabajando 16 horas en un bar irlandés en Ibiza, no falla. Claro que eso se hace con 16 años. Al final, se nota cansancio: ni barriga ni arrugas. Pues la heroicidad huele a mortaja. Como les decía; es tiempo de buenas intenciones.








                                                      Dedicado a David Bowie y Lemmy Kilmister in Memoriam








Fotogramas adjuntados


A Child is Waiting (1963) by John Cassavetes
Awakenings (1990) by Penny Marshall
Dr. Gillespie's Criminal Case (1943) by Willis Goldbeck
Sybil (1976) by Daniel Petrie








      
                                         

Cuento de Navidad








Todos los 24 de diciembre, en la víspera de la Navidad, el sacristán de la catedral de Plasencia Matías Chozas, se disponía a engalanar tan preciada reliquia. Un tesoro —exclusivamente— confiado a su custodia, para exponerlo al día siguiente, a la contemplación de todos los fieles y amantes de aquel niño Jesús. Matías era un hombrecillo chepudo, patizambo y con una verruga en la nariz. Tal era la horrible figura del hombre a quien se le había reservado el privilegio de ser compañero de aquella reliquia adorable entre todas. Empero no es cosa de admirarse, sino que al contrario, deberíamos, considerar que fuera escogido por la voluntad divina, para demostrar que los más humildes y desgraciados son los que están más cerca del reino de los cielos. Miles de bombillas de colores, forman esculturas en las calles de los pueblos y ciudades. Un sentimiento crónico, nostálgico y melancólico, va invadiendo los corazones de los adultos. Los niños, en cambio, rebosan euforia. Representando estrellas, renos, y arbolitos parpadeantes, que cuelgan de las fachadas de los edificios, iluminando las frías noches. No es el caso de estas últimas; suaves y apacibles. Inclusive desconcertantes para los adictos a la postal navideña con muñeco de nieve en el pack. Almas desconocidas, compartiendo sueños comunes en silencio, ajenas al mágico vínculo que las unirá, únicamente, el devenir de las risotadas y carcajadas, seguían los anhelos de amistad, música, tabaco, vodka, ginebra y hachís. Lo más parecido a un viaje invernal por el medio oeste norteamericano, donde viajaban juntos en un coche de alquiler, el mismísimo Capote, Kerouac y Cheever. Una contradicción propia del jolgorio que deparaba la combinación de frío paniaguado, alcohol y psicotrópicos. Por momentos, uno se imaginaba que Matías Chozas estuviera hablando por un Smartphone de marca blanca con su santidad Francisco; el grande del Vaticano.















Un deseo de chaval que todos los años veía como no llegaba el regalo soñado y volvía su mirada al espejo de la ingratitud. Pero hubo un tiempo, en el que Chozas fue un hombre joven, alto, delgado y atlético que disfrutaba de la iluminación verbenera de la Navidad y se apuntaba a la jarana de turno. Bebía, fumaba y reía como un granadero prusiano. Después todo se nubló hasta que apareció una chica de dulce mirada. Sus ojos irradiaban paz y despertaban ternura. Un apego que inspiraba confianza y, esencialmente, ganas de vivir. Aquella mirada, completamente diferente, enjabonada de pureza evocaba recuerdos de la madre de su compañero de pupitre. Sí, esa criatura, era distinta al resto de todas las chicas con las que se había encontrado en las mejores capitales de la vieja Europa. Y de aquello ya había nevado y helado. Chozas aprovechó aquel instante para pedirle una copa. Ella esbozó una sonrisa y le sirvió un chupito de Vodka —¿has visto el arbolito de navidad?— Si lo he visto. He visto todo tipo de árboles, formas, tamaños, realmente, hermosos.—Pues, éste, es sintético y a veces, nos depara sorpresas.—¡Venga ya, no fastidies!—De verdad.—Acércate y lo verás. Se levantó de la silla y se aproximó hasta el arbolito, para ver mejor como caía el corcho blanco sobre las ramas. Algún tipo de artilugio mecánico, lo aspiraba desde la base del tronco y lo volvía ascender hasta la copa, para que nunca dejase de nevar. Mientras se repetía aquel carrusel: MC se deleitaba con la estampa tan divertida que proponía el arbolito en cuestión. De pronto, la camarera salió de su barra y comenzó a dar pasos en dirección a Matías. Ahora el corcovado recordó donde se hallaba. El espantoso y tétrico lugar de su miserable existencia. Y su cabeza le dio por barruntar en voz alta: ¡Quién lo sabe! Es posible que esta bola estéril, fría y negra, siga girando pausadamente alrededor del sol, y apagado y muerto y tan frío como la tierra misma. Así como mi cuerpo, día a día, estación a estación va debilitándose poco a poco.
















Apenas la cohesión que mantiene unidas sus partes, posiblemente, éstas irán desprendiéndose unas de otras, y en lúgubre procesión, seguirán su ruta como ciñendo al que para ella fue el luminar más espléndido del cielo, en luctuoso y deleznable anillo que acabará por romperse y diseminarse por el espacio, para perderse en sus insondables profundidades. Pero también es posible que no ocurra nada de esto. Chozas no era consciente de que su pasado le imposibilitaba disfrutar de la emoción y el orgullo del acontecimiento: una Navidad por la orden divina de un papá que decía llamarse Paquito, en petit comité, al que le gustaba el chocolate en taza y el  papel Smoking. Tenía delante de sí a la mujer de su vida; la joven camarera sonreía y bailaba sinuosamente encima de la barra del garito. Aquel instante no tenía precio ni comitiva que lastrar. Podía decir que esta Navidad no estaba sólo junto al abetito de turno. Son dos desconocidos compartiendo un instante mágico como un plano americano del maestro Ford. Observando la caída del corcho blanco sobre un plastificado arbusto de Navidad. Con sus corazones latiendo al ritmo de las lucecitas de colores. Comentando lo lindo y bello de la visión que compartían... Cerró sus ojos y al abrirlos, suspiró mirando el pequeño abeto de polietileno. El ritmo de las lucecitas parpadeantes, se aceleró bruscamente, al tiempo que el suspiraba. Luego, continuaron latiendo a la par que su corazón... ¿Sería mágico aquel arbolito de navidad?... Matías recordó a su difunta esposa y sintió escalofríos desde los tobillos hasta las orejas. Consideró, que jamás volvería a tener, en su vida, a alguien como María. La mujer de su vida que falleció en un día de Navidad. No obstante, en Navidad, a veces, los deseos se cumplen y el Papa Francisco le cogió de la mano y le pasó un peta de libanés.—Fuma, Matías y recemos por el futuro año.— Gracias, santidad. No, colega, Paquito para los amigos. Se quedaron con un colocón del nueve rezando —prevía mirada— con carcajada incluida, delante del hermoso pesebre, mirando al niño Jesús.










                                       Dedicado a un país que sueña con la Navidad y un gran regalo











Fotogramas adjuntados



The Bishop's Wife (1947) by Henry Koster
Kisses (2008) by Lance Daly
La petite marchande d'allumettes (1928) Jean Renoir& Jean Tedesco