Hollywood Confidential; PSH y el centenario de Burroughs

febrero 06, 2014 Jon Alonso 0 Comments









Hollywood siempre se ha ufanado de grandes loas y miserias, en torno a la desgracia del suicidio. La colina de las vanidades es demasiado orgullosa. Su inmenso ego es capaz de lamotearse el más mínimo de sus estigmas. Cacareadísima está siendo la triste perdida del actor de Fairport (NY), Philip Seymour Hoffman. Una víctima más, al largo elenco de fallecidos por sobredosis de opiáceos o sustancias psicotrópicas. Las muertes de todas estas grandes estrellas, se han caracterizado por el mutismo que las envuelve. Desde el mito por excelencia, Marilyn Monroe pasando por el primer suicidio del cine mudo: el  inefable Max Linder. O la triste, Carol Landis que siendo la novia destrangis del ínclito Rex Harrison. No aguanto más y el Sercobarbital hizo el resto. O el francés, Charles Boyer que tras la el afligimiento por la muerte de su esposa, decidió que el Seconal haría un buen trabajo. Caso, excepcional, fue el de la hija del puto amo, John B. Su hija Diana Barrymore, actriz sin mucha fortuna. Un par de años antes, de la divina de las divinas, puso fin a su vida con un gran cóctel de alcohol y barbitúricos.



















Y en 1962, falleció el icono más Hollywoodense de la historia del siglo XX, Marilyn Monroe. Feneció entre alcohol, los barbitúricos y mil misterios que siguen haciendo de la bella Norma, un filón de oro. Hasta llegar al talentoso y exótico chico australiano, Heath Ledger. A modo de broma macabra, ni en su mejor papel cinematográfico: el malvado bufón de Joker, nadie lo hubiera imaginado. El bello, Heath  acabó con su vida tras un intenso combinado de farmacia que haría las delicias de una Unidad de reanimación hospitalaria y así hasta llegar a un largo etcétera. Pues, la lista de las decisiones amargas y las perdidas amadas es demasiado larga. Ya ha llovido. Empero, cambiemos el plano en un ejercicio de entre lo funambulesco y el couché grotesco; la piel de toro y su esperpento cañí: Carmina Ordóñez, Antonio Flores o Enrique Urquijo (estos últimos músicos con un gran legado). Añadimos una de las tantísimas listas de ilustres adictos que irían desde las fallecidas: Marisa Medina y Amparo Muñoz por enfermedades de tipo crónico. Y los que andan en activo; Joselito, el boxeador Poli Díaz, o el pijo Pocholo Martínez-Bordiu junto con el killer, Coto Matamoros. No quedaría suficiente kleenex en España para llorar sus sempiternos lamentos entre farlopa, valium, anfetaminas, alcohol  y heroína.
















Bien, visto el vericueto hacia donde nos lleva este affaire. Lo tengo claro: No hay color, a mí me pone Vanity Land. Allí, donde la policía del viejo Hoover tiraba los cadáveres de los sin papeles, chaperos, negros, prostitutas, dealers de poca monta y algún despistado comunista que pasaba por el arcén; en los derrubios  que sustentaban las célebres letras de la villa de todo o nada. Un pena no haberle añadido al mojón aquello de “Welcome to Hollywoodland” y practiquemos la  eugenesia del aburrimiento. Conjugamos el verbo aburrir tanto en primera persona ('me aburro'), como para reclamar distracciones en tercera persona ('Fulano me aburre') o simplemente, expresar la molestia causada por algo o por alguien especialmente fastidioso. Evidentemente, PSH era un actor excepcional con un vició incorregible. En el cajón de su estudio neoyorkino la policía de los viejos, Bochco&Milch encontró 50 papelinas del mejor caballo del Lower East Side —donde su benefactor Señor Lobo— nunca pudo llegar y limpiarle la mierda. ¿No conocen a Ray Donovan? Es una pena todo el mundo tiene un Ray Donovan si trabajas en Hollywood y eres muy famoso.

















El caso es que PSH, lo dijo por activa y por pasiva. «Es la única droga que siempre he creído que merece la pena tomar, pero tienes que esperar. Nunca se me ocurrió tomarla hasta que tuve 22 o 23 años. Tienes que haber alcanzado ya tu correcta posición en la vida » (sic). Apenas pasa un día, y nos quedamos sin alguien querido e idolatrado. Posiblemente, en su trabajo y en su caso del bueno, siempre quede ese poso de la confidencia impagable que algún compañero muy cercano sabía o guardaba con celo, sobre el bueno de PSH. Seguimos escuchando noticias de esta índole y no saben lo duro que tiene que ser para sus Sres. Lobo y familias enterarse. Sin embargo, el debate no va a la calle como el del aborto ni mis amadas amigas del colectivo  tetamen femen fatal. Ahora, me gustaría verlas  con las putas drogas. O acaso, ¿no todos los días nos drogamos? De carajillos, vinos, cañas, fritos de maíz, ajoaceites de Mercadona, aspirinas, paracetamoles, frenadoles o pantoprazoles con profiteroles en Navidad.


















Hablamos de los putos enfermos crónicos, zombis ambulantes. Ahí, me apunto yo. Morfinómano con pedigrí. Algunos triunfadores usan drogas. Pero, hay una cantidad de ciudadanos abocados al tedio que consumen—digámosleslas drogas políticamente correctas. Y después, el subgénero de los que no saber qué hacer con ellos. Verdaderos heraldos de la caja del colectivo de farmacia. No saben la cantidad de viajes a Disneylandia que le he financiado a mi farmacéutica del barrio. Últimamente, muy combativa con la consejería de salud. Por mucho que les fastidie a los modernos inquisidores, la lista de usuarios de drogas célebres y no necesariamente arrepentidos es enorme. Abarca muchos más ámbitos que el show business. Científicos como: Freud, Edison, Alexander Shulgin, Carl Sagan o Stephen Jay Gould, Paul Erdos y premios Nobel de ciencias como Kary Mullis, Richard Feynman o Francis Crick—que al final salieron del armario— reconocieron en su día el consumo  de cannabis y otras sustancias alucinógenas. Y la lista iría a más, si no sopesara sobre esta estúpida sociedad el estigma de drogadicto y el sambenito que te van a colocar en un periquete.



















Sería tan absurdo atribuir los triunfos de estos y otras celebridades al consumo de sustancias prohibidas, tanto como   insistir — repetidamente— en que todos aquellos, que las consuman estarán condenados al fracaso. A veces, los supuestos  triunfadores también consumen drogas, lloran y van al cuarto de baño a hacer popo. Le pese a quien le pese. Cuando lo sencillo sería hablar del arte de morir. En la Antigua Grecia la eutanasia no se planteaba como un problema moral ya que la concepción de la vida era diferente, para este pueblo una mala vida no era digna de ser vivida y por tanto ni el eugenismo, ni la eutanasia complicaban a las personas. Cicerón le da significado a la palabra como muerte digna, honesta y gloriosa. Ahora, que se cumple el centenario de William Burroughs; escritor, bisexual y adicto hasta el último día de su vida a todo tipo de estupefacientes y psicotrópicos. Mientras,  Hipócrates no salga del Guadinana. D. Guillermo y yo, nos salvamos. Y si sale de la cueva Platón con aquello: “se dejará morir a quienes no sean sanos de cuerpo”. Chungo cubata. Entonces, hablaríamos sobre la ironía del destino de este amanuense que les habla desde su Bypass inundado de Tramadol. Sólo nos me queda el genial Burroughs, travestido de negro literario y aquello de “El lenguaje es un virus”. Siempre nos quedará un día en la hoguera de Torquemada y un amanecer en la torre de Londres.


























Dedicado a las Undes. del Dolor de la Sanidad Pública Española y a Philip Seymour Hoffman, (In memoriam)