“EL AMBICIOSO HOMME FATALE Y LAS PESADILLAS DE LA VIDA”

abril 07, 2012 Jon Alonso 5 Comments

               “Nightmare Alley” (El callejón de las Almas perdidas)  by Edmund Goulding 1947              
                                                 

“Los demonios llevan el intervalo que separa el cielo de la tierra; son el lazo que une al gran todo. De ellos procede toda la esencia adivinatoria y el arte de los sacerdotes con relación a los sacrificios, los misterios, las profecías y la magia.” El Banquete, Platón. 380 A.C










El callejón de las almas perdidas, es un film absorbente, atípico e hipnótico dentro del Noir con claras inercias hacia lo fantástico pero siempre inmerso en la poderosa atmosfera expresionista de una fotografía en blanco y negro marmóreo mugriento (obra del gran Lee Garmes), conocedor del oficio al lado del genial Sternberg, que la hace única. Deudora directa de la prodigiosa “Freaks” de Tod Browning y la postre film que influyó directamente, en obras capitales de Brooks, Bergman, Buñuel, Fellini, Lynch y finalmente esa genialidad de la HBO dirigida por Rodrigo García, “Carnivale”. Narrada entre detalles que rallan la exquisitez de lo asombrosamente inaudito. Hablamos de una obra mayor que tiene su génesis en la novela original del escritor William Lindsay Gresham irrumpiendo en el  viejo dilema: ¿la maestría del negro sobre blanco o la grandiosidad del celuloide? Incidamos unas líneas en destacar lo ambiguo y maldito de su verdadero autor. Podríamos sugerir que la vida del genial W. L. Gresham es parte del magma de esta historia. Adicto al alcohol, atemorizado por los remordimientos familiares y una larga enfermedad perdió un ojo que, a posteriori le acercó a su verdadero destino: el suicidio en 1962. Enrolado como brigadista auxiliar de médico en la Guerra Civil española, sus peripecias ante el horror de las trincheras y los desastres de la propia contienda; absorbió gran  parte de las pesadillas de aquellos que estaban en el frente. Ya de vuelta a EE.UU, en sus últimos años, manifestó un extraordinario interés hacia el espiritismo. Genio y figura, falleció a la edad de 53 años sin contar, con una carrera literaria muy prolífica, pero no exenta de elegancia y talento. Hace unos años Nightmare Alley” fue adaptada al comic de la mano del creador, Spain Rodriguez. La película fue  dirigida por  el eficaz y solvente, Edmund  Goulding en 1947. Director de origen británico con un labrado currículum en el género melodramático muy bien aprovechado por los estudios de la época. Aún centelleaba su última película,  “El filo de la navaja”. Adaptación de la novela de W. Somerset Maugham (1946) con Tyron Power de protagonista. La estrella de la Fox, nuevamente a las órdenes de Mr. Goulding será el alter ego que de vida en el nuevo film. Dándonos un recital interpretativo de uno de los personajes más cautivadores y complejos de la historia del cine, junto con el   Frank Jessup de (R. Mitchum) en “Cara de Angel” del ínclito Otto Preminger 1952. Pioneros en la antítesis de la femme fatale por antonomasia: el homme fatale.  El film se sustenta en un andamio sutil de paralelos circulares convexos. Desde la primera mitad de la misma va configurando la subida calurosa y fatal del protagonista ante la inminente hecatombe otoñal; en un ensayo generoso e inusual de la ambición, las apariencias y el destino. A modo de melodrama travestido; la acción tiene lugar en una feria de atracciones  ambulante propias de la época (todas iguales, a las conocidas de la depresión norteamericana), en torno a una troupe de personajes nómadas circenses y en un segundo espacio  el  downtown de la ciudad de Chicago. Clásica story line—como hemos aludido—de  ascenso y caída del personaje Stanton Carlisle (Tyrone Power) en menos de cuatro estaciones.















E. Goulding arranca la película con un plano estratosférico que acaba en el blasón colgante del Ferial con la cara de Zeena ”la adivinadora” como estrella franquicia del circo. Rápidamente, se alerta en los contraplanos las pulsiones insinuativas de la veterana adivina hacia el juvenal Stan, que inicia su turné y se planta directamente delate de la atracción macabra del recinto. Un  entusiasta speaker reclama la atención del público que se agolpa a escuchar la propaganda del rufián y la presentación de su atracción: El monstruo de la feria…—Pasen y vean… Cuando éste le arroja un par de pollos al pobre actor monstruo para regodeo del personal. Los pollos chirriando graznidos; dejan en elipsis el posterior desenlace… A posteriori, el mismo individuo berrea y chilla; estallando en cólera. Sale corriendo desde su catre como si el diablo se hubiera apoderado de su alma. En su búsqueda, unos operarios del circo lo traen de vuelta al camastro y le dan whisky para apaciguar su dolor y, de algún modo, la trastienda del condenado: mugre existencial. Ahí vemos con nitidez el encaje de ese estambre, que en el fondo es el resumen de este film: Un apuesto joven arribista, encantador y cínico, que comienza como becario a charlatán de feria. Los trucos del número se los revela Zeena Krumbain -vidente del embuste- (Jean Blondell), a quién seduce —sabedor de los impulsos carnales— ella, esconde su  enamoramiento por él apuesto Stan. Algo que comienza siendo un dueto se le escapa de las manos al entrar en el pecaminoso juego del ménage à trois de barraca circense. Donde la vidente Zeena tiene que conseguir lo códigos en poder de su esposo Pete Krumbein (Ian Keith) —un hombre honesto— pero decrepito y consumido por su adicción al alcohol (propia de las decepciones maritales a lo largo de su convivencia con Zenna), treta saldada con daños colaterales letales —el affaire de la confusión de la botella de whisky auténtica por una de alcohol de madera— situación que derivará en el fallecimiento de Pete (Ian Keith). Zeena, aún a sabiendas del pecado —reina del embuste y la indiferencia— dará el visto bueno al plan trazado con su nuevo encantador de serpientes e irá marcando las pautas del destino a Stan a través de la baraja del Tarot.













De repente, el turbio Stanton se  ve como el Sátiro Leneo en el Oráculo, embarullándose de alcohol: cae en la orgía de las sibilas. De donde creyéndose el más listo del templo ve a su alter ego: el chaman de las pulsiones sexuales. La lucha indómita de poder entre los remordimientos y las maniobras maniqueas; se va diluyendo bajo los efectos del whisky caro para acabar de títere delante del público por un vaso de garrafón. Stanton Carlisle piensa que la varita mágica es eterna y tiene patente de corso sobre ella. Una vez aprende el código secreto que está guardado, deja en la estacada a la madura Zenna por la joven Molly (Coleen Gray) y asciende a protagonista de un espectáculo de adivinación en una lujosa sala de fiestas. Casado con Molly, inocente, sincera y fiel; la abandona para convenir con Lilith Ritter (Helen Walker), psicóloga no titulada, un plan siniestro para explotar la buena fe de personas adineradas y crédulas. En la medida que el destino configura el camino de la subida fatal de Stan y el derrumbe  de su pantomima, “El Gran Stanton", la ruina y el engaño. Gracias a sus dones cautivadores de una audiencia snob sedienta de entretenimientos exóticos: las exhibiciones de poderes psíquicos y la mente-lectura en su bolsillo. Estampan un barniz que personifica la acción del drama sumergida en una atmosfera de decorados (la mugre de las caravanas del ferial, los semovientes hasta la abundancia y el decoroso arquitectónico de las residencias y los cabarets con pedigrí hasta las estancias que dormita el protagonista a los bufetes de negocios del espectáculo, más cercanos a la dirección de arte del maestro F. Lang) marcan el toque más elegante de este film y posiblemente el mejor de la carrera de E. Goulding mostrando maneras muy cercanas al pulso de uno de los grandes narradores de la historia del melodrama, Douglas Sirk. Qué macabra puede ser la vida… Pues en el fondo Stanton provocará la muerte ¿accidental?, puede. No por ello anhelada del bueno de Pete y queda la pregunta solapada en la elipsis constante. La vorágine del  alcohol, cuando el mismo por un algoritmo casi cuántico a modo de boomerang acabará convertido en un nuevo monstruo de atracción de feria devorando  gallinas vivas. Un hombre, que como dejó caer perspicazmente Pete, fue alguien en el pasado. Pero una vez más, Daimon, será víctima de los temores divinos y la ponzoña esotérica determinando un futuro previsible e ineludible.
















Desde la fatalidad absorbente a los estímulos interiores generando un clímax de sugestión mental entre pesadillas monstruosas. Esos instantes, que son el hilo metafórico de toda esta apasionante trama que se urde en un solo sentido: pasa lo que uno quiere creer que ocurra como en los oráculos. En el fondo no sé que puede ser determinista en todo este film, cuando termina siendo indeterminista. Pues, el azar se vuelve caprichoso una vez más. Ahí reside su maestría. En ese discurso sobre el embuste que ingenia para seducir a la jet set de Chicago entre lo espiritual, lo sobrenatural y de ultratumba se encuentra en el cuerpo a cuerpo con una partenaire que es sesuda, lógica y empírica. Todo tiene una respuesta llamémosle científica con sus aires altivos e ínfulas de intelectual chic tras el diván —época de furor entre las clases altas norteamericanas e ilustradas por el boom del  psicoanálisis— dan un plus a la pérfida femme fatale VS homme fatale. Dos estilos, dos modelos o dos propuestas. Ciencia contra sortilegio o viceversa con un objetico común: el engaño o la estafa en un juego donde todo es viscoso, turbulento, mesiánico, despiadado, despreciable a la vez que fascinante y cautivador. La psicóloga farsante, Lillie Ritter (Helen Walker) le roba la cartera literalmente y Stan enloquece. Paradójicamente, serán dos mujeres las que propiciarán su derrota. Por un lado su propia esposa, incapaz de superar sus escrúpulos durante la fascinante escena de la “aparición” en un jardín espectralmente gótico —majestuosa secuencia— con la premisa de sonsacarle el dinero para financiar el ansiado affaire que Stanton tiene en mente. Y por otro, su nueva socia; otra embaucadora como él. La artera psicóloga, la cual, ingenuamente cree que está manejándola para urdir sus propósitos gracias a  la influencia de la que goza con la alta sociedad Chicagüense. Por momentos, parece que toda esta historia no tuviera orden cronológico ni época ni contexto temporal. Rebosa una despensa que rezuma crueldad y ella es tan pleistocénica como sucia, que no se atisba apeadero cercano a la quietud de la inocencia.

















De toda esa pincelada fantasmagórica y seductora volveríamos a ese diálogo  meollo de la premonición dubitativa del Daimon. El hombre embriagado de arrogancia, frágil presa de las pesadillas que le acompañan y siguen en el devenir de la fatalidad de su destino como bien le dijo Zenna en la lectura de cartas. El homme fatale inicial, aquel, que acaramelaba al Sheriff con una inteligencia emocional propia del astuto tahúr llena de trucos de mago feriante de provincias para detener la atracción y el cierre del programa, evitando el arresto del grupo. Ese, que levantaba la expectación entre el grupo y la admiración. Se pregunta, uno ¿Cómo un hombre puede caer tan bajo? ¿Cómo? ¿Por qué? Una razón la encontraríamos en la avaricia, la avidez y la codicia a través de los que creyeron ser amigos y los alejó para comenzar a usar a la gente con un fin, solventar una ambición de remordimiento. Y el argumento, que encuentro más plausible a este debate es la propia imagen mitológica del individuo. La idea de Daimon recibe un concepto generalizador que la acerca a la idea de destino, teniendo al comienzo como significa “el que reparte, manda y dirige”. Stanton Carlisle, creyó tras su encantador  frac recuperar potestades divinas del Daimon Socrático que prevalecía por orden divino ante el bien y el mal, pero no contó con Adrastea y la Nix, las cuales, tañen címbalos y golpean tímpanos cuando los sueños son más profundos. Los pneumas sobrevolando su diván traen la carcajada del viejo Pete. Los destinos son franquicia de la Pitonisa en Deifoba (Zenna transmutada), ya sabía que su cabeza se serviría en bandeja de plata con suflé de whisky en el nuevo friki (bestia de atracción circense). El oráculo repartió cartas y éstas, traían demonios otoñales. Qué difícil se antoja la realidad, igual de compleja que las pesadillas, las mismas, que todos los días nos saludan desde su residencia: la avenida del azar. La genialidad del arrogante Daimon Stanton cayó en la fatalidad y tropezó con la apostilla de Heráclito: “El alma es la residencia del genio de su destino, bien feliz o infeliz”. El homme fatale sucumbe a la mayor pesadilla del ser humano: la realidad de sus miserias.









     Dedicado al mejor cine de reestreno, de mi vieja ciudad, desaparecido en acto de servicio: "Savoy"











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"Nightmare Alley"by Edmund Goulding (1947)