La ingenuidad se vistió de femme fatale; Olive Thomas




sábado, 22 de marzo de 2014



La vida es absurda y sabia; naturaleza en estado puro. Las hijas de Zeus son verdaderas adictas al dominio de la carne y los placeres más oscuros que no caben en una cesta de huevos de oca, ni tan siquiera en la alforja de un esbirro de Luciano. Y es que el poder de la adicción es insobornable, infranqueable e inexplicable. La juvenal agraciada, Oliva R. Dufy—alter ego, Olive Thomas— estaba harta del olor a hulla y el horrible frío de Charleroi en Pennsylvania. Había una familia, como en toda historia de vecino. Empero, la cosa iba directa al orificio lagrimal; sniff.  Su padre falleció cuando ella estaba en edad de jugar con las muñecas. Y ahí Oliva, sacó arrojos. Había que traer un plato de alubias a casa,  ya que  dos hermanos y una madre hambrientos pidiendo manduca; son estómagos en do mayor. Este tramo de la vida familiar, seguía igual de feo. La empresa de sacar adelante a  su madre y sus dos hermanos menores se veía como un muro de hormigón en Sing Sing. El hambre apretaba y en 1911, no lo pensó dos veces. Buscó un marido por la vía rápida.  Apenas, cumplidos  los 16 se casó con Bernard Krugh Thomas, en McKees Rocks, Pennsylvania.  Dos años duró el idilio y un trabajo que le instruyó en las relaciones sociales comerciales como dependienta en unos almacenes de Pittsburg. Lo dicho, volvió con su familia de Pennsylvania para trasladarse a NY yendo donde, el azar de las ondas de un boomerang le dejaron en las puertas de unos almacenes en Harlem.






Y como en la vida, hay un día donde los boletos de la suerte vuelan. Se agarró a uno, que ya no soltó hasta su muerte. Su nueva órbita se antojó ganadora. La sonda del bing bang tocó su corazón y sus deseos se vieron cumplidos, relativamente. Gracias a un concurso de belleza y, esencialmente, las galanterías sociales del artista Harrison Fisher, aterrizó como chica pin en el Saturday Evening Post. Lo mejor de todo es que, el colega Fisher remitió una carta de recomendación al productor teatral Flo Ziegfeld  y en unas semanas, Olive Thomas era corista del prestigioso Follies Ziegfeld. Su celeridad en el mundo de las perlas, las pitilleras, los bolsos de piel de cocodrilo, los perfumes de Dior de las Romanov y las chinchillas de Paris eran reales y palpables. Inicia su carrera en unas  representaciones, cuasi,— show nocturno— para adultos y gente VIP, donde nuestra querida femme iba bien ligera de ropa. Solamente, le acompañaban unos globos de goma—imprescindibles— para que la platea entrará en pleno éxtasis de gozo. El juego consistía, a ver quién explotaba con sus Montecristo incandescentes; los balones de látex. Hasta dejar a las artistas como los dioses osaron posarlas en el planeta Ká dingir.






Todo valía, como el collar de perlas que le obsequió el embajador alemán. Artistas, coristas, aristócratas, ricos camuflados de ruina, gangsters, soldados de permiso tras días de trinchera por el viejo Flandes y etcétera. Así, como embaucadores de tres al cuarto. Ven como la vida es sabia. Se lo había apuntado, anteriormente. Nadie quiere volver al principio de toda esta historia. Además, la diversión es adictiva. Cuánto más mejor…Aún más, cuando quien tienes delante es el pintor Alberto Vargas. El rey del aerógrafo art déco, así como un  exquisito ilustrador de Pin-ups. Y luego, el palacio de Nabucodonosor; el puto Hollywood a tus pies. La vida de Miss Thomas comenzó a funcionar como un montaje sincopado de Thelma Schoonmaker. Rueda sus dos primeros films con éxito de  crítica y público. Y llegó Myron Selznick. Cuando aparece ese apellido, fijo que firmas en una servilleta con el bolígrafo del camarero de turno; lo que te pongan encima de la mesa. Terminó siendo la nueva flapper de turno, al alimón de nuestra vieja amiga Bow, Brooks y la Crawford. Sus últimos films; ”A Youthful Folly”(1920) y “Everybody's Sweetheart.”(1920) fueron un pelotazo en las taquillas de los EE.UU. La delicada y hermosa Olive Thomas estaba en el club de las 3000.






Es decir, aquellas actrices de la colina de Sodoma y Gomorra, con un sueldo de tres mil dólares a la semana. Olive Thomas era el perfecto reflejo del éxito: belleza y fama que ni Fitzgerald lo hubiera firmado con su mejor estilográfica. Dos años antes del gran misterio del viejo edén de Griffith, nuestra dulce ninfa se casó destrangis con el galán y exitoso Jack Pickford, a la vez hermanísimo de la Señorísima  Mary Pickford—reina— de aquel burdel llamado Hollywood. Estoy convencido que el apellido les suena. ¿Verdad? El primero fue el que envolvió a la dulce y virginal Olive Thomas. La segunda la bruja de su cuñada. La pareja se podría definir una especie de un protoconsorcio tipo Brangelina de la época, con mentes y gustos muchos más depravados. Amantes de la diversión, las drogas, las fiestas hasta el amanecer y las hiperorgías. Así como su gran gusto por el fashion victim de aquellos deliciosos 20. Indolentes a la realidad cotidiana; frívolos y divertidos.






La relación de ambos también se caracterizó por una tormentosa convivencia, donde la lucha era la salsa y la pasión que edulcoraba el amor diario, los cuales, se profesaban. En el fondo, según archivos policiales del FBI y la gente de Capone: un par de yoquis insoportables. Sin embargo, el showbussines que tenía organizado, la colina de las Vanidades seguía con avidez esta relación, como su autovía—personal— dirección a Sumer. En una ocasión, el oftalmólogo y especialista en drogas, Aleister Crowley quien llegó a definirse como el hombre más malo del mundo, viajó a Hollywood y sentenció: "era una lugar lleno de locos por la cocaína y el sexo". Eso sí, repleto de una asepsia entre crimen organizado y astrología que dominaba aquel zigurat, el cual, anteponía su egolatría para conseguir sus fines. El 12 de agosto de 1920, Jack Pickford y su esposa Oliva Thomas subieron a bordo del transatlántico de Cunard el Imperator RMS en puerto de Nueva York. JP, declaró que sería una "Segunda luna de miel".







Una legión de paparazzi de la época cubría el evento. Aquel juego diabólico y tedioso que se convertía en algo así como un protoSálvame 24h por vía paretal, de toda la prensa del higadillo alocada años 20. Evidentemente, aquel Hollywood día sí, día no; recreaba en sus gacetillas los desvaríos de sus nuevas estrellas, junto al aluvión de filmes que se hallaban en rodaje. Algo así como los bisabuelos del twitter de Variety. La mañana del 10 de septiembre, un sirviente del Hotel Crillon acostumbrado a usar su llave maestra para entrar en la Suite Real, con servicio VIP de desayuno. Se dio de bruces contra una capa de la ópera, que hacía las labores de cubre del cuerpo de una joven desnuda. En sus manos sostenía una botella de bicloruro de mercurio. La suite fue registrada a nombre de la Señora de Jack Pickford, la hermosa Olive. La rumorología y diversas fuentes informaron, que Miss Thomas había estado hasta altas horas de la madrugada, de ronda emulando a los extraordinarios crápulas del simbolismo francés; Rimbaud&Verlaine. Una ronda por los diferentes clubes de la ciudad de Eiffel. Acompañada por  un sequito de canallas, dealers y demás lumpen  del submundo parisino. Todo parecía indicar, que anhelaba  comprar una gran cantidad de heroína para su esposo, el cual,  era un adicto. Ante la impotencia de no poder hacerse con tan preciado botín: decidió suicidarse.








Las autoridades galas, dejaron bien claro, que su muerte fue por envenenamiento de mercurio. Esto arrojó todo tipo de especulaciones. Se aseguró que días antes la pareja había sido vista por la creme más fúnebre del canallesco y peligroso  Paris, donde era fácil encontrar drogas. El tour de forcé vino con la detención de un oficial de la armada norteamericana que trapicheaba —digamos—, a modo de pluriempleo para sacar unos dólares de más, a fin de mes. Confesando, que la deseada pareja estaba en lista de sus clientes habituales. A día de hoy, se  confirma la tesis, en la que Olive Thomas —la noche de autos— llegó borracha como una cuba al hotel y tomó el mercurio, por error. Pócima pautada a su esposo para paliar el tratamiento de la sífilis. En cualquier caso, podemos hablar del gran escándalo con visos de puzzle Agatha Christie. Sin embargo, entre las sonrisas de pose para las portadas del coure y la verdadera vida de los que las lucían había un abismo, que no invitaba a cruzar. Olive Thomas, tenía 20 años. Y la historia volvió de nuevo a su viejo cauce, es decir, el dinero—nuevamente— circulando por los bolsillos de estrellas y productores. Así, como el polvo de colores del hampa: la cocaína en su sitio de toda la vida y la heroína muy cerca de ella, el mismo lugar. Matemática pura; propiedad conmutativa. De verdad, sean sinceros ¿quiénes somos nosotros para cuestionar la ingenuidad de Babilonia? Luego, ¡Silencio y motor. Silencio, por favor. Silencio y acción!



















                 Dedicado a Adolfo Suárez, se le olvidó que llevó una camisa azul y nos trajo democracia (DEP)
















Biografía consultada y recomendada

Olive Thomas: The Life and Death of a Silent Film Beauty by Michelle Vogel Ed. McFarland& Company (2007)














 





                                     
 

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