Gloria Swanson: la Superdiva fatale que se adelantó a su tiempo

mayo 20, 2018 Jon Alonso 0 Comments







Gloria Swanson fue el arquetipo, de mujer femme fatale, triunfadora del Starsystem. Desde el primer momento tuvo muy claro; que no había llegado a Vanityland para hacer muchos amigos. Ella no era como el resto de la red social de aquel lugar, donde, el mero hecho de pasear a tu perro podía ser un cínico ritual,  para charlar de estrella a estrella, en una acción más del día. Una vez, un actor secundario o terciario apostilló: “nunca quiso ser uno de nosotros". No sacaba la basura, no "usaba algodones", ni tan siquiera iba al baño. La gran Swanson tenía una bañera dorada de emperatriz. La bañera esperaba a la diva. Un vez dentro del agua, el cobre dorado, se convertía en oro. Así era ella, lo más parecido a la diosa Hathor. Incluso obtuvo trato de aristócrata al casarse con un marqués. La Swason gastaba una talla de zapatos, que apenas llegaba a los 35 cts, y, una cintura de niña de unos 27 cts. A pesar de esa aparente fragilidad, ella se veía muy hermosa, cuando fruncía el ceño y levantaba la barbilla con su metro cincuenta. Posiblemente, fue durante la loca década de los años 20 —en el Hollywood mudo— , la estrella más grande de la pantalla. En el fondo, GS era una amalgama de las diferentes virtudes de las estrellas de aquel periodo: algo Garbo, un toque de Dietrich, una mirada de Crawford que levitaban como grandes diosas. Swanson, de por sí, no tenía esa maldad típica de la femme fatale, por excelencia versus Clara Bow. Ni tan siquiera era la peor de las brujas con las que te podías encontrar por aquellos lares. Sin embargo sabía muy bien cómo funcionaba ese juego, el de Hollywood. Empero, había algo dentro de ella que le perdía: la soberbia: Una diva original y frívola. Su expresiva mirada hacía de ella, casi una extraterrestre “convierteformas”, realmente inigualable. Excesivamente, rumbosa y caprichosa, le pegaba fuego al dinero como si fueran pastillas de fósforo para prender leña en la chimenea. Vivió como he dicho antes, ni una princesa del lejano Oriente. Y lo mejor de todo, es que no se privó de nada. Absolutamente, de nada. Risa nos podrían dar los actuales asfixiados y arruinados del S.XXI, Nicholas Cage o Johnny Deep con sus extravagancias y miserias personales. No obstante, como ya les tengo acostumbrados, sepamos el pasado familiar de la gran diva. Nacida con el nombre de Gloria Josephine Mae Svensson, allá por 1899, en Chicago. Hija de un militar de rango raso, Joseph Theodore Swanson y su madre Adelaide Klanowski. De creencias luteranas estrictas. La pequeña Gloria se pasó media vida entre Puerto Rico y Florida.














Aquellas constantes idas y venidas, le aleccionaron en el conocimiento del español, y muy cerca, de un colegio de monjas luteranas para no perder la tradición. Su madre de origen germano/polaco era una ferviente creyente. Gloria, no destacaba en los estudios de la básica. Eso, sí. Cantó en el coro de la Iglesia y participó en varias obras teatrales. En aquel periodo de la niñez muy cercano al tránsito de la pubertad, nuestra querida Gloria, según lo consultado y leído en las biografías que recomendamos, impetuosamente, nunca tuvo un grato recuerdo de aquella época. Gloria tenía prisa por convertirse en mujer y dejar a un lado, las simplezas de la niñez. No tuvo ningún reparo, en aseverar, que odiaba ser una niña. Estaba obsesionada con hacerse mayor. Aquella actitud hostil hacia la infancia ocultaba un viejo trauma, donde las relaciones con su padre fueron clave, en su interés. Volvió a repetir aquello que, como mi padre, nunca ha habido otro: “era el hombre que lo sabía todo. El tipo que tenía respuestas para todas sus inquietudes. De ahí que declarase con contundencia, aquello de; “las cosas de la infancia, nunca encandilaron mi pasión por ese periodo. Siempre consideré que era un preámbulo clandestino y considerablemente bobo, que había algo más real, palpable, misterioso y vibrante”. Detestaba vestirse como una chiquita, vestir muñequitas, lavar cacharritos, jugar y dormir con juguetes.Toda la dinámica de las niñerías, la exasperaban. Sin embargo la vida es caprichosa y azarosa. Tanto como un radiante día de sol de primavera por la mañana y su cruel tormenta de granizo por la tarde. Es decir, uno de los de tantos que salen todas las mañanas, a Gloria le pasó algo, que cambió el rumbo de su vida. Una tía suya la llevó, por pura curiosidad, a Essaney Studios en Chicago. Cuando muchos de los estudios —que finalmente inaugurarían al Nueva Babilonia del Oeste— solían estar ubicados en New York o el mismísimo Chicago. Allí llamó la atención de un jefe de producción. Muy pronto se convirtió en una extra regular. Ganaba un modesto dinero, pero con suficiente dignidad para teminar abandonando la escuela. A los 15 años fue contratada por la compañía Essanay. Interviniendo a continuación en dos cortos realizados por Charles Chaplin. Como The meal tickety His new job (1915). Dejando muy buenas sensaciones. Recién cumplidos los 17 rodaba su primer cortometraje como protagonista, al lado de Bobby Vernon. Todo ello, bajo la mirada del lince productor Mack Sennett en Keystone. La película fue en éxito de taquilla y el público rápidamente se identificó con la maravillosa Gloria Swanson. Y llegó su primer matrimonio; se casó con el que sería el esposo número uno: Tuvo seis maridos; se enlazó con tan sólo 17 años al lado de Wallace Beery —quien la violó la noche de bodas— un distinguido actor, con más de 200 películas en su cartera, e intérprete de la celebérrima, Isla del Tesoro en el papel de Long John Silver. Beery la dejó embarazada y le ocasionó un aborto; además, era un alcohólico y raro era el día que no le diera una paliza.
















Finalmente, salió del aquel horroroso matrimonio, y nuevamente, con apenas 20 años reincidió en el altar con el empresario Herbert K. Somborn, esposo número dos. Gloria se quedó embarazada y tuvo a su primera hija; Gloria Swanson Junior y adoptaron a Joseph Patrick (Sony). A partir de aquel instante, nada la contuvo. Nunca conoció los límites, ni materiales ni personales. Posteriormente, llegó su mejor momento, el esencial encuentro con su director fetiche y amante/confidente; el inefable Cecil B. de Mille. Este mito del 7º arte supo ver en ella; la materia prima perfecta —de un ideal femenino— que haría furor en la década de los 20: la femme fatale. A la vera, de DeMille, y dando todo su talento: Swanson comenzó a subir como la espuma de una botella de champán. En el admirable Crichton (Male and female, 1919, de Cecil B. de Mille), se construye un físico y un estilo, rodeado de un halo misterioso, del que quedaban prendidos cuantos caían delante de sus largas pestañas. Las mismas que se extremaban de rímel, una y otra vez. Su boca totalmente perfilada y la inteligente dosificación de sus artimañas de mujer. Convertida en una figura mítica del cine, obtuvo un importante contrato con la Paramount y mantuvo una frenética actividad, trabajando para Sam Wood de 1921 a 1923, y a las órdenes del magnífico Allan Dwan de 1923 a 1925. Una etapa donde quedó encasillada como la mujer fatal, por excelencia. Empero, su talento iba más allá del estereotipo, y supo extraer de sus personajes todo tipo de complejidades que iban desde la picardía al dramatismo, de la alta comedia a la tragedia. ¿Por qué cambiar de esposa? (1920) y El señorito Primavera (1921), ambas para De Mille; La octava mujer de Barba Azul (1922 Sam Wood), El salario de la virtud (1924) y De la cocina al escenario (1925), de Allan Dwan, títulos que pertenecen a esa fascinante etapa. En 1926 rodó en Francia un filme histórico, Madame Sans-Gêne, de Léon Perret, y ese mismo año formó su productora, asociándose con la United Artists, la compañía creada por el supertrío de oro: Douglas Fairbanks, Mary Pickford y Charles Chaplin. Para el autor de Cleopatra y tantos otros filmes monumentales, Swanson se convirtió en el paradigma de la mujer extravagante y caprichosa que, en aquel tiempo, el público parecía solicitar. Ya lo había conseguido, convertirse en la dueña y señora, de una época, donde la excentricidad era lo más parecido a los personajes de las novelas de Fitzgerald. Nihilista y libertina.


















Vivía al margen del mundo, en su egocéntrico microcosmos natural. Mansiones gigantes, coches enormes, plantillas de criados que ni la Reina de Gran Bretaña. Antes de que existiera Hollywood, ya reinaba entre las diosas primigenias del celuloide. Gloria Swanson, entre nosotros, y para los de a pie encabezaba el derroche con sus contoneos por la Alameda de las Plumas. Las pobres estrellillas —de hoy en día— babean de envidia al conocer el desglose de una factura de Gloria: 25 mil dólares en abrigos de piel; 50 mil en vestidos; 24 mil en medias, zapatos y ropa interior; 30 mil en blusas, bufandas y accesorios; 6 mil para la nube de perfume que la envolvía. Como en aquella ocasión que confesó a la prensa una de sus frases memorables: “El público quería que viviéramos como reyes, así que eso hice”... Su propia hija, Michelle, la consideró una mujer “imposible” de tratar. Sus excentricidades rayaban el paroxismo. Vivía en una mansión con 30 criados; en sus viajes a Europa alquilaba un barco completo para llevar el equipaje y en diez años despilfarró la friolera cantidad de 300 millones de dólares. En su autobiografía sentenció: “el dinero es divertido hasta que no queda nada por comprar”. Es evidente, que la joven Gloria Swanson había visto un nuevo paraíso. Sin duda el sexo, el matrimonio y los hijos le abrieron una ventana a un mundo más tangible, menos iluso pero lleno de sabandijas rastreras, dispuestas a devorar su inocencia. Ella afirmaría que algunos de sus maridos la violaban, en más de una ocasión, tomándose su derecho de pernada. Uno de ellos, curiosamente, la acusó de adulterio con más de 16 hombres diferentes. Esa idealización llegó a tal extremo que —siempre buscó la abstracción física— lo pretendientes tenían que tener esa mácula de madurez y afán protector, de su amado padre. De igual modo, que dilapidó billetes a gogo, también gastó a los hombres. Chirriadora, de facciones un tanto exageradas, bonita sin ser bella, con unas cejas continuas trazadas con puntero, poseía una sensualidad desbordante que derretía a los hombres como si fueran de cera. Pero Gloria no era mujer de un solo hombre y mientras filmaba las lacrimógenas cintas de Cecil B. De Mille su protector y amante sostuvo sonados romances con Rodolfo Valentino y otros 13 actores, que no tenían el pedigrí del italiano, pero si eran grandes conocidos de la fructuosa década. La prensa del higadillo, de por entonces, chismorreó algunos nombres: Ben lyon, Charles Farrell, Douglas Fairbanks, Elliott Dexter, George O,Brien, Hugh Allan, John Gilbert, John Barrymore, Milton Sills, William Haines, Wiliam Powell, Ramón Novarro y Thomas Meighan. Se echó encima de sus espaldas, hasta el último dólar que ganó. En el esplendor de sus días, Gloria Swanson fue la primera actriz de Hollywood en cobrar 1 millón de dólares anuales. Se cuentan por cientos, todos aquellos, que cayeron en la red de sus pestañas y soñaron con besar aquella boca, delicadamente perfilada.   Aquella década era una locura, en todos los sentidos. Tras los duros años de la 1GM, la gente, el público y Norteamérica sólo quería disfrutar de la vida.
















Los locos años 20 infundieron un subidón de endorfinas en la gente que no paraba de bailar Charleston. Vestirse con plumas y deambular por el mundo de pura jarana. Y de repente, apareció un príncipe azul, algo con sangre real: su tercer marido, el Marqués de la Falaise de la Coudrave, Henri le Bailly. Aquello de llevar la tilde de marquesa obtuvo el colmo del divismo. La Swanson contrató cuatro lacayos para que la llevaran alzada en una litera al camerino; el resto del equipo debía hacerle reverencias. Hollywood comenzaba a dar muestras de afixia y se reinventaba en la nueva década de finales de aquellos convulsos años 20. La forma de hacer películas y de distribuirse entraba en un nuevo periodo. GS en 1930 terminó divorciándose de su tercer marido, el Marqués de la Falaise. Y lo más increíble de todo, el nuevo amor de la diva, era un tipo con mucho oficio, pero nada limpio en los negocios: Joseph P.Kennedy, el padre del mítico presidente norteamericano de las década de los 60. El hijo del afamado traficante irlandés de alcohol durante la ley seca: dejó su estilo. El compañero de cama, de la gran Gloria, hizo un viaje en la barca de Caronte. Aunque, hay quien dice que él no fue el viajero de turno, sino el mismo Caronte.  Así, entró en el mundo del cine la estirpe Kennedy, trazando un camino de Boston a Hollywood —un itinerario cruel y espeluznante— por las ruinas de corporaciones desaparecidas... de las que se desprenden aromas de una atmósfera claramente ventajosas. El ascenso de Kennedy a Hollywood se jugó en un gran tablero de ajedrez. La estrategia pasaba por tomar pequeños peones como Robertson-Cole y F.B.O. Y así, ir poco a poco derribando, sistemáticamente, a caballeros y reyes como Pathé y K.A.O. para crear la reina de RKO, en menos de cuatro años. El personaje se movió en un arrojo de crueldad —posiblemente sustentado en el abandono—  de una serie de empresas reorganizadas. Si bien, son muchos, lo que apostillaron que les hizo un favor a muchas de ellas, pues, eran montones de escombros de gestiones fracasadas por ellas.















Gloria Swanson estaba muy cerca de lograr dos de las mejores interpretaciones de su carrera: la de prostituta en Sadie Thompson (1928), del grandísimo Raoul Walsh. Una obra que hizo de la Swanson, una mujer llena de orgullo y valentía, todo un homenaje al coraje femenino. Desde intentar camelar al censor Will Hays, en un almuerzo donde se limaron párrafos del guion y algunas cuestiones peliagudas. Hays le hizo una promesa verbal de que no tendría ningún problema con la realización de una película de este tipo. Swanson se propuso obtener los derechos de la obra haciendo, algunos movimientos de lo más torticeros. Cuando surgieron las noticias sobre lo que se pretendía con la obra, los tres autores amenazaron con demandar. Swanson más tarde intentó negociar una secuela por 25,000 $. Al mismo tiempo que GS (ya tenía un peón jugando en FOX) había comprado los derechos de la historia original. La secuela debía seguir las nuevas hazañas de Sadie en Australia, pero nunca se hizo. Sintiendo que nunca tendría tanta libertad artística e independencia como lo tenía en ese momento, Swanson decidió que el planteamiento del estudio era demasiado formulista, y decidió llamar al director Raoul Walsh, quien firmó con Fox Film Corporation en ese momento. Walsh había sido conocido por traer material controvertido al cine, y en su primer encuentro con la diva fue realmente positivo. La Sadie Thompson interpretada por Gloria Swanson era una realidad. El film fue muy recibido por la crítica y la taquilla. Pero, la excéntrica actriz, se había empecinado en una segunda parte que nunca se realizó. A pesar, se haber estado trabajando —codo, con codo— en el guion con R. Walsh. El código Hays, cada día ejercía una labor más restrictiva. Y finalmente, la Swanson, fue cuando escuchó las campanillas del magnate, Kennedy que había aterrizado en la vieja Babilonia. La relación fue a más. Se convirtieron en amantes y montaron su nidito de amor entre sábanas de satén y lujuriosas cabalgadas sobre la diva de nácar. El bribón de Boston inventó un filme para su querida y le encargó la dirección al lunático y excéntrico Erich von Stroheim. Todo un personaje, bien conocido por la diva de Chicago. Kennedy ya ejercía como productor ejecutivo de Swanson. Inicialmente, el film se titularía, El Pantano. Una cinta que desde el punto de vista comercial y artístico era inviable en 1928. El primer copión que fue visionado por el bostoniano, según palabras textuales, de Kennedy y los socios productores; la tildaron como porno casero de la peor ralea. 















Gloria interpretaba a una jovencita criada en un convento que hereda una cadena de burdeles en África; la actriz pegó el grito al cielo y exigió a su amante que despidiera al loco Von Stroheim. Además de encargarse de salvar la película y los 800 mil dólares que había invertido. Queen Kelly (1929) fue un proceso de arrojo y pundonor por parte de Gloria Swanson, que finalmente, ella mismo terminó, montó y estrenó personalmente, en contra de la voluntad de su director. Lo que ella no sabía, porque no estaba en el set en ese momento, fue que von Stroheim había filmado al príncipe agitándolo bajo sus narices. Después de ver la película con un tono vulgar y grosera. E. B. Derr informó que el personaje interpretado por el "cliente" de Kennedy (así llamaba la camarilla del bostoniano a Gloria Swanson por escrito) "podría ser interpretado por cualquier mujer de tercera clase". Joe se encabronó y se portó como un auténtico patán de los negocios. En lugar de tomarse el fracaso de manera deportiva decidió maniobrar y endosó todas las deudas a Gloria. La diva se pasó casi 20 años pagando facturas. Ya se sabe que la única manera de hacer plata es quitándosela a los demás. La Swanson envió a la mierda a Kennedy, porque este tuvo el desparpajo de presentársela a su esposa Rose y Gloria comentó: “Una cosa es ser la amante y otra exponerme a esta obscenidad”.  El contable anterior a Kennedy de Gloria Swanson, muy pronto, informó que de los registros que pudo conseguir, todo parecía tener una destinataria: Gloria Productions. Empezando por el bungaló que Kennedy había construido para ella en Pathé, el abrigo de visón que le había dado, como señal de amor, junto con todos los gastos del film Queen Kelly. Ahora todo aquello, eran deudas, por un total de más de un millón de dólares, de los cuales, ella era la única responsable. Una versión truncada silenciosa de Queen Kelly se lanzó en 1931 en toda Europa, pero no en América. Gloria Swanson nunca se recuperó de aquel mazazo. Ni financiera, ni profesionalmente. Después de su divorcio con el marqués y la espantada del patriarca de Boston. Decidió casarse con un playboy irlandés: Michael Farmer. Para mayores referencias, alcohólico, trincón y haragán. Una relación desastrosa de la que sólo quedó el tercer retoño, de la diva. Una niña a la que le puso, el nombre de Michelle. Dos años duró el paso del cantamañanas Made in Irlanda. Los problemas por los que estaba pasando Miss Swanson se agudizaban, pues, la llegada del cine sonoro: no terminaba de traer las mejores noticias para Doña Gloria. La estrella de Gloria Swanson comenzaba a menguar y a pasar al rincón de los humanos de parada de autobús y pateo diario, de cualquier lugar. Sometida al banquillo de las reliquias. A pesar de que su figura, como mito, jamás perdió vitalidad. Gloria adivinó que los nuevos procedimientos iban a implicar una revolución profunda, y se esforzó para estar a la altura de los tiempos. Estaba en la madurez de su temperamento artístico, en la cúspide de su arte, y no se podía resignar. Los chupatintas de la prensa señalaron que Swanson fue incapaz de superar el cambio tecnológico del cine mudo al sonoro. A pesar de las lecciones de declamación, trató de adaptarse a las nuevas condiciones de rodaje. Pero se ve que estos nuevos lameculos ignoraban que Gloria tenía una voz de soprano. Se renovó para dar lo mejor de ella en el nuevo medio sonoro. Solo que los sátrapas de los estudios de cine aprovecharon la coyuntura para contratar actores imberbes y jovencitas calenturientas, para desbancar a las verdaderas estrellas que triunfaban como deidades. Empero, su carrera entró en una fase de declive de la que ya no se recuperaría. “Indiscret”(1931) del gran Leo McCarey y “Perfect understanding” (1932) de Cyril Gardner fueron sus dos últimos trabajos importantes. Obviamente, el tiempo es algo tan enigmático y sensible; que a todos nos coge por el camino. Eso, que la física nos recuerda, a diario y que no para de subir, acaba en bajada libre: Gloria pasó del paraíso estratosférico al olvido del tedio ciudadano diario. Los mismos humanos que le rendían pleitesía a su paso, giraban la mirada a la acera de enfrente. Esos mismos humanos de cualquier avenida, los cuales, estamos sometidos a las leyes físicas. La caída libre se palpaba en el ambiente. Faltaba muy poco.














Ella, en el fondo, seguía creyendo que era la reina de África y un tótem de la vieja Babilonia. Se marcó un penúltimo matrimonio con un alcohólico de tres al cuarto, William N. Davey. Un mal bicho que la dejó tirada —en un momento— donde el resquebrajamiento ya era una obviedad. Así de claro, compuesta y sin un céntimo, en la miseria más extrema imaginada. No obstante, como decía la difunta de mi madre: el dinero va y viene. Pues, la pequeña diva de estatura y enormes agallas, Gloria Swanson. Se obstinó en mantener el porte y el señorío, acabó trabajando de secretaria en una agencia de viajes y se involucró en el negocio de la moda para pequeños supermercados. Algo así, como la ropa del siglo XXI de un Lidl alemán. Otra de las grandes ocurrencias que se le pasaron por la cabeza fue cuando se mudó en 1938, a Nueva York e inició una empresa de inventos y patentes. Multiprises Corporation. Una pequeña empresa para rescatar a científicos e inventores judíos de toda Europa y llevarlos a los Estados Unidos. Sin embargo, le quedaba un as en la manga y ese iba a venir de la mano de un genio Made in Austria. El cineasta Billy Wilder en 1950, creo una de obras maestras del 7º Arte. Sunset Boulevard, fue la gran revancha de Gloria Swanson. Y nunca mejor dicho, la mejor candidata, que podía interpretarse a sí misma, a la vieja estrella del cine mudo encerrada, con sus recuerdos en una arcaica mansión de Sunset Boulevard. El equipo completó la narrativa de producción a finales de 1948. Después, de lo cual comenzaron a trabajar en el guion. Wilder contrató a Montgomery Clift para interpretar a Joe Gillis, pero la búsqueda de Norma Desmond resultó complicada. Mae West, Mary Pickford y Pola Negri rechazaron el papel. Fue entonces cuando Wilder recordó a Swanson. Llamó para preguntar si ella entraría para una prueba de pantalla. ¿Yo? ¿Una prueba? Me rebelé ", dijo más tarde. 'Nunca hice una prueba en mi vida... fui grosera con él. Dije para qué demonios me tienes que poner a prueba. ¿Quieres ver si todavía estoy viva, verdad? ¿O dudas que sea capaz de actuar? Al final Swanson cedió y realizó la prueba. "Cuando obtuvo el papel, quedó encantada", decía su hija Michelle. Wilder permaneció hipnotizado por la presencia de la pantalla de Swanson y se decidió a reescribir la historia para que Norma Desmond fuera el personaje central. Dijo Wilder. “Bueno, tenía una cara que no podía duplicarse... Sabía cómo actuar con gestos, algo difícil de enseñar”. En cuanto a Gloria Swanson, sabía que esta era una oportunidad de su vida. Ella dio una interpretación extremadamente atrevida y caminó, a través, de una línea muy fina. Era muy consciente de que su trabajo podría haber ser tildado de ridículo. Pero de todas las personas —que realmente creyeron en el proyecto— fue ella. Pensé que era un guion increíblemente atrevido, como nada que haya visto antes. Algunos encontraron el material demasiado radical. Aunque Wilder quería abrir la película con una escena en la morgue del condado de Los Ángeles en la que 36 cadáveres hablan sobre cómo murieron —la película está narrada por el difunto Joe Gillis— el director se vio obligado a desechar la secuencia tras los malos resultados con las audiencias de casting. Después de una proyección temprana para la industria del cine. En aquel verano de 1950, Louis B. Mayer le espetó: “¿Cómo cojones se atreve este joven, Wilder, a morder la mano, de quién lo alimenta?”. La respuesta de Wilder fue: “Soy el señor Wilder y Ud. se puede ir a la mierda”. Empero, fueron muchísimos los que reconocieron el crudo mensaje de aquella obra maestra; su advertencia de los peligros inherentes a la celebridad moderna. Durante esa misma tarde, cuando Wilder se enfrentó a Mayer. La actriz Barbara Stanwyck se acercó a Swanson llorando. Para arrodillarse ante ella y besar el dobladillo de su vestido, un gesto silencioso, que hablaba de su admiración por la valentía de su actuación y la autenticidad de la película.
















Wilder tuvo el talento, además, de enfrentarla a su antiguo amigo y director, Eric von Stroheim, en el papel de chófer y ex esposo de la vieja estrella del periodo dorado del mudo. De aquel choque de ambas personalidades, surgían un montón de chispas de recuerdos cómplices, y de algún modo, todo ello redundaba en el patetismo del film. Donde la diva Gloria Swanson estaba inmensa. Realmente, llegaba a estremecer y remover la conciencia de más de uno. Curiosamente, el público la aplaudió hasta el delirio, en su aparición en Broadway. Del mismo modo, que aplaudían sus films en la década de los 20.  Dándose un homenaje al interpretar una comedia de Ben Hecht y Charles Mac Arthur, Twentieth century. Aplaudían a la actriz, pero también al mito que no podía morir, a la historia del cine que se encarnaba en ella. La última aparición en el cine, fue en un film de la franquicia Aeropuerto (1975). Donde, concurrían, viejos y viejas conocidas de su tiempo. Al año siguiente, notó que Cupido volvía a llamar a su corazón y con 76 se casó con el periodista William Dufty (30 años menor que la superdiva), y sexto marido. Dufty co-escribió la biografía de ella. En un libro “Swanson on Swanson”. Dónde apostilló otra perla: “de mis maridos no guardó buenos recuerdos, los consumí como si fueran cigarrillos. He dado mucho más de mí a estas memorias, que a ninguno de mis matrimonios. Ya que de un libro, no te puedes divorciar”. El resto de sus días terminaron codeándose con lo mejor de la alta sociedad, norteamericana. Disfrutaron de los mismos gustos (devotos de la alimentación macrobiótica) y viajaron por el mundo como dos adolescentes. En su epitafio se podía leer un aséptico "Gloria May Josephine Swanson 1899-1983". No había sido su última voluntad. Pero las posibilidades eran mínimas. A ella le hubiese gustado dejar un epitafio, muy de su estilo. Tal como soltó, en una entrevista, la siguiente frase para la posteridad. "Pagó sus facturas. Esa es la historia de mi vida". Swanson murió en Nueva York el 4 de abril de 1983. Tenía 84 años. Muchas de sus propiedades fueron subastadas al mejor postor. Apenas les Dejó medio millón de dólares a sus tres hijos, después de haber derrochado la mayor parte de su fortuna. Desgraciadamente, nadie tiene dos vidas, ni le van a regalar otros 84 años extras, los años que los dioses le dejaron vivir como una reina de su época. Lo dicho, entró en el quirófano, contra su voluntad y le operaron de una aneurisma. Falleció el 4 de abril de 1983 en Nueva York. Los hagiógrafos periodísticos publicaron al fin el obituario que tenían redactado hacía 30 años, acerca de una mujer que escribió el vademécum del estrellato, el ícono “fashion” de Hollywood, pero que para su desgracia se adelantó a su tiempo. Multifacética y con muchos talentos, no es de extrañar que Gloria Swanson, a día de hoy, sea venerada en el mundo del cine y del más allá.







                            Dedicado a Antonio Mercero marzo 1936/mayo 2018 In Memoriam








Fotogramas adjuntados

Don´t Change your Husband Cecil B. DeMille  (1919)
Why Change your Wife Cecil B. DeMille (1920)
Under The Last The Shulamire by Sam Wood (1921)
My American Wife by Sam Wood (1922)
Gloria Swanson&your Husband Henri le Bailly  Marqués de la Falaise de la Coudrave (1926)
Indiscreet by Leo McCarey (1931)
Gloria Swanson&William Holden&Eric Von Stroheim in Sunset Boulevard (1950)
Sunset Boulevard by Billy Wilder (1950)








Bibliografía consultada y recomendada

Gloria Swanson (2013) The Ultimate Star by Stephen Michael Sherer Ed. Thomas Dunne Books
Swanson on Swanson (1981) by Gloria Swanson Ed. Pocket Books
Close-up on Sunset Boulevard: Billy Wilder, Norma Desmond, and the Dark Hollywood Dream by Sam Staggs (2002) Ed. St. Martin's Press








 
               

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