Wallace Reid, el Gaminedes del cine mudo y la jeringuilla de Pravaz




martes, 27 de octubre de 2015









Cuenta la leyenda que Tros de Dardania tuvo tres hijos: Ilo, fundador de Ilia, Asaraco, y el semidios Ganimedes, el más hermoso de los humanos. Tros amó a Ganimedes desde lo más profundo de su corazón. Pero el jefe, y rey de los cielos, Zeus se prendió de amor por el los muslos del joven troyano. Los demás dioses se regocijaron de contar con Ganimedes, pues su belleza les colmaba de gozo. Y Ganimedes vio que maravilloso era servir néctar a los inmortales. Pero en el mundo de los mortales; las cosas adquieren una dimensión más dura. Algo de Gaminedes hay en toda la trágica y fulgurosa carrera del actor e icono del cine mudo de principios del S.XX. La historia de Wallace Reid es la crónica de un Hollywood más cercano al viejo pueblo de la soleada y árida California de EE.UU, en pleno estado, catatónico, a la búsqueda de vetas y pepitas de oro. Aquel polvoriento y vasto lugar, que, en 1912, lo recorría la avenida central y no muy lejos de allí se erigía el  hotel Hollywood. Apenas una par de oficinas arrinconadas  que se configuraban como los nuevos estudios de la ciudad del cine: Hollywood. Desde el mítico estudio Selig Polyscope Company, el cual, apenas sobrevivió hasta 1918. En 1911 se inauguraba, la Nestor Film Company, de David Horsley, dentro del distrito de Hollywood e inmediatamente se fundó el estudio la antigua Blondeau Tavern, en Sunset Boulevard. En 1912, las grandes compañías de cine ya estaban establecidas en Los Ángeles o cerca de la ciudad. En gran parte, gracias a los impuestos de Thomas Edison sobre las patentes de cine, y al clima cálido y soleado, que facilitaba los rodajes. Los vaqueros y los indios que de vez en cuando se lanzaban de arriba abajo. En Hollywood Boulevard se hacían "Westerns" y aparecían nuevos dandis pretendientes a superstars, cupleteras, cómicos a gogó y demás mescolanza esperaban el gran festín: la llegada de las grandes majors de la historia del cine. Chaplin, Pickford y Fairbanks dieron el pistoletazo de salida, a  esa una nueva Babilonia, donde la ley del más fuerte prevalecía. Como los hermanos Bros  de la Warner, la Universal de Laemmle  Dintenfass, Baumann y Cia. La Fox film Corporation de William Fox, CBC Films (Columbia) de los Cohn, la Paramount, la RKO y la MGM de Louis de Richard A. Rowland. Nuestro amigo Wallace esperaba pacientemente su momento de gloria, ya que él, y su director D. W. Griffith harían historia en un film que marcó el devenir de este arte. No obstante, esa epopeya está por llegar. Más tarde hablaremos de WR, en El Nacimiento de una Nación. La llegada a Hollywood era el principio de una nueva vida para Wallace Reid, una ruptura completa con el pasado. El pasado es algo chocante y un poco surrealista cuando  hablamos del pasado de un actor que apenas vivió 31 años. ¿No les parece? Sin embargo, la pregunta procede: ¿Quién era el auténtico William Wallace Reid? Bien, hablamos de un joven americano: atlético, fino, limpio, culto y de un relativo porte noble que se podría haber encontrado en los cuarenta y ocho estados que configuraban los EE.UU. Wallace Reid vivió treinta y un años. Nació el 15 de abril de 1892. Murió el 18 de enero de 1923. En aquellos treinta y un años embaló la experiencia, el trabajo, el éxito, las alegrías y angustias, los problemas y tentaciones de un periodo fascinante del 7º arte. Dicen que la presión del star system lo mató. Demasiado reduccionista pensaran Uds. Pues sí, detrás del personaje “Wally” para los conocidos y amigos, residía una persona más compleja y sensible. Esos quince años de estrellato fueron los más parecido a la supernova de Wally Reid, el joven y enérgico actor, que todo el mundo quería estar con él, y, observar en directo el accidente del Challenger versus Redid; cuando en pleno ascenso, el actor explotó en mil añicos. Cosa que al hermoso Gaminides no le ocurrió, pues, él consiguió su sillón en el altar de los dioses divinos y allí se quedó viendo pasar el devenir del tiempo. Dicen que Wallace Reid fue un idealista; un joven lleno de bondad, generosidad y gran entusiasta de la vida. A Wally Reid, cuando no estaba rodando películas su adicción por la velocidad era alucinante. Aquel tipo destrozó más neumáticos que el finlandés Raikkonen después de una juerga de lúpulo tras una carrera resacosa por su afición por la refrescante malta. Reid era un esteta de lo selecto y no había carretera del viejo Hollywood que no hubiera dejado la marca de las ruedas, de su Marmon Coupe o el descapotable Stutz. Corría como alma en vilo delante del diablo con una botella de whisky en la guantera. Entendía de coches, de buen vestir y bellas mujeres. Mucho antes de lanzarse al Hollywood Babilónico mostró sus dotes con la pluma. Sus conocimientos de mecánica y modelos de cuatro ruedas le llevaron a trabajar en el Magazine Motor. Además de sacarse unos dólares para hablar de los últimos modelos — que salían al mercado— lo pasaba en grande en los circuitos viendo las mejores carreras de la época. También probaba la mercancía y eso lo hacía muy feliz. Obviamente, estamos ante uno de los protoiconos de la velocidad, que, a posteriori, ya en los 60/70, enfundados en monos ignífugos de los caretos de McQueen o Newman. Marcarán el estilo de la estrella hollywoodense cool y viril. Evidentemente,  esta pasión le llevó a tejer una gran amistad con famosos pilotos de carreras. Reid era tan intrépido y precipitado como su físico. Uno de actores más atractivos de aquellos tiempos. Sin embargo su premura libertina fue un arma de doble filo a lo largo de su corta pero dilatada vida: unos lo idolatraban y otros lo censuraban por no decir que lo envidiaban. 
















Reza la leyenda que el sagaz Griffith  —descubridor de su talento— que le sacó de más de un entuerto con la ley por sus excesivos derrapes con la velocidad y el alcohol y las drogas. ¿Quién hubiera pensado, que el mozarrón Reid, lo mataría la morfina, en una jeringa Pravaz, y no su veloz Marmon?  Y es que la vida da muchas vueltas. Demasiadas; por no decir volteretas mortales. Sepamos de lo que un hombre puede ser capaz en tan sólo 31 años. Wallace Reid nació en abril de 1891, en Saint Louis (Missouri), dentro del seno de una familia, muy unida al mundo del espectáculo. Su padre, Hal Reid, fue un reconocido escritor, guionista y productor teatral, que alcanzó un gran éxito representando sus obras teatrales por todo el país. Su madre, Bertha Westbrook, para no desentornar la variable genética llegó a ser una actriz teatral, de las más conocidas, por aquel entonces. Wallace actuó por primera vez en el teatro a los cuatro años de edad, y, de aquella infancia siguió  participando en más obras. Empero, sus padres prefirieron darle una educación más profunda y lo enviaron a la Freehold Military School (una academia militar). Durante los primeros años de estudios estuvo alejado de los escenarios, destacando en las diferentes escuelas privadas en las que estudió, donde reveló una especial inclinación hacia la música y los deportes (gran atleta, jinete y hábil con el piano, saxo y trompeta). En 1910, en uno de los frecuentes viajes que su padre realizó a Chicago para unirse a la productora Ployscope Selig, Wallace tuvo la oportunidad de visitar unos estudios de cine. En aquél instante, se quedó mirando toda la tramoya que le rodeaba, y no se lo pensó dos veces: su sueño estaba delante de él. WR quería ser cámara, confesando a su padre, que es lo, que le pedía el cuerpo. Sabía que en aquel oficio del cine, el modus operandi era muy parecido al castrense, y lo de empezar de abajo, o congeniar varias actividades era la nota común. Su padre aceptó la decisión, no con muy buenos ojos. Le hubiera gustado más que se hubiera dedicado a la medicina, pero quiso que Wallace Reid fuera feliz. Evidentemente, el joven  Reid entró en el negocio del cine y comenzó a trabajar como auxiliar de director, escritor o director y de casi todo antes que ponerse delante de una cámara. WR observaba como el mundo donde había aterrizado era una burbuja fascinante, embrionaria y emocionante: como un cuento de hadas. La vieja Babilonia era el lugar donde el séptimo arte cambiaba a la misma velocidad que la aparición de nuevos ingenios industriales. Un mundo lleno de talento, experimentación y por encima de todo, repleto de creatividad. Un sitio donde aquel intrépido y apasionado WR observaba —atentamente— anonadado, todo ese parque de atracciones. Tomó notas de algunos de los grandes maestros y  pioneros. Así como el que no quiere, pero dada la ocasión, que era una perita en dulce: termina interpretando su primer film, "El Fénix" (1910), compartiendo cartel con Milton y Dolly Nobles, dando vida a un joven reportero. Papel que interpretó a la perfección. Por aquel entonces, WR se encontró con apenas 17 años con su futura esposa; Dorothy Davenport era la sobrina de Fanny Davenport, una de las mayores actrices americanas, por antonomasia e hija de Harry Davenport, toda una leyenda de Broadway. Actor favorito entre el público y la crítica. Ella era una chica realmente hermosa, de una personalidad asombrosa, con un talento enorme que demostró en algunos films de la Universal. Esa naturaleza eclipsó al joven Wallace, especialmente, su pelo castaño rojo y sus ojos azules oscuros. Además, tampoco era tan idiota para saber que era una chica con parné. Continúo trabajando duro y pasó a la escritura, con mayor ahínco, en calidad de dialoguista y ayudante de dirección. Finalmente es contratado por el director  Otis Turner de Universal, como asistente guionista y segundo auxiliar de director de fotografía. WR creyó haber encontrado su sitio y el lugar en la vida que anhelaba. Así, como el devenir de la vida, el paso de los años y algo tan prosaico y natural como trabajar. Bien, trabajando, pero claro, uno más de la empresa. En el fondo, un joven desconocido. Eso sí, asistente de dirección. Wally Reid afrontaba una segunda década crucial, dentro de su más inmediato futuro. Wally Reid se enamoró de  Dorothy Davenport con boda a la vista. Además,  a los pocos meses, se inicia el conflicto de la I GM. Wally Reid. Este contratiempo dejó a WR lleno de contradicciones. Algo así como una relativa falta de seguridad en sí mismo. En su más remoto interior se sentía un patriota, un americano más, que tenía que aportar su entusiasmo para librar una batalla contra el mal. Pero otro parte de su ser dudaba de los resultados y el beneficio para él del conflicto, dada la excelente reputación y estatus que estaba adquiriendo su carrera. Finalmente, el registro del departamento de guerra de Wally Reid dio el veredicto de individuo no apto para atacar en el frente. Y lo más doloroso el sellado indeleble con una “S”, en negrilla, que se podía interpretar como holgazán o escaqueado. A  los  ojos del joven Wally se produjo una desazón y sentimiento de fracaso, incluso de traición. Interiormente, no dejaba de cuestionarse su decencia y valía, que vía derrumbarse, por las cotas de grandeza de la propia familia Reid. Las emociones y estremecimientos  del rojo, blanco y azul en su sangre, maceradas por las generaciones de hombres, que desinteresadamente ayudaron, a hacer lo que era y marcar el carácter del apellido Reid. No obstante, colaboró desde EE.UU con la creación de hospitales de veteranos y las diferentes colectas benéficas para todos los heridos de la contienda. Sin embargo, la música de fondo era muy triste. Dorothy Davenport, ya se había consolidado como una estrella de las películas.
















Así como la mayor influencia  en la vida de Wally; su comodidad envuelta de amistad y fortaleza ante los temores internos del apuesto WR. Algo que siempre supo valorarlo y comprender, pues, la carrera de Wally no fue muy larga. Siempre tuvo muy claro, que una de sus mejores amistades, en el buen sentido del término fue su mejor amiga y nunca dejó de serlo hasta en sus agónicos instantes finales de existencia. Dorothy Davenport era la brújula que respiraba sentido común, en un entorno de locura y excesos del propio Hollywood. Mujer de un excepcional sentido del humor y enorme lealtad. Wally Reid estaba muy orgulloso de ella y a pesar de sus desparrames, tormentos y desordenes nunca hubo mejor persona que ella. De las muchas mujeres a la que WR accedió ninguna le dio lo más importante: el sostén y la templanza que mantuvo DD. Si alguna vez una mujer mantuvo las manos firmes, de un hombre, esas fueron las de Wallace Reid. La vida siguió y las casualidades del destino pusieron al mocetón WR delante de D.W. Griffith, en 1915. Aquel físico dejó fascinado al maestro del Nacimiento de una Nación. El legendario y visionario film que descubrió al mundo: el arte prístino cinematográfico, en estado puro. Y por ende, Wally Reid, en todo su esplendor. El poco espacio que apareció en la pantalla tuvo —el papel del  estupendo herrero— el suficiente eco para convertirse, en ese nuevo Gaminedes, que desprendía  sexualidad por los cuatro costados. Ese eterno masculino pero con un deje de jovialidad puramente americana. Poco a poco, WR inicia un encadenamiento de rodajes que le llevara a actuar con las grandes divas del momento: Florence Turner Gloria Swanson, Lillian Gish o Geraldine Farrar. Reid firmó más de cien cortometrajes, y actuó en más de sesenta películas para la productora "Famour Players", después llamada "Paramount Pictures". Un nombre importante y grande para la rival del trío formado por Mary Pickford, Douglas Fairbanks y Charlie Chaplin con su audaz UA. Wallace Reid se convirtió de la noche a la mañana en el amante más perfecto de la "pantalla". Siendo querido por mujeres, admirado por hombres y niños atemorizados. Todo el mundo alucinaba con el chico que olía a lavanda francesa: Douglas Fairbanks, John Gilbert o Rudolph Valentino o una jovencísima  Clara Bow que llegó a esperar más de ocho horas para ver el aspecto personal de Wally en Brooklyn. Tenía 22 años era grande, guapo, fuerte, lleno de la alegría por vida, aparentemente, ya que pocos hubieran sido los que pusieran la mano en el fuego por su final. Wally Reid ya había consumido dos terceras partes de su vida. Aquel tipo Despertó en el corazón de la multitud un gran afecto, un afecto durable, que todavía emite la fragancia, como la lavanda aplastada. Toda América quería al machote bonachón de Wallace Reid que hizo las delicias, de su público, en Carmen 1915 Cecil B Maria Rosa 1916 Juana de Arco 1917 Cecil B Cecil B"The Roaring Road" (1919)“El Valle de los Gigantes” (1919)Wallace Reid with serial star Ann Little in "The Source" (1918) Excuse my Dust (1920) y Los Asuntos de Anatol (1921), trabajaron con Dorothy Gish, Gloria Swanson, Geraldine Farrar y Bebe Daniels, cuadros de carrera popularizados incluso Doble Velocidad (1920), Excusa Mi Polvo (1920) y Demasiada Velocidad (1921); Forever  (1921) Too Much Speed (1921) The Charm School (1921) The World's Champion (1922) "Thirty Days" 1922 The Ghost Breaker (1922) The Dictador (1922). El inventario de películas y colaboradores es demasiado extenso para poner en una lista. Alto, bien construido, generoso, era experto con drama, romance, comedia y acción, haciéndole una fuente de dinero principal para Paramount/Famous-Players y el productor que lo adoraba como un niño Jesús en un Belén, Jesse L. Lasky. Empero había algo sobre Wally Reid que busco acomodo, en los sueños, de algún recoveco de su corazón. En toda esta historia hay un halo de amor y pena, que dependían de una fingida cara llena de generosidad. Nadie podía encontrar el auténtico motivo de ese afligimiento que buscaba a Wallace Reid. Ni el mismo supo donde residía. Un misterio que sólo tendrá contestación tras los acontecimientos que ocurrieron en diferentes rodajes. Eso sí, nadie le podrá decir al bueno y hermoso de Wally que fue el hombre más amado de su generación. En la agreste Babilonia Californiana, la vida era un Far West con una ley; el dinero rápido. Los estudios produjeron películas mudas como buñuelos en la semana fallera. El trabajo era agotador y dañino. El inicio de un día cualquiera eran jornadas de catorce a dieciséis horas. En la mayor parte de las ubicaciones sin soporte clínico por no denominar aquellos antros de botiquín y jeringuilla de Pravaz: infrahospitales de veterinaria. No existían las grandes roulottes de los actores contemporáneos con todo tipo de comodidades. La familia muy cerca, sus managers con sus móviles preparados para la llamada, al superabogado Pitbull, ante el mínimo imprevisto. El actor es puro capricho e imaginación, claro que estamos en 1918-19 y se nos olvidaba que  estábamos en  el Viejo Oeste del inquietante cine mudo. WR, independientemente, que fuera una máquina de hacer dinero y muy buena. En cada escena de la película de turno, especialmente, aquellas donde la acción fuera uno de los leitmotiv, siempre había accidentes, a veces, con final trágico. Wallace Reid sufrió dos percances que cambiaron el devenir de futura carrera. Unos accidentes de esos, que sales a trozos, o, en una caja de pino. El primero de ellos se produjo en el rodaje de un cortometraje Loves Western Flight (1913) que produjo como propietario de su compañía Flying A y su jefe el director Allan Dwan. Todo pasó muy rápido.
















Mientras montaba un caballo e intentaba hacerse con varios jacos que se habían escapado por una pequeña espantada. De repente, el caballo se asustó y dobló las patas. La fortuna fue tan caprichosa que la posición del equino fue con todo su peso hacía la pierna izquierda de Wally. Hasta que pudieron levantar al caballo, WR estuvo soportando estoicamente un dolor insoportable. El rodaje debía de seguir y apenas se pudo parar. Esto derivó en una lesión crónica, que sólo la paliaba, a través de infiltraciones de morfina. Su primer acercamiento a la cromada jeringuilla de Pravaz. Wally siguió trabajando pero ya era un adicto a la morfina, además de beber lo suyo. El alcohol se convirtió en el denominador común, de un mundo, donde el whisky y la ginebra caían a gogó. Hasta la prohibición. Y la industria del cine, como todos negocios de por entonces, anduvo muy bien suministrada. A pesar de su ilegalización en los años venideros, en rodando una película llamada “El Valle de los Gigantes” (1919), Reid  se hirió gravemente, en un accidente de tren, al descarrilar el vagón de cola que transportaba al equipo. Wallace cayó por un puente y se llevó un golpe fuertísimo que le causo un traumatismo y necesitó de varios puntos de sutura para cerrar la herida de su cabeza. A partir de ese instante, WR, comenzó a soportar unos dolores terribles de cráneo, que prácticamente le impedían actuar. Para poder seguir con el rodaje se le recetaron innumerables chutes de morfina. Al terminar la película, Wallace ya estaba enganchado. Al tiempo que Wallace seguía protagonizando sin descanso un gran número de películas; su adicción a la morfina era cada vez mayor y también sus necesidades de consumo. No tardó mucho tiempo la prensa en comenzar a extender rumores en los que se mencionaba a un popularísimo astro de la Paramount adicto a las drogas. Una adicción que avanzó al mismo tiempo que su consumo de alcohol. Pronto, los periódicos comenzaron a dar señales de alarma. Aunque intentaron, al principio, mantener oculto el nombre de Wallace. Al final, apareció el Variety de 25 de noviembre de 1920, donde se leía muy bien lo siguiente: Thomas Tyner fue detenido con siete paquetes de heroína en su poder. Según, su declaración, Tyner estaba entregando la droga a una de las mayores estrellas cinematográficas, y, ya era la segunda entrega que le hacía. La prensa le cogió el gusto al bueno de Wally, en esta ocasión, le tocaba al Herald de los Angeles, que el 25 de mayo de 1921 publicaba en primera página la noticia la detención del traficante Joe Woods. Woods era un viejo conocido dealer de los Angeles, de una larga trayectoria en el tráfico de estupefacientes. La bomba informativa no era la detención en sí del camello, sino que WR estaba requiriendo sus servicios en el momento de la detención. Lo más sórdido del affaire, es que Wallace Reid había quedado con Woods en su casa para comprar las dosis. WR estaba de los nervios y la cosa no parecía calmarse. Ya que en otoño del mismo año, el 23 de Septiembre, la revista Variety  publica una nueva noticia en su portada, en la cual, se relacionaba al defenestrado Wallace Reid con el problema, de su adicción a la morfina, por culpa de la mala vida y el sempiterno dolor crónico. Esta vez apuntaba directamente a su mujer DD como cómplice, encubridora y facilitadora del popular opioide, en vez de alejar a su esposo de tan execrable afinidad. La situación era insostenible, pues, Reid estaba con un síndrome de abstinencia brutal. Es más, en el rodaje de la película que se llevaba a cabo, no quedó más remedio que sujetarlo para terminar de filmar los últimos planos. En marzo, del año 1922 WR, ante su incapacidad para soportar una vida dentro de la lógica, se toma la decisión de ingresarlo en una institución, que tenía más de tétrico sanatorio, que de hospital chic para todo tipo de personajes y patologías mentales. Wally Reid estuvo recluido el resto de los siete meses que cubrían 1922. Completamente aislado en una celda del sanatorio. Empero, la retirada de facto de la morfina, lo que consiguió fue descontrolar el poco equilibrio emocional y cognitivo que Wally aún tenía. Se comentó que con Wallace Reid se utilizó un polémico método llamado la “Cura de Barker”. DD siguió al pie de la letra, cualquier esperanza clínica, viniera de donde viniera; estaba desesperada y accedió a los remedios del Dr. John Scott Barker. Este extraño galeno expuso su propuesta de tratamiento a la Sra. Reid. Según, susodicho, especialista; el metodo —venido desde Oakland— era puramente clínico/medicamentoso. Se les presentó a la Reid como algo novedoso, en este nuevo mundo de las adicciones. El Dr. Barker puso como ejemplo a su  clienta más famosa, la actriz Juanita Hansen, dijo que aquella cura estaba repartida, en un cóctel de píldoras desconocidas, medicinas, vitamínicas y una estricta dieta para sacar todo el veneno que permaneció en mi sistema. Los rumores de una historia por un sitio, y otra por allá dijeron, que las píldoras eran tan sólo, medicinas de reemplazo, que tuvieron un efecto de protección de una patología explicita. Sin embargo conseguía una nueva adicción del paciente.

















Entre los muchos compuestos que utilizaba este estrafalario médico tenía todo un arsenal de farmacología letal; Adrenalina, efedrina, luminal, emetina, escopolamina ilocarpina, tetraamina espermina y etc. Muchos de estos productos eran raíces y hierbajos de las selvas amazónicas, sin testar y algunas de ellas utilizadas en veterinaria. Los resultados fueron un escenario de nueva adicción a todos estos productos. Pero todo cambio, en menos de un mes, Wally Reid  cada vez iba a menos. Finalmente se decidió realizar este último tratamiento más agresivo en su mansión Las medicinas y la bebida bajaron su inmunidad. Reid, era un harapo con una percha de  metro y ochenta y cinco centímetros, que no se reconocía ni, en un espejo de feria. Reid cayó  una profunda depresión profunda, en compañía de la del cuello largo, whisky, que entraba en su destartalado organismo: lo único que quería tomar. La combinación de la morfina y el alcohol iba a ser mortífera para el futuro de Reid y su espíritu. De repente, WR se presentaba agotado entre sacudidas y temblores, delirios, boca seca y disentería se apoderaban del joven actor. El resultado era la cura o la muerte. Mucho más eficiente, a la hora de acabar con la vida de una persona, que conseguir una reanimación estimular. Estas mezclas inquietantes se inyectaban directamente, en el tórax de Reid, con la vieja conocida jeringuilla Pravaz. Los efectos secundarios eran horrorosos y macabros en su sistema nervioso: la pescadilla que se come la cola. Reid se iba ahogando poco a poco. Wally se quedó allí durante seis semanas. La anécdota más espeluznante que quedó para los anales de la historia del malogrado Wallace Reid pasó en 1922. WR estaba trabajando en el film 30 días. Según palabras del gran Henry Hathaway ayudante de dirección de la película comentó: la mayoría de días era incapaz de levantarse y ponerse a trabajar delante de la cámara.  Iba dando tumbos. Había golpeado una silla y decidió sentarse en el suelo, con la mirada completamente ida. De repente, comenzó a gritar a lo bestia, sin sentido ni lógica. Lo levantaron y lo colocaron en una silla. Allí sentado y empezó a llorar. Los lloros terminaron en zozobra y finalmente se decidió llamar a una ambulancia, que lo llevó al hospital. Obviamente era bien sabido que Wallace Reid era un adicto politóxico; la morfina por imposición del negocio, la  heroína como escapada y sustituta de la morfina clínica y la cocaína para estimular lo poco que quedaba de la fortaleza de Reid. Wally se había convertido en un penoso yonki frágil y delicado. Su devaneos con los dealers más conocidos de los Ángeles le pasarían factura muy pronto. Wallace Reid comenzó a actuar en un gran número de películas. A lo largo de su corta vida interpretó 100 cortometrajes y 60 films (muchos de ellos desaparecidos o destruidos por el tiempo  e historias oscuras) junto a grandes estrellas del cine mudo como Florence Turner, popularísima actriz conocida como "Chica Vitagraph", Gloria Swanson, Lillian Gish y un montón de actores conocidos y no tan conocidos. Cuando WR se daba cuenta que todo el proceso de cura se estaba yendo al garete; repetía una y otra vez: me muero, me muero… Todo esfuerzo fue en balde. Su esposa lo trasladó a un sanatorio privado donde se desecó en un cuarto acolchado. No mejoraba. Y se moría lentamente. Aquella noticia del  internamiento en el sanatorio psiquiátrico de  Wally Reid generó un tremendo shock entre la población de EE.UU. Estamos hablando de una leyenda del cine mudo, en un contexto socio-cultural, donde Wallace Reid era el tótem del ideal del joven —Made in Usa— por antonomasia. Aquel hombretón, fuerte como una roca, guapo y sexy estaba en su peor momento. El encantador Wally, en un triste 18 enero de 1923 con tan solo 30 años se marchaba de este mundo. No sonaba Jazz del saxo, ni notas las bellas melodías del piano o el violín ni los ingeniosos chistes, ni los besos a Florence. Tenía 31 años. En una de las célebres entrevistas que dio a una periodista de crónicas cinematográficas dijo lo siguiente: “Adoro apresurarme. Si siempre me fuera en coche gastaría probablemente la mitad de mi dinero para multas para romper las leyes del camino. Si acelero más, en un camino abierto o a través del aire, siento una oleada de sangre, a través de mis venas que va directamente al ritmo de mi velocidad repentina”. El mejor amante de la pantalla muda tras la bendición del médico patólogo cerraba sus bellos ojos para siempre. En el  funeral de Wallace Reid estuvieron junto a la viuda Dorothy Davenport: Noah Beery, William Desmond, Ed Brady, William S. Hart, Eugene Pallette and Benny Frazee (su chófer particular). El féretro fue sostenido por  Victor H. Clark (en representación de los actores de la productora de Lasky) Jack Holt, Antonio Moreno, Conrad Nagel, Theodore Roberts y and Sam Wood. Así terminó la corta historia del Ganimides de la pantalla silente: la primera gran víctima de la aguja de Pravaz. Aquel 18 de enero fue uno de los días más tristes de la historia de la cinematografía mundial.









                          Dedicado a Mauren O´Hara Agosto 1920/Octubre 
2015 In Memoriam












Biografía consultada y recomendada
Wallace Reid: The Life and Death of a Hollywood Idol  by E.J. Fleming Ed. McFarland&Co (2013) 
Wally: The True Wallace Reid Story by David W. Menefee Ed. BearManor (2011)




                                   
 

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