Margarita, la gran bomba fatale




jueves, 30 de enero de 2014






Todo esto es muy vacío. Nunca me dan lo que yo quiero. Y lo único que yo quiero es precisamente lo que quiere todo el mundo: que me amen”, declaró Rita Hayworth en 1947. Y Welles refutó: "lo mandé todo a la mierda. Aquella mujer era mi perdición y mi salvación". Ni las contantes demandas de Rita sobre el gigante Welles ni nada de nada, consiguieron la felicidad de Margarita Rita Cansino. Nacida en Brooklyn a finales de la primera gran guerra del siglo XX. Aquella femme bailó en los cuchitriles más famosos del país formando pareja con su padre, al que odiaba. Un bailarín español de origen —sevillano— pariente cercano del célebre traductor Cansino Assens. Su familia se lanzó a la aventura del nuevo mundo. Los malos tratos fueron moneda de cambio común con la joven Margarita. Todo ello, dentro de un contexto familiar indolente y en gran parte, consentido por su madre una bailarina de origen irlandés del Ziegfeld Follies. A la Hayworth le costó llegar al estrellato. No tenía alma de trepa. Muy diferente al canon excelso de la belleza propia de María Félix o  Ava Gardner. El caso de la  Hayworth presenta semejanzas con la más hermosa de la hermosas, Miroslava Stern. Contextos diferentes pero llenos de ese hálito de tristeza. Obviamente, Rita no era una gran belleza natural. Y es que, no hay nada más cierto; que una forma ordenada de morir sea una vida—arregladamente—dirigida hacia la medicina de la hipocresía: la cirugía estética.
















La Hayworth, poseía unos labios hermosos que cercaban una impresionante sonrisa, en la que los tramoyistas de Dr. Dermoestética se pusieron a trabajar. Y lo hicieron de maravilla. Inicialmente, se le sometió a una dolorosa terapia de electrólisis que le engrandó la frente. Pues, el nacimiento de su pelo era muy profuso y la frente demasiado encogida. Esto le borró todo bosquejo de pelo incipiente. Se le tiñó la cabellera de rojo: el distintivo de la casa. El cambio físico junto algún retoque facial de la época daba sus resultados. El resto fue la magia del barniz Max factor. Estamos en Hollywood y dio con su primer esposo; Edward Judson. La situó bien, al  presentarla en Columbia Pictures, productora a la que  llenó sus bolsillos como tantas otras estrellas. Estamos hablando de un negocio Sres., esto es Hollywood. De las pelis de serie B y saraos orientales salta a un papel destacado, en el film de Hawks “Sólo los Ángeles tienen alas"(1939) junto al galán Grant. Primera película de cierta enjundia entre la crítica. Y de algún modo, el despegue de una estrella y un mito; “Gilda”. Bien, como lo suyo fueron los hombres y el alcohol. Es difícil hablar de su segundo gran marido: el genial, orondo y temperamental, Orson Welles. Haywort se casó enamorada de los encantos del hombre de Wisconsin. Pero, fue durante este periodo donde su adicción al alcohol se inicia. Hayworth, solía comentar: los hombres se acuestan con Gilda y se levantan conmigo”. Welles consigue como de costumbre, financiación para su enésimo proyecto de culto; "La dama de Shanghai". Cinta que hoy en día es  objeto de adoración. Pero cuando se estrenó resultó un fiasco. Platinada, sin melena y muriendo al final, Rita no convenció a nadie. Y la bella pelirroja— que otrora tiempo abofeteaba al macho Ford en aquel club de nazis—veía como su vida se reducía a unos espejos rotos y deformes.


















Una metáfora grotesca del día a día junto al alcohólico y violento genio de Mr. Kane. En 1947 se divorciaron de facto. Evidentemente, Welles sin la ayuda de su mujer, jamás habría conseguido los fondos. Primera y última vez que la dirigió, en su primer fracaso comercial importante: Salvo porque le dio una hija que la cuidó hasta su muerte, Rebeca. Y apareció en su vida, el príncipe Ali Khan—un caprichoso aristócrata vividor, que se lo montaba de playboy oriental con todas las bellezas del Hollywood dorado— fue uno de los grandes errores en la vida personal de Hayworth; traspié del que no sólo salió herida en lo personal (no pudo soportar el choque de culturas) sino que, además, la dejó en la pobreza. Al iraní le gustaba gastar dinero tanto como untar la tosta de beluga chorreando por los cuatro costados. La situación era asfixiante en todos los sentidos. Hasta tal punto que, ya algo madura, debió volver a los estudios Columbia a pedir trabajo. Acostumbrada desde niña a provocar sexualmente a los hombres, la Rita adulta parecía creer a veces que los hombres sólo la apreciaban cuando les demostraba sus enormes exuberancias. Ahora estaba en caída libre. El alcoholismo que desarrollo tras la pasión iraní y su adicción a los barbitúricos hicieron mella en su estado físico. Su viejo amigo—dueño y señor del estudio— que le acechaba y cortejaba sin prebenda, Harry Cohn, ofendido tras la boda de la estrella con el príncipe extranjero la sometió a una humillación, cuasi publica, que pocas de su condición lo hubieran soportado: realizar un casting.



















Como cualquier debutante. Pues su necesidad económica era difícil. Cohn, creía que la diva no pasaría por semejante trance y se equivocó. Así, quien había sido el mito más grande del planeta se puso  el mono de faena y fue al casting sin avergonzarse hasta que logro remontar su carrera. Ya no fue lo mismo.Los cincuenta la encontraron con el derrumbe de su vida. El alcohol y las ausencias de memoria avistaban episodios cada vez más cercanos. El declive estaba en marcha. En la década de los 60 hizo muchos filmes clase B. Ya  entrada la década del setenta, comenzó a sufrir los estragos del Alzheimer; enfermedad bastante desconocida por entonces y cuyos síntomas se solapaban con el alcoholismo. Viajó a nuestro país donde vivió un tiempo y mantuvo amoríos entre lo cutre y decadente. La gente se reía de su crepúsculo pero en realidad estaba profundamente enferma. Murió en 1987. Tenía 67 años. Aquel nombre de Gilda bautizó una bomba atómica experimental lanzada sobre el atolón de Bikini, en el Pacífico. De ahí que un ingenioso periodista la definiera como “la bomba anatómica”. Y se cantó aquello de... “Put the Blame on Mame”. Sólo la bomba atómica era capaz de sentenciar con verdades tan letales como: “creía sin reservas que una persona la amaba cuando la persona en cuestión se acostaba con ella”. Y Gilda desapareció de nuestras vidas...

















                                                           Dedicado a Félix Grande, in Memoriam





Fotogramas adjuntados


Gilda (1946) by Charles Vidor
The Lady From Shanghai (1947) by Orson Welles 
Separate Tables (1958) by Delbert Mann




Biografía consultada y recomendada:

Rita Hayworth: “A memoir” by Barbara Leaming Ed. Simon & Schuste (1983)






                                        
 

El Bypass sigue estos blogs

Con la tecnología de Blogger.

Entradas populares

Otras adicciones

El corazón del bypass

El corazón del bypass
Passion Moves

Páginas vistas en total

top navigation

Seguir a 2nd Funniest Thing en Facebook Seguir a 2nd Funniest Thing en Twitter Seguir a 2nd Funniest Thing por email

Google+ Followers

Seguidores

Search This Blog

Contact Us

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

La entrada más visitada

Copyright © 2015 • El Inquietante Bypass