“La canícula de Linda Fiorentino y Baby Jane”

agosto 06, 2012 Jon Alonso 14 Comments









He vuelto del estío y siento que el aire se hace azufre en la ciudad, que las palomas van escocidas de calores e indigestiones por la gula del pico en cucurucho de guiri. Lo primero que me ha venido a la cabeza fue la  carrera de Robert Aldrich, pero las estanterías han sido saqueadas por el ingenio divino de Ionesco en forma de sagaces cacos butroneros— eso dicen los detectives— antiguos miembros de la Securitate Ceaucescu. No la encuentro. Sigue la congoja, mientras rebusco en el caos. Me doy de bruces con “la última seducción” (1994), entre  carcasas de vinilo desperdigadas por los suelos. Sí, aquel film dirigido por John Dalh (“La muerte golpea 2 veces” 1989 y “Rock Red West” 1992), no confundir con el actor Noir, John Dall (otro ingenuo, en manos de Peggy Cummins). Pensé, se nos ha aparecido el espíritu de John Farrow, pues Coppola está presenil y James Gray no termina de creérselo. Dicen los entendidos— entre los que se empeñan en meter a uno— (no tengo la menor de las intenciones) a oficiante agorero, que es el último Noir y los socráticos el primer NeoNoir cartesiano. Me la suda. Sólo, me acuerdo de aquella criatura de pelo lacio y mirada bizarra con un cigarrillo sostenido en la comisura de los labios. Pose aristocrática a la sazón de la vieja escuela. Los de  buena memoria sabrán que era oficio de “Bogie”, pues, los morros del halcón desprendían pegamento Imedio con el papelillo. 








         
                                     






La reviso y me encuentro con una actriz carnal, enjuta y andrógina que sabe moverse delante de los tíos. Lo de tíos—lo digo—ya que el B. Pullman y aquel risueño, Peter Berg son en panavisión and color by de luxe ¿Me ha desaparecido la acromía? Tendré que hablar con el oculista de nuevo. La criatura sabe hacerlo como lo hacía la Stanwyck y la Tierney: jefas absolutas de este negocio. ¿Qué se lo digan a Fred MacMurray y Danna Andrews? Sin embargo, yo soy así como el tango argentino; no puedo quitarme de mis pensamientos la gelidez de Joan Bennet. Me llegó a dar pena un tipo tan peligroso como E. G. Robison en manos de esta mujer. La Bennet, es la que le da porte y altivez a Miss Pensilvania. Se preguntaran que si el sol de poniente me ha generado una nueva tara, puede que estén lo cierto. Las condecoraciones son los caprichos del destino transformadas en cicatrices que tanto le gustaba alardear a S. Pollack. La mías asustan a los niños de la consulta de pediatría y a los metrosexuales de mi gimnasio. Las madres no saben cómo consolar a tanto retoño, y los del comité de la gomina y el tatuaje te esquivan la mirada. Les sugiero el sonajero de Baby Jane. Sigo barruntando… Sin noticias de la Fiorentino  ni de Godot. Estoy muy preocupado. ¿Qué fue de la femme fatale de los 90? He llamado al Olimpo y dicen que pregunte en Londres. Decididamente, me voy al Partenón (la cosa está calentita por Hellas) y hablo con Zeus. Replica el sacntasanctórum que no vuelva a las andadas de la morfina como mi viejo amigo, Barney Ross y deje de buscarle las cosquillas a Tetis.Sigo estupefacto y soñando con Linda. Llamo a Sherlock Holmes, ahora no lleva lupa. Va con Blackberry y tiene wssaupp.

















Eso sí, la misma mala hostia de siempre. Este tipo, que se le dan muy bien los andares en “El Topo” 2011, —esa historia de retorcidos espías— que nos brindó el año pasado junto a Gary Oldman un nórdico vampírico. Me da el soplo: la clave es Lisistrata. No se me había ocurrido el factor Aristófanes— entre barrizales de lenguaje falaz— aquella, estratega de las orgías; ha decretado  huelga de avatares sexuales. No hay efluvio que supure  este verano y el mensaje va directo a todas las femmes. Ni siquiera el registrador de Pontevedra contaba con el efecto Lisistrata. Es más nocivo que la prima de riesgo en el parqué madrileño e incluso bailar un chotis con Merkel. Sigo peleado con la almohada en  la pegajosa siesta del reino de poniente. Cosas del extravagante bypass y la manija cerebral que me aturulla. Me viene el espíritu de Gadaffie, susurrándome a la oreja; el próximo es Al Assad y le va a doler. La paz a todas las zozobras se llama Bette Davis. Ese cadáver exánime de alborotados querubines rubios puteando a la vecina del segundo—a la postre— la puta ama del escenario, Joan Crawford. Ésta, se retuerce de dolor—no tiene el ahínco de añorada Miss Pierce— ante la ausencia de nuevas sobre Sterling Hayden. Qué bien le sentaban los ligueros, mejor que una mitra a un cardenal. Y es que cuando suena la canción de cuna, “Hush… hush Sweet Charlotte” 1964 se le va la arteriosclerosis al gran Josep Cotten y  a mi vecino del sexto. Nunca pensaron las hermanas que un chalet en la montaña de las vanidades podría darle más disgustos que el geriátrico de Conrado Soprano. Y es que el olvido mental, es un asunto serio.

















Cuando miramos hacia atrás, ya nos sabemos que es la avaricia, la envidia, la vanidad y la lujuria. Sólo recordamos  el día que descubrimos a Dante Alighieri. La decadencia puede acercarnos al Noir y transformarse en un halito de pseudodefinición por obra de un semiótico. Mientras, perdíamos el tiempo entre Tetis y la jefa sindical Lisistrata. La verdad, no estaba tan lejos que diría Wenders; se hallaba en Psique. Ni su esposo encantador que sólo la  visitaba en la oscuridad de la noche ni las tetras de Eros pudo contener la  nostalgia que nos atrapa  a todos como dice mi colega Don Draper. Esa, que le hizo pedir a su marido, que la dejase visitar a sus hermanas. Eros accedió a cambio de lo que le había hecho prometer a Psique y se encontró con la pareja de carcamales devorándose. Posiblemente, la Fiorentino se clavó una flecha de algún productor prestidigitador que la dejó en un karaoke de vedette. No lo hace mal, pero nadie le invita a bourbon y está demasiado mansa. Las dudas y los errores se quedan al lado de Céfiro, en los lagos de Pensilvania. Puede que un día sea inmortal como las hermanas Hudson: Queens of Queens, pero con las averías de la arteriosclerosis cerebral junto a gente como estos Sres: Frank Borzage, Michael Curtiz, Curtis Bernhardt, George Cukor, Jean Negulesco, Otto Preminger, Robert Aldrich, Richard Thorpe,  Nicholas Ray, etcétera y más etc. Y alguno más  que la memoria  no me deja decodificar. ¡Uf!, qué calor. Por fin, ya funciona el ascensor. Claro, es agosto.










                   Dedicado a mi bisabuela norirlandesa, que nunca nos dimos de bruces en el viejo Úlster...