Barbara La Marr; demasiada hermosura para morir en L.A.




sábado, 4 de junio de 2016







Cuenta la leyenda mitológica griega que la diosa Psique tras su viaje por Perdición vivía una vida aterradora; víctima del tedio diario, envuelto de inquina y envidia. “En aquel día, cuando la hermosa Psique llegó a su morada—y muy mal aconsejada— llevó a cabo, aquello previamente sugerido. De repente, se dio de bruces, con un soberbio adolescente. Tan emocionada por el fervor del descubrimiento, le entró un tembleque flameante en la mano, la cual, sostenía la lámpara que dejó caer sobre el torso del apuesto joven. Se derramó una gota de aceite hirviendo. Al sentirse quemado, aquel mozo, Eros —según había indicado el destino del oráculo— se trataba de un monstruo colmado de crueldad. Despertó —, y, cumpliendo la amenaza que le había dirigido a Psique: la abandonó, de facto, para no volver jamás. Al faltarle la protección de Eros, la pobre Psique se arrojó a vagar por el mundo. Sempiternamente perseguida por la cólera de Afrodita, la cual, seguía indignada y rabiosa de su enorme belleza. Evidentemente, ninguna divinidad quería acogerla. Finalmente, cayó en manos de la malvada Afrodita, que la encerró en su palacio, la atormentó de mil maneras y le impuso obligaciones humillantes y borrascosas: limpiado de semillas, recogida de lana de los corderos salvajes, y, finalmente, descender a los Infiernos. Allí debía pedir a Perséfone un frasco de agua de Juvenancia. Le estaba prohibido abrirlo, mas, por desgracia, Psique desobedeció cuando regresaba y quedó sumida en un profundo sueño.” Un sueño tan profundo como el de nuestra joven esbelta, rutilante y resplandeciente; Barbara La Marr. Nuestra femme fatale, de la vieja Babilonia Hollywoodland, fue una diosa diferente dentro de su estirpe y genio. A quien el sueño le parecía algo de lo más pedestre y trillado. “¿Soñar para qué?” La vida es demasiado importante y hay que sacarle el mayor partido posible. “No malgastaré más de dos horas diarias en dormir: tenía cosas más importantes que hacer". Pero de todos esos deseos, ostentaciones, decepciones y motivaciones iremos viendo a lo largo de este pequeño periplo. Barbara La Marr, cuyo nombre verdadero era Reatha Dale Watson, nació un 28 de julio de 1896 y se crió en el seno de una familia acomodada de Yakima (Washington). Su padre, Wallace Watson, fue un editor de periódicos y su madre tenía dos hijos de un matrimonio previo, llamados, Violet y Henry. La familia Watson vivió en diferentes lugares durante la infancia de La Marr. En torno al año 1900, ella fue a vivir con sus padres a Portland, Oregon, con su hermano William, su media hermana Violet Ross, y el esposo de ella, Arvel Ross. Siendo niña, La Marr participó en algunas producciones teatrales en Tacoma, Washington. La pequeña Reatha siempre tuvo una gran capacidad y aptitud hacia el mundo de la interpretación y la hipérbole. Llegó a contar que era una niña adoptada y que nació en Richmond (Virginia). Afirmación con la que se buscó dar mayor credibilidad, a los rumores, de que ella era la hija ilegítima de un conde italiano.













La verdad que nunca se encontró un certificado de nacimiento fidedigno de la divina Barbara. Mientras que la familia residió temporalmente en Tacoma, la pequeña Reatha hizo su debut en el teatro como la pequeña Eva de "La cabaña del tío Tom". Después, cuando se vieron obligados a cambiar su residencia a Fresno (California), su madre la llevó en una ocasión a Los Ángeles para hacer unas pruebas de cámara y cine. De aquellas pruebas surgió el rumor de que Reatha—apenas tenía 13 años— abofeteó a un conocido director de cine cuando éste había intentado besarla y acariciarla aprovechando una de las pruebas. Según fuentes más cercanas al mundillo, el director cacheteado, no era otro que el ínclito Cecil B. DeMille. Reatha continuo su adolescencia, trabajando, como bailarina erótica en un espectáculo de burlesque, donde entretenía a todo tipo de pelajes, de entre los muchos espectadores que se acercaban, las chisteras y los puros de millonarios o políticos estaban en la platea. Finalmente, terminó envuelta en un secuestro estrambótico junto a su hermanastra Violet y tipo llamado C.C. Boxley. Estos se llevaron a Reatha hasta Santa Barbara, donde estuvo varios días en una situación—llamémosle—surrealista, pero que no auguraba nada bueno. Cuando el asunto se salió de madre, Violet y Boxley entraron en pánico, la policía emitió órdenes de captura por secuestro. Este episodio fue publicado en varios periódicos, algo que a Wallace Watson, le estaba empezando a causar más de un quebradero de cabeza. El juicio que iba a poner en solfa a media familia Watson. Afortunadamente, quedó disuelto por falta de pruebas. Sin embargo, lo que no pudo evitar Mr. Watson sería la matraca de pequeños escándalos de la pequeña Reatha, y decidió trasladarse al centro del país con la familia, excepto la impulsiva y pizpereta hija, hasta que ésta terminó en presencia de un juez que sintió pena por ella y lapidó la frase mágica: “esta criatura es demasiado hermosa para estar sola y desprotegida en una gran ciudad como L.A.” El veredicto se convirtió en la tarjeta de presentación una vez alcanzada la fama en el salvaje Hollywood. La pequeña ninfa Reatha fue descubierta por la periodista Adela Rogers St. Johns, que la vio en el tribunal de menores, y terminó presentándola a su editor, Jack Campbell. JC se entusiasmó de inmediato con la bella Reatha y publicó una doble página de difusión incluyendo fotos de ella como una adolescente. Aquella publicidad la devolvió a un peldaño mayor pero todavía muy minoritario como bailarina profesional. En 1913, Reatha empezó con baile profesional.















Al mismo tiempo, se inició en la escritura periodística y algunos de sus artículos fueron publicados en los medios de su padre. Aunque, Reatha demostró suficiente solvencia como bailarina para la danza clásica, tenía el suficiente carácter creativo para bailar su propio estilo personal. Una forma tan libre y auténtica que fue comparado con el de Isadora Duncan. De repente, fue avistada por Jack Lytell (un ranchero terrateniente que vivía en Arizona), el cual, se quedó prendado de ella y de inmediato, Cupido, aterrizó también en el corazón de Reatha. Los dos se enamoraron y se casaron en ese mismo año en México como dos fugitivos. Reatha no terminaba de sentirse cómoda con la vida de Señora en un enorme Rancho perdido en la pradera. Aquel matrimonio le quedaba dos cortes de pelo, pues Jack Lytell lo intentó, pero Reatha era muy testaruda. Ella estaba empecinada en volver a Los Ángeles y tras una ferviente discusión en un día de tormenta y lluvia a mansalva. JL muy enojado, se alejó en mitad de la lluvia, para volver al rancho ahogado de agua y con una terrible resfriado, que terminó derivando en neumonía. En apenas unos días falleció en 1914. Nuestra ninfa Reatha se envolvió de un aura de culpabilidad y remordimientos que le llevó a tomar contacto con el agua de fuego. En poco tiempo el alcohol fue un fiel compañero de aventura y carrera. En ese estado de pesadumbre se sumergió en la vida nocturna, se la vio en un gran número de fiestas, bebiendo como un cosaco en Polonia, que terminaba tirada por los suelos. La rumorología, en torno, a la pequeña Reatha seguía su carrera mediática de disoluta vividora. En una de las noches de farra y desenfreno, se llegó a decir, que mantenía múltiples relaciones con la mayoría de los asistentes en aquellas bacanales. A pesar del golpe de la muerte de su esposo, ella, retomó su carrera como bailarina y escritora. Reatha conoció a Lawrence Converse, un rico y joven abogado. Éste, sedujo a la bella Reatha y terminaron casándose el 2 de junio de 1914. Evidentemente, las penas, eran menos penas, con vino, algo de amor en la cama y unos dólares en el bolsillo. Sin embargo, en plena noche de bodas, el crápula abogado fue demandado por bigamia. 24 horas después de su boda; parecía que Mr. Converse era el gran papá de tres rollizos hijos y seguía casado con su señora, una socialista de pro. Obviamente, con estos credenciales, Reatha y la justicia daba la nulidad de su unión. Ansioso por iniciar una nueva vida junto a La Marr intentó demostrar que estaba enfermo y sus intenciones eran buenas. LC fue encerrado en una prisión, en la cual, se pasó chillando otras 24 horas sin parar de golpearse el coco contra los barrotes. Un berrinche comprensible, de un hombre angustiado y con un grave problema neurológico que le generaba trastornos psicológicos. Cuando se aportó el informe clínico, ya fue demasiado tarde, LC entraba por urgencias y directo al quirófano donde fallecía debido a la complicada cirugía para extraer los coágulos de sangre que tenía en su cerebro. Llegados a 1915 Reatha iba saliendo adelante en su nuevo trabajo. Un día fue invitada por Phoebe Hearst (madre del magnate William Randolph Hearst) para bailar en la feria mundial en la compañía de su nuevo amor y mentor del baile, Robert Carville. En aquel tiempo, cambio el nombre de Reatha por su nueva identidad artística, Barbara La Marr. Junto a Carville fueron tiempos de éxito por todo el país y triunfo en el difícil Broadway. Pero aquella presentación delante de toda la Jet Society del clan Heart, causó, auténtico fervor mediático. De repente, La Marr toma la decisión de contraer matrimonio, con uno de los actores bailarines de la compañía; Phil Ainsworth.
















En 1916 se casaba la bella BLM y PA. Ainsworth estaba fascinado con su esposa y su talento, estaba tan pillado por su magnetismo, que sólo quiso agradarle dándole más obsequios y caprichos, de lo que realmente podía permitirse. Phil Ainsworth entró en una espiral de absorción monetaria, a base de falsificar, ingentes cantidades de cheques, los cuales, no tenían fondos. Esto le llevó al penal de S. Quintin por estafa, robo y usurpación. Barbara La Marr no estaba por la labor de esperar al enamorado Ainsworth y en 1918 presentó el divorcio. Durante aquel tiempo del procedimiento burocrático de la demanda de divorcio. BLM siguió con la francachela y liviandad característica de su actividad social nocturna. Manteniendo relaciones con varios hombres, de todos los estilos y oficios más sugestivos. La lista era inacabable, desde el gran Ernest Hemingway a Rodolfo Valentino. Increíble pero cierto, mientras bailaba con Hemingway en el Harlowe, se dio de bruces con Valentino y desde entonces, hasta la muerte del italiano fueron grandes amigos. Poco después de su divorcio con Ainsworth, comenzó una relación con otro compañero de baile, Ben Deeley. Aunque le duplicaba en edad, ya sobrepasaba los 40, muy bien llevados, La Marr llegó a enamorarse de él y compartir pasiones, muy de BD, como la literatura y el arte en general. No se lo pensó dos veces y se casó, nuevamente. Así como algo tan divertido y cómplice como su dependencia del alcohol y el juego. La noche fue testigo de algunas de sus juergas Su rúbrica nocturna era indeleble y los tabloides eran una constante. Finalmente, se convierte en guionista de Hollywood y, la divina, apenas, escribió seis guiones para Fox Studios y United Artists. Obviamente, no tardó en darse cuenta que su carrera con guionista profesional no terminaba de cuajar y asentarse. En 1921 obtiene el divorcio, a todos los efectos, de Ben Deeley. Barbara La Marr, es una mujer libre y soltera ante la ley, en el comienzo, de la nueva década en Hollywood. Algo que más adelante no estaba tan claro como se las prometía la diva fatale. Pues, su adicción al matrimonio era proporcionalmente idéntica a su consumo de opiáceos. Su aspecto llamó la atención y le ofrecieron papeles pequeños en películas. Pero llegó un día, en el que todo cambió para siempre en su vida, al coincidir con una de las grandes divas de la época, Mary Pickford, que le comentó que el productor Louis B. Mayer estaba buscando nuevas caras y talento para su film Harriet and the Piper (1920) de Bertram Blacken. Meyer tenía una obsesión obcecada por encontrar una actriz, con un rostro, que le diera la imagen de una femme fatale, ya que el personaje, estaba hecho a medida para La Marr. De inmediato se presentó al casting y se ganó el papel por delante, de la mismísima, Anita Stewart. El film, dejó su imagen en la retina de los espectadores, productores y directores. Inicia una larga cadena de amistades que se van retroalimentando de trabajos.














Es cuando la actriz Marguerite De La Motte y su esposo John Bowers le presentan a la estrella Douglas Fairbanks —quien insistió— en que conseguiría un papel en el film “La tuerca” (1921). La Marr fue observada por John Ford, que la selecciona para realizar el western “Camino de desesperación” en 1921 como Lady Lou junto a Irene Rich y Harry Carey. Luego vendrían “Los tres mosqueteros” (1921) de Fred Niblo, donde Fairbanks jugó un papel muy importante, en la recomendación explicita, de su contratación y poco después, consiguió el papel. La película fue un éxito de público y crítica: Barbara La Marr fue elogiada grandiosamente. Aparecía una nueva estrella en la nueva Babilonia de los sueños y suspiros. Su popularidad aumentó rápidamente, despertando, la admiración de grandes actores y actrices de aquella época La Marr era una actriz de prestigio y elevado caché. Todo parecía un gran cuento de color de rosa hasta que en 1923, BLM, estaba filmando una escena de baile a las órdenes de Rupert Hughes, en “Almas en venta”. Cuando, dio un mal paso y se dobló un tobillo. Ya en el suelo se retorcía de dolor, algo que puso en alerta al equipo médico e inmediatamente, le suministraron morfina y cocaína. Posiblemente, alguien por debajo manga también le facilitó heroína. Ese era el precio de trabajar a destajo. Filmando y drogándose, un parche para aliviar, la fatiga del día a día. El rodaje se dilató más de lo que estaba previsto por producción y La Marr acabó rota; en la lona como un boxeador de Jack London. Físicamente era un espectro y mentalmente un zombi. Terminó en la misma senda de otras compañeras de camino, que ya han viajado por este espacio, y que son bien conocidas por nuestros lectores. Barbara La Marr era una estrella y un portento de actriz, a la que la gente adoraba, pero como ser humano, estaba en otra dimensión. La trastienda de La Marr era un botiquín de todo tipo de opiáceos y estimulantes, junto al mueble bar de la licorería del salón. Aquella hermosa mujer pasó a ser una adicta más de la lista de la larga lista de estrellas adictas a las drogas y el alcohol. En 1923, BLM, inicia una relación con el actor John Gilbert. Empero, terminó casándose de nuevo, en esta ocasión, con otro actor: Jack Dougherty. Curiosamente, La Marr se quedó embarazada de una persona, que sólo ella conocía. Decidió ocultar el nacimiento de retoño, escapándose junto a Dougherty a Texas, para dar a luz a un niño. Finalmente, adoptaron a un niño, al que llamaron Marvin Carville y al que se le apodó—cariñosamente—  Sony. Una maniobra perfecta para evitar el gran escándalo de su embarazo y el affaire de su divorcio con su ex Deely (con un presunto chantaje de por medio) y la reescritura de su carta de divorcio con Ainsworth, todavía pendiente de la burocracia administrativa. También fue una válvula de escape su rodaje del film "La ciudad eterna" (1923) en Roma. El hecho de rodar en Europa, fue aprovechado por el matrimonio Dougherty&La Marr, donde pasaron unos días en Paris, como luna de miel. Poco después, ya en Roma se produjo el hecho chocante, de que el propio Mussolini participara, a modo de cameo. Y es hasta el dictador italiano sabía de las andanzas de BLM, éste, se sentía atraído por el sexapil de la estrella, que puso todas la facilidades al equipo de producción y la propia La Marr. A la vuelta de Europa, aún más diva de lo que se fue, apareció con el clan de actores y amigos de costumbre; Ramón Novarro y el director Fred Niblo. No obstante, la gran noticia, era un golpe de efecto Made in La Marr, pues, corría el año 1924, y decide desvincularse de la Metro-Goldwyn-Meyer, para firmar un contrato nuevo con el estudio First National Pictures. La primera película que hizo para ellos fue “La mujer que supo resistir” dirigida por Maurice Tourneur  junto a Conway Tearle y Ben Lydon (1924) Un gran éxito en todos los sentidos. Su adicción era un cacareo por todos los pasillos y rincones de Hollywoodlandya. Revistas y periódicos se hacían eco, de su tremenda adicción a las drogas y el alcohol. Al había que sumar una nueva; la gula. La Marr comía escandalosamente.















No obstante, su sentido de la provocación seguía siendo el mismo y con declaraciones sobre la farándula del gremio, para todos los gustos. Algunas ya se han quedado como apostillas de culto: "Tomo amantes como rosas", "por docena." Explicitaba.Vinculada sentimentalmente con John Gilbert, Ben Lyon y director Paul Bern. Inclusive no dudo ni instante en acusar al afamado William Haynes (personaje que murió en extrañas circunstancias) como una persona homosexual auténtica. Barbara salía airosa de los rodajes pero en 1924 se acercaba peligrosamente al encallamiento su carrera. Tras el tortuoso rodaje de “Sandra”. Su trastorno alimentico le llevó a engordar unos 25 kilos. Lo más inmediato era diseñar un plan de adelgazamiento, en poco espacio de tiempo, a base de pasar hambre y mucha coca con todo tipo de líquidos; ya fuese agua, zumo, vodka o whisky. Obviamente, todo esfuerzo en la vida, se paga con un precio y, aquel arranque, fue un misil a la ya, de por sí, deteriorada salud. Todas las noches en los clubs con sus mejores amigas: cocaína, morfina y la del cuello largo. Todavía rodó un film con muy buena soltura y que dejó a todo el mundo contento; “El corazón de una Sirena” (1925) de Phil Rosen, junto a viejos conocidos de reparto; Conway Tearle y Harry T. Morey. Sin embargo, en el estudio se cortaba la tensión en el aire como un cuchillo afilado, cuando llegó el rodaje de “El Mono Blanco” (1925) con el mismo director. La cuestión es que aquello fue un verdadero desastre en todos los sentidos. La película mostró el lado más patético de la actriz, con una interpretación lamentable y un fracaso de taquilla. La crítica fue directamente al hígado de la diva —ensañándose—, a gusto, con La Marr. A toda esta hecatombe había un dato inexcusable; su devoto público comenzaba a darle la espalda. Barbara La Marr estaba muy enferma, cuando el estudio le obligó a ser parte del reparto de la película, “La muchacha de Montmartre” en 1926. Su ex amante y amigo, Paul Bern, casi le suplicó a Bárbara que no terminase el rodaje, que cogiera un tiempo de asueto, para acabar la película, en unas condiciones óptimas. Sin embargo, BLM terminó el rodaje del film, a base de más cocaína, morfina y todo aquello que pasará de 40 grados etílicos. No quedaba mucho tiempo para ver como la diosa más hermosa del mundo se desplomaba delante de su equipo, cayendo en coma. Despertó de puro milagro, y lo primero que hizo, fue confiar la tutela de su hijo, a su gran amigo Zazu Pitts. Se recuperó durante un corto periodo de tiempo —muy lentamente— cuando parecía que respondía al tratamiento, apareció la tuberculosis en su organismo. Paul Bern compró una casa a Barbara donde pasaría sus últimos días. El 30 de enero de 1926 Barbara La Marr fallecía la edad de 29 años, a causa de la tuberculosis y una nefritis crónica. 40.000 personas hacían cola para darle el último adiós a la diosa más rutilante e incontinente del viejo Hollywood. Mariposeó al ritmo de una ninfa en todas y cada una de las distintas variedades de narcóticos gourmet, hasta la última cucharada letal del 30 de enero. Aquella diosa que se acostó con todo el estado de California y le dio tiempo a casarse seis veces. Nadie como una hija de Zeus, guardaba la cocaína en una exquisita pequeña caja de plata con baño de oro, que dejaba sobre su piano de cola. Puro opio, con aromas de Benares, no había mejor material en toda la colina de VanityLand. Pues la hija de Zeus siempre tuvo lo mejor. Todo el mundo lloraba a la más hermosa de aquel Olimpo que fue la Sodoma de Babilonia. Hasta Louis B. Mayer, el sempiterno enamorado de ella, la convirtió en inmortal al dar su apellido artístico a otra nueva diosa que heredó en sensual karma del erotismo de la belleza Made in Austria. Pero la historia de Hedy Lamarr es otra. Por hoy, hemos cumplido.








               Dedicado al Doctor en Cardiología D. Juan Cortina y Muhammad Ali in Memoriam







Bibliografía consultada y recomendada

Vida de Barbara La Marr (1930) de Arnolt Bronnen Ed. Zeus
Hemeroteca de L. A. Times







Fotogramas adjuntados


Barbara La Marr
The Heart of a Siren (1925) by Phil Rosen
Thy Name is Woman (1924) by Fred Niblo
The prisioner of Zenda (1922) by Rex Ingram
Barbara La Marr y su hijo Marvin Carville   
Funeral of Barbara La Marr









  
                                                    
 

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