Mano lenta, la maldición del dolor y el pobre Jon




martes, 21 de junio de 2016






A veces, uno, se pregunta ¿dónde están los límites de la degradación y la crueldad? Suena muy triste porque la respuesta, manida y oportunista, sería tan sumamente incapaz de darnos el Nirvana a semejante pensamiento. Luego, es obvio que estaríamos incapacitados para enumerar los porqués de tan maldita lacra. Dicen que vivir es sufrir y que detrás de la felicidad se esconde una tremenda historia colmada de tristeza. Por la misma regla de tres, Eric Clapton, compuso uno de mayores himnos de su creación musical: “Tears in heaven”. Y es que, cuando era muy pequeño, recuerdo la expresión de la cara de mi madre, mientras jadeaba a trompicones alguna sílaba, que venía a ser —algo así—, “no hay peor desgracia que un padre y una madre entierren a sus hijos.” Sí. Una tragedia griega sin apelativos ni anestésicos que puedan aliviar tanta desdicha. Llevamos unos días, en los que, el genial mano lenta, no le acompaña la suerte; al igual que servidor. Hemos escuchado por la tramoya mediática hasta la saciedad el término Neuropatía periférica. ¡Aleluya! Por fin, la gente sabrá que no estoy loco y padezco una enfermedad famosa. ¡Manda huevos! Puede que el último trance del tránsito de ese vericueto —llamado vida—, ésta, se siga obsequiado al destino para no desentonar con el canon. Si éste se siente generoso—por no decir caprichoso— puede que nos conceda la gracia de morir de repente o durante el sueño. ¿No han escuchado aquella genial frase de nacerás en la cuna de un príncipe, vivirás como un rey durante 100 años y tendrás más salud que Picasso? Yo, estoy convencido que, el insigne malagueño e ícono del arte del S.XX, nunca escuchó aquello de la neuropatía periférica. Además, me alegro.















Pues, de lo malo lejos y suerte de no chocar con la fatalidad. Ya que ésta, en demasiadas ocasiones, puede ensañarse con uno, hasta el extremo de la máxima alevosía, sin que nadie puede evitarlo. Eric se pasó un montón de tiempo queriendo a Pattie Boyd —de la que nunca se sintió correspondido— y como no le daba el hijo deseado; se enfrascó en su propio hurlyburly. Esnifó lo que no estaba en las escrituras del Vaticano, comió pirulas como un niño en una feria y se bebió el Nilo. La frase que confiesa en su libro de memorias es una genialidad dentro de la desesperación humana: “el alcohol y las drogas eran la razón de mi vida. Por ello tomé la decisión de no suicidarme, ya que si estaba muerto no podría tomar más.” Claro que las risas van por barrios que dirían mis colegas los más castizos. Ya que mucha gente podrá pensar… ¡Y lo bien que se lo ha pasado el colega! O ¡No me jodas, si eres multimillonario! ¡Sólo con los royalties de Cream ya tienes plata para vivir, tú, esposa, hijos y aún les sobraría un buen cacho para los biznietos! No. Esto no es así de ramplón y sencillo. Es más, nadie debe desear el bien ajeno ni alegrase, por igual, de la desgracia. Nunca. De ser bien nacido, uno es agradecido, y eso se le tatúa a la buena gente bien parida. Siendo, servidor, un joven de veintipocos tacos, enterré a mi padre y poco tiempo después, a mi madre. He sobrevivido a un infarto masivo de miocardio, a una cirugía de cuatro bypasses, a la extirpación de un aneurisma aórtico y un ictus en el ojo izquierdo. Pero nunca, nunca y jamás de los jamases, podría haber imaginado que, tras la rehabilitación, al cabo de un año y medio de salvar el pellejo, desarrollaría una neuropatía periférica.












Entiendo la sensación de Eric, ahora que termina de grabar su disco 23 "I Still Do"(me encanta el título), como todo lo que ha hecho, el gran maestro del Rock&Blues, para terminar tendido en una cama, boca arriba. Sin fuerzas para incorporarte, vomitando sobre el pecho esta condena. Buscando desesperadamente las pastillas de Tramadol y Oxicodina para ponértelas debajo de la lengua, porque tu cuerpo comienza a sufrir descargas eléctricas, no por raspados de riff en las seis cuerdas de las Gibson Les Paul o de las Fender Stratocaster, pinchazos de alfiler, pellizcos y hormigueos; sin ton ni son. Al final se apodera un estado de angustia e impotencia porque cada día que pasa envejeces más rápido que un vampiro de Anne Rice. Ni siquiera podrás cavilar sobre lo mucho que marchita la muerte… Un extraterrestre pensaría que la tierra es un lugar horrible donde las enfermedades son las pandemias de África, Asia y América del Sur. ¡Pues va a ser qué no!¡Qué las enfermedades raras no conocen de localización geográfica, ni colores de piel o tipos de alcurnia! A veces, no hay como sentir el espanto del propio dolor para perder el miedo, igual que hay momentos, en los que cuando se agudiza, resulta inadmisible la cuantía del horror de este sufrimiento. Sólo enemigos cegados por ira y despecho pueden complacerse en imputaciones que, empañando las prerrogativas de la verdad, encandilan las pasiones más bajas de aquellos esclavos de su propio escrutinio. La vida vuelve a ponernos en el lugar más absurdo del propio orden social.














Lejos de la realidad, un aspecto más hermoso que el propio Dorian Gray, cuando de repente el barman de tu bar te pregunta: ¿Oye, Eric has visto a Jon, está más demacrado que el tambor de Buñuel o los Martinis con Vodka, ya no me sientan bien? En ese instante Eric apostilla: “No conozco a Jon, pero escucho la voz de Connor que viene del cielo, dice, que seamos fuertes y continuemos, pues todavía, nuestro sitio no está arriba” Ese es el fundamento del caos neuropático; lo más cercano al error social. Errores que vienen camuflados en mentiras, zozobras y agitaciones redundantes de los ánimos, que terminan por convertirse, en oráculo de los hipócritas de la intolerancia más salvaje: los sátrapas de la razón transformada en instrumento de la tiranía urbana. Pobre de Eric y del perdido de Jon, entre fatalidades, desventuras y pidiendo una muerte apurada. Ya lo dijo Wilde en su De Profundis “Donde hay dolor es lugar sagrado.” Tal vez, algún día, la humanidad comprenderá lo que esto significa. Quien no pueda mejorar el silencio, que lo guarde. ¡Y por favor. No me pregunten por qué cojones no voy al concierto de Neil Young, o la fantástica Lucinda Williams, ni a Radiohead a muy pesar, muchísimo! El rock y la neuropatía puede que sea la combinación más atípica de la historia clínica, a pesar de ser hijos del blues y guerreros envueltos en morfina. Seguiremos soñando que nos rebelamos, porque en el dolor, como en el fracaso de nuestra propia derrota; no tenemos ingredientes emocionales que conduzcan a la amargura de la felicidad auténtica, la felicidad real. Nada de retórica socrática, la vida al filo dela navaja. Luego, no hay más cera que la arde, y cirios como racimos de uva cuando termina el verano. Eso, sólo lo sabe, quién lo sufre.





                                                    Dedicado a la memoria de Miguel Chaves Senior D.E.P





Fotogramas adjuntados


Tommy (1975) by Ken Russell
Rush (1991) by Lili Fini Zanuck
B.B. King: The Life of Riley (2013) John Brewer
Jimi: All Is By My Side (2013) by John Ridley












                                        
 

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